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Túnez, la revolución permanente

El pueblo del «mártir» Bouazizi se ha convertido en un parlamento al aire libre y un motor del cambio en el país

Día 23/01/2011
M. AYESTARÁN
Manifestación en el publo del mártir tunecino
«A nadie le gusta perder a su hijo, pero la muerte de Mohamed no fue en vano ya que se convirtió en la llave de esta revolución», asegura Menobia Bouazizi, madre del joven Mohamed. La autoinmolación de su hijo de 26 años el pasado 17 de diciembre despertó el espíritu revolucionario en un pueblo que llevaba 23 años sometido a la dictadura de Ben Ali.
El hogar del mártir se encuentra alejado del centro urbano de esta localidad agrícola. Las pintadas en las paredes ensalzando al fallecido anuncian la proximidad a un hogar muy humilde en el que la familia recibe cada día cientos de visitas. Centro de peregrinación y hogar de una revolución permanente. Ni rastro de policía en las calles. Son los militares los que protegen los edificios públicos. Manifestaciones espontáneas recorren la antigua Avenida 7 de noviembre —ahora Mártir Bouazizi—, exigiendo la desaparición de la Agrupación Constitucional Democrática (RCD), el partido del régimen. Los agentes, en el punto de mira de la población local por su actitud represora en los primeros días de las protestas, se han quitado los uniformes y aplauden al paso de las marchas. «Estamos aquí para servir al pueblo, no somos sus enemigos, solo cumplíamos órdenes», explica un oficial de paisano a las puertas de la comisaría central.
Los manifestantes entonan el himno nacional, queman retratos del dictador Ben Alí, hacen pintadas en las paredes y arrancan con sus manos cualquier resto del antiguo régimen. Es la revolución permanente La llamada a la calma que realizan desde el Ejecutivo es imposible de escuchar entre el fervor de una población que exige: «Que se marchen todos. No podemos consentir que permanezcan en el poder como pretenden. No les perdonaremos nunca», asegura Ismael, abogado, en una manifestación de letrados que se han echado a las calles ataviados con sus togas.
23 años con miedo
Cada calle de Sidi Bouzid es un parlamento al aire libre y cuesta abrirse paso entre unos ciudadanos que al ver a un extranjero le cuentan con excitación todo lo que el miedo les ha obligado a mantener en secreto durante 23 años. Si uno no se detiene, la gente se molesta y puede ocurrirle lo mismo que al canal Al Yazira, cuyos enviados especiales acabaron apedreados por vecinos ansiosos de expresarse ante las cámaras.
Al lado de la plaza principal los empleados de la compañía de telecomunicaciones Tunisie secundan un paro de una hora «para exigir la salida de la dirección de la empresa de los ejecutivos puestos a dedo por la familia Trabelsi» (apellido de la esposa del dictador). Decenas de trabajadores ocupan el acceso principal a unas oficinas en las que «durante la revolución trabajamos 24 horas para garantizar el buen funcionamiento de internet, el arma más importante que hemos usado para las movilizaciones», asegura la portavoz sindical. A diferencia de lo que ocurrió en Irán durante las revueltas de 2009, en Túnez las autoridades no cortaron las comunicaciones. Y hoy, Ali Bouazizi, primo del mártir y representante del partido de oposición PDP en el pueblo, se pasa el día enganchado a Facebook narrando en directo «unas jornadas históricas».
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