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Críticas de los estrenos de cine del 14 de enero

Te desvelamos las claves de las películas de la cartelera

Día 14/01/2011 - 12.09h
La historia de superhéroes "The Green Hornet", protagonizada por Cameron Díaz y Seth Rogen, y el "Amor y otras drogas" de Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway, llegan a los cines dispuestos a convertirse en los reyes de un fin de semana en el que se repone "Pa negre", la gran sorpresa de las nominaciones a los Goya.
ABC
«The Green Hornet»
ABC
«La daga de Rasputín»
ABC
«De dioses y hombres»
ABC
«Animal Kingdom»
ABC
«Amor y otras drogas»
ABC
«Twelve»
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«De dioses y hombres»
POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
La realidad es que ésta es la gran película francesa del año. La realidad es que su director, Xavier Beauvois, tal vez no contara con que la historia de su película (ocurrida realmente hace unos quince años) coincidiera trágicamente con el acoso y derribo del cristianismo en tierras islámicas. La realidad es también que aquellos hechos que narra son aún un enigma por resolver entre los servicios secretos franceses, el GIA (Grupo Islámico Armado) y los gobiernos de Argelia y Francia, culpándose unos a otros de la muerte (asesinato) de los siete monjes cistercienses del monasterio de Notre Dame del Atlas, en la localidad argelina de Tibirine. Y la realidad es que “De dioses y hombres” es un equilibrado ejercicio de descripción, reflexión y ritmo: descripción minuciosa de la actividad monacal, del “ora et labora”, en el interior de ese lugar aislado; reflexión sobre las creencias, los principios, el fanatismo, el integrismo y el sentido del deber y su cumplimiento, y por último, un ritmo apropiado para mirar como se urde la descripción y se fragua la reflexión: las escenas insistentes de los monjes en sus tareas y oficios; la cámara obsesiva y tenaz en sus rostros y rincones hasta desvelar cada una de sus intenciones y de sus dudas, y todo ello investigado y resuelto al tiempo de modo individual y colectivo; la luz interior y la relación de estos hombres con el exterior... Todo requiere de igual paciencia y sutileza, tanto para construirlo como para interpretarlo y para apreciarlo. No es, pues, una película “movida”, aunque la tensión y la intriga estén allí disimuladas entre la quietud del monasterio y la inquietud de sus moradores. Y si todo este texto le ha dejado la impresión al lector de que la película es tan recomendable como “larga”, que tiene tanta calidad como “exigencia” y que provoca indignación y convulsión pero también su miajita de tedio, pues habrá cumplido, al menos en parte, su objetivo.
«The Green Hornet»
POR JAVIER CORTIJO
Michel Gondry ha demostrado sobradamente su reverencia por las bellas causas perdidas y el panaché onírico a lo largo de su breve pero contagiosa obra, que llegó a su clímax con la mágica «Rebobine, por favor». Tirando de tal lengua VHS, nos topamos ahora con esta adaptación comiquera que, a pesar de su artillería FX y su 3D «café con leche», tiene alma de esas peliculillas «suecadas» que Jack Black se sacaba de la manga deliciosamente. Aquí, el rol de gordito outsider corresponde al «chico Apatow» Seth Rogen, que compone un anti-Bruce Wayne más desubicado de lo previsto. Se nota que Gondry no ha nadado muy a gusto en este estanque dorado de encargo y, aunque sin llegar a firmar como Alan Smithee, despacha una función de superheroicidades disfuncionales que, salvo momentos de humor, nos deja tan fríos como un picnic en los Urales. Ni Jay Chou como el repartidor Kato, ni una Cameron Diaz ya crecidita para ir de «secre» cañón novata, ni mucho menos un rutinario Christoph Waltz (al que han doblado con un acento eslavo-ampurdanés que haría las delicias del doctor Higgins) salvan al filme de ser un mero espectáculo impersonal y mediocre. Al menos, contiene un recordatorio para los modernos magnates de la prensa: si quieren reflotar periódicos, mejor inventarse un justiciero enmascarado para llenar portadas que tirar de júniors multimedia de rebajas. Lo dice Gondry, que conste.
«Animal Kingdom»
POR FEDERICO MARÍN BELLÓN
Hay películas que podrían recomendarse a ciertos espectadores a ciegas y, sin embargo, no convendría ni mencionárselas a otros. Hay obras fáciles y difíciles, títulos medianos de fácil empatía y obras maestras de las que conviene hasta huir, según en qué compañía se encuentre uno en ese momento. Sin ser especialmente difícil, «Animal Kingdom» opta por el camino «antiamericano» de la no identificación. Sin más actores conocidos en nuestro hemisferio que el policía Guy Pierce, el único personaje «bueno» —incluidos sus compañeros de profesión—, los protagonistas de la ópera prima del australiano David Michôd son los miembros de una familia de mafiosos. Criminales sin tacha, desde la proterva y besucona madre (impresionante Jackie Weaver, heredera de la «Mamá sangrienta» que bordó Shelley Winters), sus integrantes no aspiran al cariño del público que siempre han pretendido sus colegas italoamericanos, antes y después de los Corleone. Michôd retrata los fondos oscuros y nada bajos de Melbourne, donde un joven crece en el seno de ese nido de monstruos de moral reseteada, abocado a una forma de vida, y sobre todo de muerte, de la que es peligroso incluso pensar en escapar. El debutante cineasta hace gala de una forma elegante de narrar el drama y resulta vibrante, pese a la falta aparente de apresuramiento, cuando llega la intriga. El guión, que firma en solitario, tiene otra cualidad cada vez más rara: es imposible prever lo que ocurrirá al final de cada escena, cómo reaccionará su reino animal. Si le añaden una verosimilitud brutal y nada efectista, convendrán en que estamos ante una película destinada a perdurar.
«Amor y otras drogas»
POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
Puesto que no existe un convenio colectivo sobre lo que es “sexy” y sobre lo que es “divertido”, se puede aceptar con los pies separadillos que esta película sea ambas cosas, aunque en mi opinión su cualidad no esté precisamente en ninguna de ellas. La pareja protagonista de esta historia de febril romanticismo es Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway y una de las escenas que más se repite entre ellos es ésa en la que se planchan el uno al otro contra la sábana bajera, y luego él se cubre con pudor (y con ambas manos, todo hay que decirlo) para cruzar el plano. Y también hay un personaje presuntamente divertido, el hermano del protagonista, que rima como onanista. Pero no es en todo esto en lo que parece haber encontrado la diana el director Edward Zwick, sino en el paseo ciertamente dramático que da la película por los terrenos de la industria farmacéutica y por los de la enfermedad de Parkinson. No es una mirada profunda, ni brutal, ni reflexiva, ni trascendente..., más bien parece una mirada despreocupada, casual, hacia esos dos asuntos, la terrible enfermedad y las relaciones corruptas entre médicos y vendedores de fármacos, pero esa aparente trivialidad en el modo de mirar la hace aún más penetrante y efectiva. Es decir, que “Amor y otras drogas” cuenta un romance magníficamente aderezado de tópicos pero con la mirada puesta en otro sitio, como esos toreros o futbolistas que dan el pase mirando al tendido. Gyllenhaal y Hathaway no son Spencer Tracy y Kate Hepburn, pero se mezclan con gula y ternura, y tienen, desde luego, una carcasa espectacular..., pero lo mejor, ya digo, no son ellos, sino el apunte de los trapicheos entre los comerciales de fármacos y la mirada leve pero trágica al paso a paso de las enfermedades degenerativas.
«Twelve»
POR ANTONIO WEINRICHTER
Esta película es una adaptación de una reputada novela de Nick McDonnell, un escritor muy joven, tanto como sus protagonistas en el momento de escribirla, de la que se dijo que capturaba el espíritu de la época posterior a la matanza de Columbine. Chorradas: acaba de haber otra matanza absurda en Arizona y el verdugo no habría pasado la primera ronda en el casting de Twelve, por feo y por pobre. La película de Joel Schumacher, a quien la edad no le hace abandonar su interés y su buen ojo para seleccionar y filmar cuerpos jóvenes, es en realidad como un episodio largo de “Sexy Money”, aquella serie en la que Donald Sutherland cargaba con hijos pijos que tendían a dilapidar sus millones de la forma más (auto)destructiva posible. No sé si es legítimo tratar de ver trascendencia en este retrato en negro de algunos vástagos de las mejores familias de Manhattan: a la hora de retratar una juventud “sin futuro” tendría más sentido mirar en barrios más desfavorecidos, digo yo. Eso sí, la cosa tendría menos glamour y no cabe duda de que Schumacher sigue padeciendo esa cierta tentación de escaparatista que atraviesa toda su obra. Como protagonista ha elegido a un guapito de cara (Chace Crawford) que no se despeina en todo el metraje, pese a ejercer de camello entre la élite neoyorquina distribuyendo entre otras cosas una droga de diseño, “twelve”, que da su título a la película. Este Mike es un diletante que no se lía con la chica que le conviene, un poco menos pija que las demás, probablemente para no despeinarse también. En realidad es un personaje de diseño, como sus drogas y como Richard Gere, aquel improbable American Gigoló: lo único que tiene que hacer es pasear y reflejar el mundo que le rodea sin hacer o decir nada; y hay que ser Bresson (o Gus van Sant) para hacer eso bien y no parecer un top model. Ricos pero vacíos, pues allá ellos.
«La daga de Rasputín»
POR JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
Hemos sido buenos chicos, temerosos de Dios y amigos del prójimo. No entendemos pues porque gente tan entrañable y querida por todos como Resines, Bonilla, Barranco o Molero nos hacen algo así. Un dispendio de gasto, una broma de mal gusto. Bonilla se ha metido en una continuación de aquel desgraciado Oro de Moscú para dejar más tierra quemada a su paso. No es tanto el disparate del argumento o la bastez del guión, es el tono general de la obra lo que ofende: un dislate teñido de barraca de feria, de grosería y chabacana apenas disfrazada y, sobre todo, de incapacidad para crear algo de cierta altura. Se podría pensar en que todo destila un homenaje al landismo, pero no es eso. Es un landismo sin Landa, una falta de talento generalizado que apenas pueden salvar alguna gotaas de oxígeno: la puesta en escena infantil de Resines, el registro único del que usa y abusa Bonilla y esa ingenuidad de Molero. Lo demás es una tristeza permanente de ver a algunos de nuestros héroes de corazón y alma metidos en un proyecto sin orilla a la que llegar.
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