Internacional

Internacional

Los últimos de Yeonpyeong

En la isla bombardeada por Corea del Norte solo quedan 30 de sus 1.300 vecinos, entre los que hay veteranos de guerra que huyeron al Sur y no saben nada de sus familias desde hace seis décadas

Día 02/12/2010
El campesino Shin You-taek comprueba los daños
En su huerto, la señora Lee Ki-Ok prepara “kimchi”, la picante verdura coreana, a la sombra de las calcinadas casas de sus vecinos. Aunque ambas viviendas fueron arrasadas en el bombardeo de Corea del Norte, la mujer, de 50 años, se niega a abandonar la isla de Yeonpyeong. “Estoy asustada, pero no puedo irme y dejar solo a mi padre, que es muy mayor”, explica a ABC refiriéndose a Lee Yoo-sung, quien tiene 83 años y lleva 60 en la isla.
Cuando cayeron los obuses la semana pasada, el abuelo creyó revivir la guerra de Corea (1950-53). Aunque nació en el Norte en 1928, bajo la ocupación japonesa, huyó al Sur en 1951 y se unió a la milicia para ayudar a las tropas americanas que luchaban contra el comunismo en la primera contienda de la Guerra Fría. “Me había casado a los 16 años y dejé allí a mi mujer y dos hijos, de quienes no tengo noticias desde entonces”, se lamenta Lee, quien comparte su pena con los millones de familias separadas por la división de la Península Coreana. Más allá de la fractura ideológica entre comunismo y capitalismo, este es el gran drama de un país partido a la altura del Paralelo 38 y sin ningún tipo de comunicaciones telefónicas, postales ni por internet entre el Sur y el Norte, totalmente cerrado al exterior y regido por el anacrónico y alienante régimen estalinista de Kim Jong-il.
Llevando suministros y munición para el Ejército, participó en las batallas de Kachisan y Heupasan antes de asentarse en la isla cuando terminó la guerra. Ya como pescador en Yeonpyeong, volvió a casarse y tuvo cinco hijos, uno de los cuales le ha dado un nieto que es marine en la base militar de la isla.
“Pensé que iba a morir en el ataque de Corea del Norte, pero no tengo miedo porque ya me hirieron en la guerra”, declara convencido junto a la iglesia, sacudida por las bombas que explotaron alrededor y con los cristales rotos por la onda expansiva. Una furiosa lluvia de fuego se cebó la semana pasada con la pequeña isla de Yeonpyeong, donde cayeron 170 obuses que mataron a cuatro personas e hirieron a otras 18, destrozando además 19 viviendas y poniendo a las dos Coreas al borde de un nuevo enfrentamiento. Tras la evacuación en masa que siguió al bombardeo, ya sólo quedan 30 de sus 1.300 habitantes en este pintoresco pueblo de pescadores de cangrejos, formado por casas de madera de una planta y tejados azules que ardieron como teas elevando grandes columnas de humo sobre el horizonte.
Acompañados por los perros que “olvidaron” sus dueños al escapar, los últimos de Yeonpyeong deambulan entre sus escombros inspeccionando los daños. Es el caso de Shin You-taek, un campesino de 71 años que, a diferencia de Lee, no lucho en la guerra, pero tampoco quiere marcharse de la isla porque sirvió en el Cuerpo de Marines en su juventud. “No puedo irme porque debo cuidar a mis cerdos en el campo y encargarme de las ostras que cultivo”, se justifica antes de recordar que su mujer y sus tres hijas huyeron al día siguiente del ataque. Junto a él, se ha quedado su hijo, que es uno de los mil marines de la base de Yeonpyeong.
A solo diez kilómetros de Corea del Norte, se erige como la primera línea del frente en la última frontera de la Guerra Fría. Enclavada en unas disputadas aguas del Mar Amarillo, es un foco de tensión constante porque Pyongyang no reconoce la Línea del Límite Norte que trazó unilateralmente la ONU al acabar la guerra en 1953. Para favorecer claramente a Corea del Sur, dicha demarcación arrinconó al Norte, cortó su salida occidental al Océano Pacífico y lo privó de los ricos bancos pesqueros que abundan en la zona.
Desde que el régimen de Pyongyang empezó a reclamar una ampliación de sus aguas territoriales en 1999, se han registrado varias escaramuzas mortales, como el hundimiento en marzo de la corbeta “Cheonan”, al parecer, por un torpedo norcoreano, que dejó 46 fallecidos.
Añadiendo más leña al fuego, Corea del Sur lleva a cabo cada mes ejercicios de tiro desde la base de Yeonpyeong. Aunque Seúl asegura que todos los proyectiles caen sobre sus aguas, Pyongyang había advertido contra tales maniobras al no reconocer la frontera. Ese es el motivo que argumentó para justificar su desproporcionada represalia: el bombardeo indiscriminado sobre población civil por primera vez desde la guerra.
Aunque estaban acostumbrados a los incidentes, los vecinos de Yeonpyeong tienen el miedo metido en el cuerpo. Con el fin de facilitar su regreso y que la isla no quede deshabitada, el Gobierno ya ha construido 15 casas prefabricadas para quienes perdieron su hogar y ha anunciado deducciones fiscales para los residentes. Unos privilegios de los que ya gozan los habitantes de un pueblo en la “Zona Desmilitarizada”, en pleno Paralelo 38, por su peligrosa cercanía a la frontera con el Norte.
“Por supuesto que somos escudos humanos”, replicó la esposa del alcalde, Dan Chun-nam, a la acusación de Pyongyang contra el Gobierno surcoreano por mantener civiles en primera línea. “Pero para defender nuestra isla porque vivíamos aquí antes que los militares”, concluye una de las últimas de Yeonpyeong.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad
Consulta toda la programación de TV programacion de TV La Guía TV

Comentarios:

Sigue ABC.es en...

Álvaro Ybarra Zavala Magazine
Dombass, crónicas desde el frente

Dombass, crónicas desde el frente

Una pequeña habitación con una vieja mesa de reuniones y un escritorio es el centro de operaciones del comandante Alexis en Shakhtars'k

Más historias en AYZ Magazine

Ver el reverso

Madre no hay más que una
comprar
Lo último...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.