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Columnas / FUERA DE MICRÓFONO

La chica de la foto

Desde que vi los ojos de una chica tirada en una callede Puerto Príncipe agonizando no descanso bien

Día 22/11/2010
PROBABLEMENTE sea pura soberbia, o hastío, qué sé yo, pero creo que el tiempo es tan importante que no merece la pena que lo pierda con éstos que nos mandan, y con aquéllos que nos quieren mandar, y con esos otros que no mandan pero gobiernan. Hay días que vienen así, descreídos, inciertos. Alguien que ha llegado a presidente de mi país, que lleva siete años en el poder, acaba de decir que sabe lo que tiene que hacer, pero yo miro a mi alrededor y veo una lista millonaria de parados, gentes desconfiadas, hartas de los que aseguran que saben lo que tienen que hacer. Y por qué no lo han hecho antes, me pregunto. Nunca pensé que mi relación con la política iba a ser tan distante. Y sin embargo elegí una profesión que no me permite escapar. La vida ha de ser algo más que prestar atención a un grupo de trileros de la declaración y el titular. Nos pasamos el día solemnizando lo obvio, dando pábulo a gentes que no merecen dos líneas en un artículo; pasamos las horas instalados en la retórica de la estupidez. Y ya no tengo ganas, la verdad. Me pasa como en el poema de Jorge Guillén: «Alguna vez me angustia una certeza. Y ante mí se estremece mi futuro».
Busco un sitio en el que instalar mi atención, y me encuentro con el padre Ángel, de Mensajeros de la Paz. Hablo con él. Acaba de llegar de Haití, y cuando miro su rostro, y sin necesidad de que pronuncie una sola palabra, tengo la seguridad de que viene del infierno. Que lo ha visto, y que ha encontrado la fuerza para venir a contarlo. Se lo cuenta al Papa: «Santidad —le escribe—, saque tiempo y fuerza para ir a Haití, allí donde el infierno se ensancha». Me habla del cólera, de los niños que se le han muerto en los brazos, de los que podrían vivir si quisiéramos que vivieran. Le digo que desde que vi los ojos de una chica tirada en una calle de Puerto Príncipe agonizando no descanso bien. Que no se me va de la cabeza esa foto cierta y maldita. Pero el padre Ángel, acostumbrado a tutear a la muerte, me detiene: «Esa chica ya está muerta». Y seguimos hablando. ¿De qué, qué le puedo preguntar? Antes de terminar la entrevista el sacerdote dice que lo único que hace falta es que los que prometieron ayuda cumplan su palabra. Me despido, me da un beso, y se va del estudio de Punto Radio en el que lo acabo de entrevistar. Me quedo pensando en la chica de la foto, ¿será verdad que ya está muerta? Y pienso también que la vida nos regala hombres como Ángel. Nos limpia las conciencias, pero nos señala: vosotros sois responsables. ¡Ay, Dios mío!, la chica de la foto, la chica de la foto…
Ayuda para Haití, B. Santander: c/c 0049 6103 91 2116066493
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