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El asesino que se creyó un profeta

Carolina murió acuchillada. Su socia y amiga, Susana, sobrevivió. Pero sigue en peligro. Su agresor, juzgado esta semana, aún la tiene en el punto de mira

Día 15/11/2010 - 09.46h
Era un cliente molesto; de esos que cuando llega la hora de cierre se resisten a marcharse; apalancado en su taburete, abrazado a su copa, Mohamed Alimoussa dejaba pasar las horas. Se subía a la planta alta. Cuando caía la noche, el joven marroquí, de 30 años, se escondía en los aseos hasta que el pub se vaciaba. Forzaba la situación para quedarse a solas con las dueñas, Carolina y Susana. A la primera la mató. A la segunda, casi. Jóvenes, guapas, sociables, emprendedoras, llenas de sueños y proyectos de futuro. Vecinas de Picanya (Valencia) hacía apenas año y medio que se habían embarcado en su aventura empresarial: el «Samsara», un pub con ambiente chill-out en la vecina Paiporta. Desde el otro lado de la barra, Mohamed intentaba ligar con ellas, pero le rehuían. Se encaprichó de Carol, la más joven, de 23 años.
MIKEL PONCE
El presunto asesino, en el juicio
Una vez le pidió el teléfono. No se lo dio. Desde entonces, era Susana la encargada de atenderle. «No nos daba buen rollo», recuerda atormentada. Sobrevivió al ataque, pero desde entonces, desde aquella noche del 11 de enero de 2009 en que sintió que se le iba la vida a borbotones, como la sangre que manaba de su pecho cosido a puñaladas, no levanta cabeza. Las heridas físicas aún duelen. Pero las que supuran son las psíquicas: no pega ojo, es incapaz de quedarse sola en casa; la luz, siempre encendida; le aterra salir a la calle sin compañía; siempre mirando hacia atrás, con desconfianza, con miedo. Por si aparece de nuevo. Casi dos años en tratamiento psiquiátrico. No mejora. En algunos aspectos ha empeorado. El estrés postraumático evoluciona hacia una depresión mayor. No ha podido incorporarse al trabajo; hacerlo sería volver al escenario del crimen. Enfrentarse a su agresor en el juicio celebrado esta semana ha supuesto una regresión. No quiso verle. Declaró protegida por un biombo. «Nos fuimos hacia el coche. Carol se sentó en el asiento del copiloto. Cuando yo tenía medio cuerpo dentro, apareció el asesino de Carol y empezó a apuñalarme con el cuchillo en la cabeza. Quería gritarle: ¡no me mates, no me mates!, pero no sé si lo hice. Miré a Carol, le dije: ¡titi, sal del coche y pide ayuda! La vi que corría. Siguió dándome puñaladas. Al rato me dejó en el asiento, me dio por muerta, y se fue a por Carol. Yo tenía el estómago y las tripas fuera. Me lo cogí todo, me limpié la sangre de la cara y salí hacia el otro lado para pedir ayuda. Miré hacia la plaza, por donde se había ido Carol, pero no vi nada. A mí me recogió un coche. Llegó más gente. Yo les decía: no me dejéis dormir, dejadme aquí e id por Carol. Luego me enteré de que había caído allí, en la misma puerta del bar, con un cuchillo, como un perro». Su socia, su amiga del alma recibió ocho puñaladas; una, le rompió una costilla y le atravesó ambos ventrículos del corazón. Susana lo cuenta como si lo vomitara; de corrido, sin parar de llorar. Hasta que se rompe. «¡Me ha destrozado la vida!». Con frecuencia, aquel cliente se ponía pesado. Cuando se lo llevaba la Policía Local —ocurrió tres veces entre febrero y julio de 2008—, abandonaba el establecimiento entre jaculatorias de significado entonces indescifrable. «¡Ya, ya, ya, denuncia Murcia!», les decía a las chicas entre aspavientos en un deficiente castellano.

De haber comprendido el sentido de esas palabras, el desenlace de la historia podría haber sido otro. Porque, para entonces, Mohamed ya les había denunciado a ellas y había anticipado crípticamente el guión de la locura criminal que, según los psiquiatras, marcaba la pauta de su relación con las chicas. En aquella denuncia que interpuso en Murcia en abril -luego siguió acudiendo al bar con normalidad- contó que estaba «embrujado» por las dos jóvenes; que le habían echado unos polvos en la bebida para que se enamorara de ellas; que controlaban su mente y sus movimientos con un cristal que tenía en la cabeza y que ellas manejaban con un mando; dice también que es un profeta y que ellas «querían quitarle su profecía para dársela a un cristiano». Su relato incoherente y disparatado se asienta en un diagnóstico incuestionable para los psiquiatras: sufre un trastorno psicótico con ideas delirantes con connotaciones místico-religiosas del que nunca se trató. En una ocasión fue al centro de salud de Paiporta porque estaba nervioso.

El médico le prescribió un ansiolítico. No ahondó más porque no había más sintomatología. La Fiscalía cree que su trastorno es real; que se evidenció en aquella estrafalaria denuncia de Murcia. Le cree penalmente inimputable. Pide su absolución y su internamiento durante un máximo de 34 años en un psiquiátrico. Los abogados de las víctimas piensan que el acusado finge, que ha conseguido engañar a los psiquiatras y que se escuda en su raza, su cultura y su religión. Quieren que sea condenado a 34 años de prisión.

«Quería que me dejaran en paz»
Mohamed es marroquí. «Musulmán pero no fanático», precisa. Tiene 32 años. Admite que apuñaló a las chicas, pero asegura no recordar ni cómo ni por qué. Solo sabe que «quería evitar pensar en ellas; quería que me dejaran en paz». Por eso, aquel 11 de enero de 2009 cogió en Murcia, donde vivía entonces, un autobús con destino a Valencia. Luego fue a Paiporta. Vagó de bar bar en bar para hacer tiempo. Entró en una tienda multiprecio y compró un cuchillo de 32 centímetros. Aguardó a que se hiciera de noche en las proximidades del «Samsara». A Carol le pareció ver a alguien en la esquina cuando salió a bajar la persiana metálica; se lo comentó a Susana, que se había quedado limpiando la cafetera; como habían hecho otras noches, le pidieron a unos amigos que esperaran hasta el cierre. Hicieron la caja y salieron todos juntos.

Ellas se dirigieron hacia el Mini amarillo que tenían estacionado a 200 metros. Mohamed, agazapado tras una furgoneta, salió de su escondite y se abalanzó sobre sus presas. Susana Pérez tenía entonces 29 años. Recibió seis puñaladas; algunas afectaron a «órganos diana»: abdomen, pulmones, diafragma. Estuvo a punto de morir. El riesgo para ella no ha desaparecido. Los psiquiatras ya han advertido de la «peligrosidad del sujeto». Nada de tratamiento ambulatorio. Mohamed debe estar internado hasta que se logre, con terapia y medicación, el «encapsulamiento» de sus delirios. No saben si eso será posible. Pero, en caso contrario, el «profeta Mohamed» podría regresar para cumplir su «misión inacabada».
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