En estos tiempos de desánimo, en los que proliferan las bajas laborales por estrés, depresión y ansiedad, hay quien es capaz de soportar largas jornadas de trabajo en entornos que provocarían severos ataques de claustrofobia a más de uno. Son valientes que resisten estoicamente los envites de la crisis en sus pequeñas tiendas instaladas en portales o descansillos. Vestigio de siglos pasados, la mayoría ha sucumbido a los tiempos de dificultades. Sin embargo, algunas sobreviven todavía en las calles de Madrid.
Es el caso de la Cordonería Fillola, tal vez la tienda más diminuta que sigue abierta en la capital. Guillermo, su propietario, se desenvuelve en apenas dos metros cuadrados entre una maraña de cordones, flecos y redecillas. El negocio ha pasado por todas las generaciones de su familia desde que lo fundara su bisabuela, Alfonsa Martín, allá por 1921. En aquel entonces era común que los comercios se establecieran en los descansillos de las escaleras. Pero sólo éste ha resistido hasta la actualidad.
Guillermo emplea una hora y media cada día en ordenar su diminuto comercio
Por su antigüedad y singularidad, es uno de los comercios protegidos de la capital, por lo que el Ayuntamiento prohíbe que se reforme o incluso que cambie de actividad. Aunque ése régimen especial no les reporta ningún beneficio económico. Guillermo saca el negocio adelante como puede, proveyendo accesorios a sastres, sacerdotes, monjas y militares. Aún así, hay días que los clientes se cuentan con los dedos. «Hemos tenido que empezar a vender 'souvenirs', porque desde que han abierto tantos bazares chinos todo se ha abaratado y nos ha perjudicado», comenta.
De cuarto para las sillas, a reprografía
En la calle Bravo Murillo opera otra tienda de dimensiones reducidas, pero con mucha historia. Se trata de Foto Glorieta, un establecimiento de fotografía y fotocopias que lleva instalado desde 1959 en un pequeño cuarto dentro de un portal. La fundó el padre de Antonio, su dueño, en un reducido espacio donde antes guardaban las sillas del colindante Bar Metropolitano. Aunque sus métodos han ido evolucionando al tiempo que la tecnología, su actividad ha sido siempre la misma.
«Estas tiendas tienen pocos gastos, pero la crisis se nota y muchas han desaparecido»
En la misma calle Bravo Murillo, como en la zona de Malasaña o la de Sol, ha sido frecuente la existencia de este tipo de establecimientos. Un poco más abajo, en otro minúsculo cuarto pegado a un portal, se situaba hasta hace poco una tienda de telefonía, ahora convertida en un lugar de compra y venta de oro. «Lo bueno de este tipo de locales es que apenas tienen gastos», opina Antonio. «Sin embargo, la crisis se nota, y muchos han ido desapareciendo», añade. Con ellos, de momento, no han podido ni la recesión ni la falta de espacio.



