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El gobernador de Punjab muere tiroteado tras criticar las leyes antiblasfemia de Pakistán

El extremismo islamista logra colarse en las Fuerzas de Élite de un país sumido en la ruina económica y sometido al terror de los atentados

Día 04/01/2011 - 20.00h
“Salman Taseer es un blasfemo y este es el castigo para los blasfemos”. Esta fue la justificación de Malik Mumtaz Hussein Qadri, según la cadena de televisión Dunya, tras asesinar al gobernador de la provincia del Punjab y mantuvo sus palabras tras ser detenido.
Este joven de 26 años nacido en el extrarradio de Islamabad dejó su uniforme de miembro de la Fuerza de Élite de Pakistán por un día, apuntó con su pistola a la persona a la que le había tocado proteger en más de una ocasión y le disparó a bocajarro. No le mató por ser miembro histórico del Partido del Pueblo de Pakistán (PPP), le metió nueve balas en el cuerpo por su apoyo abierto en los medios a la campesina cristiana Asia Bibi, condenada a muerte por presuntos insultos al Profeta y para la que pidió el indulto, y sus críticas a las leyes anti-blasfemia vigentes en el país desde los ochenta.
El gobernador del Punjab, el auténtico motor económico y político del país, murió a los 66 años en el mercado de Kohsar, en el centro de la capital. En un país acostumbrado a los ataques de los grupos islamistas radicales –desde 2007 más de 4.000 personas han perdido la vida víctimas de la violencia, según datos de diferentes agencias- los grandes líderes no son vulnerables a estos ataques y Salman Taseer es la figura más relevante que muere tras el asesinato de Benazir Bhutto en Rawalpindi en las navidades de 2007. Como en el caso de Benazir, su nombre figuraba en la lista de políticos señalados por las fatwas (edictos religiosos) de los clérigos fundamentalistas a los que él llamaba “analfabetos”.
Muchos de ellos tienen tribuna abierta cada viernes en las mezquitas del país y su mensaje es capaz de llegar a todas las esferas de la sociedad, incluidos los miembros de la Fuerza de Élite que protege a los líderes políticos.
El caso de Asia Bibi ha logrado llamar la atención internacional sobre la polémica ley paquistaní que permite la condena a muerte en caso de blasfemia. Tras una discusión con un grupo de campesinas en el año 2009, según la agencia Asianews, Bibi, de 45 años y madre de cinco hijos, se negó a convertirse al Islam argumentando que "Jesús murió en la cruz por los pecados de la humanidad" y preguntó a las mujeres musulmanas qué había hecho Mahoma por ellas. Pregunta que le valió la denuncia del Imam de su localidad y la posterior condena a muerte. Tras las peticiones de organizaciones de derechos humanos de todo el mundo, el presidente Asif Ali Zardari firmó la orden de indulto en noviembre, pero el Tribunal Superior de Lahore intenta obstaculizar la amnistía.
Inestabilidad política
Las autoridades han decretado tres días de luto nacional y el primer ministro y amigo personal del gobernador asesinado, Yusuf Raza Gilani, ha cancelado todos los actos de su agenda. La muerte de Salman Taseer abre un paréntesis en el torbellino político paquistaní y en la complicada situación que atraviesa un Gobierno que ha perdido la mayoría en la cámara. Los 25 diputados del MQM (Movimiento Mutahida Qaumi) –partido que también sufrió la pérdida de uno de sus fundadores, Imran Faruk, apuñalado en Londres el pasado septiembre- han pasado a formar parte de la oposición que lidera el Partido de la Liga Nacional Nawaz (PML-N), del ex primer ministro Nawaz Sharif.
Pese a los rumores sobre una posible moción de censura, el PML-N ha negado esta posibilidad porque podría provocar una mayor inestabilidad interna y “dañaría a todo el país”, según declaró el propio Sharif. El MQM sigue de esta forma los pasos del partido islamista Jamiat Ulema-e-Islam (Asamblea del clero islámico o JUI), socio minoritario que abandonó el Ejecutivo a finales de diciembre argumentando que no se habían seguido los consejos de su partido en la acción política, especialmente tras las enmiendas presentadas a la ley anti-blasfemia.
Después de nueve años de dictadura militar bajo el mandato de Pervez Musharraf, el Gobierno de Gilani podrá seguir en el poder pese a estar en minoría. Su debilidad y falta de apoyos parecen grandes inconvenientes para afrontar la grave crisis económica que sufre la nación y la fuerte presencia de grupos extremistas establecidos en Pakistán y con capacidad de actuar dentro y fuera de sus fronteras, como ocurre en el caso del vecino afgano.
Guerra contra el terror
Socio indispensable en la guerra de Afganistán, desde la llegada de Barack Obama la ayuda financiera para ganarse la cooperación de Islamabad ha ido en aumento. Primero llegó la aprobación de los 7.500 millones de dólares en concepto de ayuda humanitaria (construcción de carreteras, escuelas y democratización de las instituciones principalmente) y después una nueva inyección económica de dos mil millones de dólares en octubre pasado para el ministerio de Defensa, orientada en exclusiva a unas fuerzas armadas que forman la primera línea de combate de la llamada guerra contra el terror y que tienen también la responsabilidad de blindar sus instalaciones nucleares para que su armamento atómico no caiga en manos de la insurgencia.
Empujado por la presión internacional ante la impotencia de la OTAN en suelo afgano, Pakistán lanzó en 2009 una ofensiva sin precedentes para acabar con los santuarios talibanes y de Al Qaeda dentro de sus fronteras, lugares desde los que, según los servicios de inteligencia mundiales, se organiza la resistencia en Afganistán. Primero fue el valle de Swat, después Waziristán del Sur y tras el invierno todo apunta a que Waziristán del Norte es el nuevo objetivo sobre el que Washington ha puesto el punto de mira. Los paquistaníes combaten sobre el terreno y los aviones no tripulados hacen su trabajo desde el aire con el permiso de las autoridades de Islamabad.
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