Ayer, la atención de la opinión pública se centraba en Liu Xiaobo, impedido por la dictadura china de recoger el Premio Nobel de la Paz. Mientras, otro hombre agotaba en su casa de Cuba sus últimas esperanzas de que el régimen castrista le concediera permiso —la anhelada «carta blanca»— para salir de la Isla. Guillermo Fariñas, que pasó 135 días en huelga de hambre para pedir la liberación de los disidentes encarcelados, no sabía aún si podría acudir el día 15 a Estrasburgo a recibir el Premio Andrei Sajarov a la libertad de conciencia, otorgado por el Parlamento Europeo.
La dictadura de los Castro, una de las que han secundado el boicot chino al Nobel a Liu Xiaobo, tiene que demostrar que sigue siendo dueña de la vida de los cubanos. Por eso, con una actitud repulsiva, deja claro que nadie puede pensar que tiene derecho a salir libremente del país y mantiene la incertidumbre hasta el último momento. Fariñas se mostraba pesimista. Las Damas de Blanco, premiadas con el mismo galardón en 2005, no pudieron recogerlo y tan sólo hace unas horas eran acosadas y agredidas por los violentos y bien adiestrados partidarios del régimen, cuando valientemente se manifestaban por las calles de La Habana para celebrar el Día Mundial de los Derechos Humanos.
Nada sustancial ha cambiado en Cuba. Raúl Castro ha deportado a medio centenar de disidentes encarcelados por sus ideas, desembarazándose así de unos elementos que considera peligrosos, mientras mantiene en prisión a once que no aceptaron abandonar su país a cambio de la libertad. El Gobierno español —que favoreció esa operación y propicia que la Unión Europea premie al régimen por ello— debería tener la vergüenza de reclamar públicamente a Castro, tanto que libere a los once opositores como que no impida a Fariñas viajar a Europa.





