Cultura

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Una estrella del rock de la lengua

Más aclamado y mejor acompañado, todos sintieron como propio a Vargas Llosa el día que recibía el Nobel

Día 13/12/2010
SVEN NAKDASH
El escritor, con la montera del maestro Curro Romero
Cuando el escritor y académico sueco Per Watsberg se dirigió a Mario Vargas Llosa en español y no en inglés, todos cuantos seguíamos la ceremonia tuvimos la certeza de que en la obra y persona del Nobel peruano se reconocía la grandeza y universalidad de la lengua española y la literatura en español, pues para cifrar el mundo literario del premiado Per Watsberg tuvo que convocar a Tolstoi, Flaubert, Faulkner, Camus, Balzac y Sartre, entre otros clásicos que se disuelven en el torrente de la obra del nuevo clásico de la lengua española.
La víspera de la entrega del Nobel de Literatura estuvo marcada por dos actos singulares. A saber, la recepción de la Fundación Nobel en el Nordic Museum y la cena que el gobierno peruano celebró en el Dance Museum, dos eventos donde hispanohablantes de todas las nacionalidades nos unimos una vez más para festejar el premio de Vargas Llosa.
Así, en la recepción de la Fundación Nobel la delegación oficial peruana compartió su protagonismo con la Ministra de Cultura de España, la Directora del Instituto Cervantes y el cuerpo diplomático español y del resto de países latinoamericanos que se acercaron al Nordic Museum. El Dance Museum está a unos cientos de metros del Nordic Museum, mas como era imposible atravesar el temporal de nieve con tacones o trajeados de etiqueta, los coches y autobuses de la organización hicieron varios viajes que aumentaron las esperas a la intemperie. Y Mario Vargas Llosa ya no sólo estaba afónico, sino con los primeros síntomas de fiebre.
La delegación oficial peruana estaba presidida por el pintor Fernando de Szyszlo, amigo entrañable del Premio Nobel y Embajador en Misión Especial nombrado para la ocasión por el gobierno de Alan García, quien pronunció unas breves y conmovedoras palabras que fueron respondidas con el mismo cariño por Vargas Llosa: «Fernando es uno de los amigos que más quiero y admiro, y tal vez la única persona con la que no he discrepado jamás». Todos aplaudíamos, muchos llorábamos y nadie quería recordar episodios negativos del pasado, abolidos para siempre por la felicidad del Nobel. Así, en la cena coincidieron familiares y amigos de la infancia, editores y estudiosos de la obra de Vargas Llosa, compañeros del Movimiento Libertad y todos los que de forma voluntaria y desinteresada decidimos acercarnos hasta Estocolmo para arropar a Mario.
Fiebre y repentina marcha
Si en su maravilloso discurso Vargas Llosa confesó cuánto echaba en falta a su madre, contemplando la felicidad de los asistentes me acordé de «Cartucho» Miró Quesada y «Pipo» Thorndike, de Luis García Berlanga y Guillermo Cabrera Infante, entre otros amigos ausentes a quienes les habría encantado disfrutar de la fiesta del Nobel. Por eso Fernando de Szyszlo, Carmen Balcells, José Miguel Oviedo y todos los comensales del Dance Museum nos congratulábamos por haber podido estar ahí y vivir aquella fiesta junto a Mario, quien tuvo que retirase más temprano por culpa de la fiebre.
El día de la entrega del Premio Nobel amaneció soleado, aunque la luz solar se extinguió antes de la una del mediodía. Para entonces el Grand Hotel era un revuelo de periodistas, fotógrafos, sastres, modistas y peluqueras. Algunos editores recién llegados en la víspera habían perdido sus equipajes y se vieron en la urgencia de alquilar los trajes del protocolo. Ni las fotos familiares ni ver a los niños tan guapos aportó algún instante de calma, pues cuando nos enteramos que Carmen Balcells había tenido que regresar a Barcelona por razones familiares se nos encogió el corazón. Si alguien merecía estar junto a los Vargas Llosa en primera fila, esa era Carmen Balcells.
Para uno que ha visto ensayar y probar sonido a tantos artistas flamencos, nunca me habría imaginado que los Premios Nobel serían todavía más ajenos ante el «estreno» que se les avecinaba en el Stockholm Concert Hall. No hay como ser Nobel de Química o de Economía para ser invulnerable al miedo escénico. O al menos eso creerían ellos, porque seguro que nunca se imaginaron que Vargas Llosa sería despedido del «lobby» del Grand Hotel como una estrella del rock.
En efecto, la aparición de cada miembro de la familia Vargas Llosa era recibida entre gritos, piropos, hurras y felicitaciones, para asombro de los demás premiados que habían viajado hasta Estocolmo sin fans, hinchas o «grupies». ¿De dónde había salido toda esa fervorosa marabunta que coreaba sólo el nombre del Nobel de Literatura? Para que nadie se resintiera le hicimos la ola al Nobel de Física y cuando llegó uno de los galardonados en Química le dedicamos la conocida melodía de «Soy japonés, japonés, japonés…». Hasta que Mario Vargas Llosa salió del ascensor.
Todos los amigos peruanos y españoles, argentinos y colombianos, chilenos y cubanos que habíamos decidido ir a Estocolmo por nuestra cuenta para darnos el gusto de expresarle a Mario todo nuestro cariño y admiración, seguro que nunca imaginamos que la emocion sería tan grande y la explosión de alegría tan inmensa. Al verlo salir entre aplausos y banderitas peruanas, pensé que no podía haber justicia mayor y que la obra y la persona de Mario, su familia y sus seres queridos, se merecían una fiesta así, un reconocimiento así, una felicidad así.
El jolgorio continuó en el «Stockholm Room» del Grand Hotel, donde a través de una pantalla gigante seguimos la transmisión por el canal sueco SVT 1. Debo admitir que sólo recuerdo una situación semejante: cuando vi la final de la Eurocopa 2008 desde un abarrotado salón del Colegio de España de París. Entonces todos nos abrazábamos y saltabamos por el triunfo de España, pero ahí en Estocolmo era muy distinto, porque la mayoría llorábamos o nos felicitábamos porque nos reconocíamos felices en la gloria y la posteridad de Mario Vargas Llosa. Qué maravilla por Álvaro, que tantos sinsabores ha vivido junto a su padre; que extraordinario por Gonzalo, que es la discreción encarnada; qué alegría por Morgana, cuyas bellísimas fotografías también narran historias, y qué felicidad por Patricia, porque sólo ella sabe cuántas privaciones y renuncias personales suyas han permitido que todos vivamos este momento. Mario Vargas Llosa es el undécimo Premio Nobel de la lengua española, pero sin duda es el primero que todos los hispanohablantes sentimos como propio.
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