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WikiLeaks, la institución que se parapeta tras un telón de acero

Julian Assange desvela secretos ajenos pero corre un tupido velo sobre los propios

Día 30/11/2010
efe
Julian Assange
¿Dónde y de qué vive Julian Assange? ¿Cuántas personas trabajan para WikiLeaks, cuánto cobran y quién se lo paga? ¿Consensúa Assange sus decisiones con algún equipo, o él tiene la última palabra en todo? ¿Está todo el mundo en WikiLeaks de acuerdo con sus métodos?
El fiscal general de Estados Unidos, Eric Holder, anunció ayer que está en curso una investigación penal sobre las filtraciones de WikiLeaks. Pero hasta ahora tanto WikiLeaks como su fundador, el australiano Julian Assange, han eludido todos los controles que cotidianamente pasan la mayoría de los ciudadanos, así como las denuncias de los gobiernos objeto de sus filtraciones. Assange funciona como un fugitivo internacional y la organización por él creada como una suerte de guerrilla urbana.
Por ejemplo, se supo que el vídeo de Collateral Murder se editó en una localización secreta en Islandia, en plena erupción del volcán. Assange y sus seguidores se presentaron como periodistas ante los dueños del apartamento que alquilaron y en el que se encerraron para dejar el vídeo a punto en claustrofóbicas y maratonianas jornadas de trabajo marcadas por el ritmo vital del jefe, al parecer un superhombre que no necesita comer ni dormir tan a menudo como los demás, y que a veces sigue tecleando, inmutable, mientras una miembro de su organización le corta el pelo y otra le plancha la camisa. O eso cuenta su leyenda.
También dice que Assange nunca fue a la escuela, que aprendió lo que le interesó por su cuenta, que se orientó tempranamente a las ciencias y a la informática, que fue un «hacker» precoz y aventajado y que mezclando eso con unas gotitas de espíritu emprendedor puso en pie WikiLeaks. Una organización cuya clave sería no tanto una inmensa legión de miembros como el enorme potencial de las nuevas tecnologías. Saber cómo obtener información del punto neurálgico adecuado.
Por su parte, WikiLeaks es de una opacidad hermética y a veces incluso insultante. Assange no admite ni siquiera que le pregunten en entrevistas de prensa sobre disensiones internas. En la última filtración masiva de documentos dejó fuera a «The New York Times», que, atención, tuvo que obtener su propia cuota de secretos porque «The Guardian» se avino a compartirlos. ¿Y eso? Pues porque publicó no hace mucho un perfil de Assange haciéndose eco de ciertas críticas internas contra él. A Assange no le gustó, y les ha castigado.
No es la primera vez. Ya castigó con la expulsión fulminante a Daniel Domscheit-Berg, un antiguo portavoz de WikiLeaks que osó ponerle pegas. Assange se defiende siempre alegando razones de seguridad —las mismas que parece que no valen cuando las alegan el Departamento de Estado o el Pentágono— y que él personalmente está bajo el fuego. Esa sería la única explicación de que haya sido objeto de un par de denuncias por delitos sexuales en Suecia, el país que parecía destinado a ser su santuario.
En los últimos meses ha habido cierta contestación interna por considerar que las acusaciones en Suecia no son una invención de Estados Unidos sino el resultado de que Assange se relacionara con dos mujeres distintas al mismo tiempo.
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