Hemeroteca / LA TRAGEDIA DE ARMERO

Omaira Sánchez: «Váyanse a descansar un rato y después me sacan»

Día 12/11/2013 - 13.48h
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Tal día como hoy de 1985, el mundo seguía en directo la muerte de esta niña colombiana atrapada entre los restos de su casa tras la tragedia de Armero

«Váyanse a descansar un rato y después vengan y me sacan de aquí». Esta es la entereza que mostraba Omaira Sánchez hace hoy justo 28 años, atrapada entre el lodo y los restos de su propia casa, con el agua al cuello, mientras las cámaras de televisión retransmitían sus últimas horas de vida. La fortaleza y ternura con las que esta niña colombiana de 13 años afrontó los esfuerzos de un rescate imposible, la convirtieron en la víctima más famosa de las más de 25.000 que se produjeron el 13 de noviembre de 1985, cuando el volcán Nevado del Ruiz entró erupción y una avalancha de lodo, tierra y escombros se tragó literalmente a la ciudad de Armero, hasta convertirla en un cementerio gigante.
FRANK FOURNIER

Casi tres días estuvo agonizando Omaira, con su cuerpo atrapado e inmovilizado entre los materiales expulsados por el volcán, y ante los flashes de los fotógrafos y las miradas de los periodistas, a los que hablaba con una tranquilidad sobrecogedora: «Toco con los pies en el fondo la cabeza de mi tía»; «yo quiero que ayuden a mi mamá, porque ella se va a quedar solita»; «tengo miedo de que el agua suba y me ahogue, porque yo no sé nadar»; «estoy preocupada, hoy era el examen de matemáticas», o «mi papá trabaja cogiendo arroz y sorgo en una combinada, mi mamá está en Bogotá».

A las 10 de la mañana del sábado 16 de noviembre, comprobaron que la opción de amputarle las piernas era imposible, ya que no contaban con el material quirúrgico y las condiciones necesarias como para que sobreviviera, y realizaron el último intento de succionar con una motobomba el fango que no paraba de crecer. Pero fueron esfuerzos en vano, pues, poco después, Omaira cerraba los ojos para siempre. «No es justo, Dios, no es justo. Después que luchamos tanto y ella aguantó», se lamentaba entre sollozos el médico Mauricio Sarmiento.

«El león dormido»

Miles de niños y adultos desaparecidos, a los que no captó ningún objetivo, debieron sufrir la misma angustia y agonía que Omaira. Y no solo en Armero, sino en todos los pueblos afectados por la avalancha de cenizas, lava, piedras, nieve y lodo expulsados por el Nevado del Ruiz, un volcán conocido como «el león dormido» por los habitantes de la zona y cuya última erupción se había producido 140 años atrás.

Pero el «león» despertó a las 9 de la noche de aquel 13 de noviembre, vomitando 35 millones de toneladas de materiales y provocando que se fundiera la nieve de este gigante de 5.400 metros. Esto generó cuatro afluentes de lava, agua y hielo que, arrasándolo todo a su paso a unos 60 km/h, fueron a parar a los ríos que drenaban el volcán. Estos ríos aumentaron su caudal por cuatro y arrastraron todos los materiales hasta arrasar las poblaciones cercanas.

Armero desapareció literalmente del mapa. Tres días después, cuando los equipos de rescate comprobaron la imposibilidad de rescatar a los más de 22.000 cadáveres sepultados, declararon la ciudad «cementerio». En otros pueblos como Chinchiná mató a 1.800 personas y destruyó 400 viviendas. Pero el total de la devastación (25.000 muertos y más de 5.000 casas arrasadas) hicieron de la «Tragedia de Armero» –en referencia a la ciudad más afectada, fundada menos de un siglo antes– la segunda erupción volcánica más mortífera del siglo XX, la cuarta de toda la historia conocida y el mayor desastre natural del que se tenga conocimiento en Colombia.

Cadáveres a 100 kilómetros

Según ABC, los supervivientes contaban que en lugares alejados a 100 kilómetros del Nevado del Ruiz, los ríos aún arrastraban cadáveres, automóviles y restos de casas, por lo que el Ejército estableció un cordón de seguridad de 200 kilómetros de radio en torno al volcán.

Los pocos supervivientes permanecían atrapados sobre los árboles, techos de las casas y colinas, a la espera de que algún helicóptero les rescatara. En Guayabal, por ejemplo, se apilaban «cientos de muertos petrificados por el barro», mientras miles de personas corrían sin sentido, desnudas, con la expresión de miedo en sus rostros. Puentes se vinieron abajo, un oleoducto se partió y contaminó el agua de los ríos y muchos pueblos se quedaron sin electricidad ni medicamentos.

Los testimonios de los vivos se sucedían describiendo escenas dantescas. «Estaba durmiendo y sentí que la casa se rajaba. Escuché a uno de mis hijos que gritaba “papá, papá” y salí con él hasta dejarlo en una colina. Luego quise volver a la casa y ya no estaba. Mi mujer y dos de mis hijos no pudieron salir»; «donde estaba Armero ahora solamente hay lodo. La gente quedó enterrada en el barro»; «por la aguas de uno de los ríos bajaban decenas de cadáveres»; «parece una plancha de cemento»; «Dios mío, es injusto que yo esté vivo y que mis hermanos hayan muerto», o «¿Dónde están mis hijos? ¡Por Dios…!», eran algunas de los testimonios que recogió el correponsal de ABC.

Las escenas de terror eran interminables. Otro hombre al que sí le habían amputado las dos piernas a causa de la gangrena, contaba el corresponsal de ABC, le arrebataba desesperado un cuchillo a un socorrista y se lo clavaba a sí mismo para quitarse la vida. «La tragedia no ha hecho más que empezar», se lamentaba otro socorrista sobre las escenas de una tragedia imposible de olvidar. Veinte años después, relataba entre sollozos un superviviente: «Vi a miles de paisanos que quedaron petrificados por el barro con un rostro de dolor que no he podido olvidar».

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