“Yes, we can-Sí, se puede». Al ritmo actual, empieza a no resultar totalmente descabellado pensar en el día en que un hispano tome posesión como presidente de EE.UU. Los comicios de este martes no han hecho más que confirmar la relevancia política cada vez mayor de la primera minoría dentro de un crisol donde lo «anglo» se diluye ante el «boom» demográfico de los hispanos, camino de sumar 50 millones al norte del Río Grande.
La batalla electoral culminada este martes ha producido tanto hispanos triunfadores en puestos destacados como una nueva confirmación de la importancia de ese bloque de votos para cuadrar la compleja matemática electoral de Estados Unidos. Con el atractivo político de que siguen sin votar en bloque a un mismo partido, en contraste con la querencia bastante monolítica de los afroamericanos hacia los demócratas.
En un avance de proporciones históricas, el 2 de noviembre ha registrado el triunfo de tres hispanos republicanos en puestos más allá del nivel local. En Nuevo México -donde casi la mitad de la población es de origen hispano- Susana Martínez ha sido elegida gobernadora. Puesto nunca alcanzado por una mujer hispana. En Nevada, Brian Sandoval también se ha convertido en gobernador. Y en Florida, Marco Rubio se ha hecho con un escaño en el Senado.
En total, existen unos 19 millones de hispanos con derecho a voto en Estados Unidos (un 9 por ciento del total nacional). Cifra que no va a hacer más que crecer, dada la gran juventud demográfica de esta minoría. Este martes se ha calculado su participación en 6,5 millones, lo que representaría un millón más con respecto a las anteriores elecciones de medio mandato del año 2006. En California, por ejemplo, su participación habría llegado hasta un decisivo 22 por ciento.
Por partidos políticos, los sondeos del martes confirman una mayor inclinación a votar por los demócratas pero sin llegar a proporciones monolíticas. Según los datos interpretados por el Pew Hispanic Center, los demócratas tienen una ventaja de casi 2 a 1 entre los votantes de origen hispano (64 % - 34 %).
Y de hecho, ese respaldo electoral habría servido de baluarte para salvar a una serie de correligionarios de Obama en apuros, empezando por Harry Reid, senador por Nevada que, a duras penas, ha conseguido retener su escaño y el puesto de líder de la recortada mayoría demócrata en la Cámara Alta.
El Partido Republicano también han tenido motivos de celebración en lugares como Texas, donde se acumula el mayor número de votantes hispanos después de California. En el llamado Estado de la estrella solitaria, dos candidatos hispanos -Bill Flores y Francisco «Quico» Canseco- han formado parte de la reconquista de la Cámara Baja por parte de los conservadores.
Con todo, el gran agujero negro en todos estos planteamientos electorales es la explosiva cuestión de qué hacer con los más de once millones de «sin papeles», en su mayoría hispanos, acumulados por Estados Unidos desde la última gran amnistía concedida en tiempos de Ronald Reagan. Dilema ante el que los republicanos parecen no tener problemas en encontrar candidatos hispanos capaces de combinar respeto a los inmigrantes con posiciones firmes en materia de controles y regulaciones.
Según las explicaciones de Frank Sharry, director ejecutivo del grupo de activistas America’s Voice, «no hay duda de que los republicanos esperan con candidatos hispanos importantes ser capaces de sumar más peso electoral sin cambiar su posición en materia de inmigración». Pero, a su juicio, «sin una reforma en profundidad, los conservadores no van a poder sumar todos los votos que necesitan para volver a sentarse en el despacho oval». Análisis en parte compartido por Ed Gillespie, ex presidente del comité nacional del Partido Republicano, para quien los éxitos logrados este martes no son suficientes. A lo que añade: «Todavía tenemos que hacer un mejor trabajo en ese creciente porcentaje del electorado».











