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Obama ante el juicio de las urnas

Dos años después de su histórica victoria, Obama ha generado desencanto a sus compatriotas por su intervencionismo

Día 03/11/2010
POCO tiene en común el Barack Obama que se enfrenta hoy a las urnas con el que lo hizo el 4 de noviembre de 2008, logrando una victoria electoral de proporciones históricas. No hay un solo sondeo que haya logrado, hasta ayer, amortiguar el deterioro de la imagen del presidente, del que sus compañeros de filas han huido durante esta campaña como de una plaga bíblica.
Frente a esta evidencia, se ve con frecuencia en los medios de comunicación españoles el fácil recurso a la descalificación de los movimientos políticos que han logrado galvanizar la campaña electoral. Destacadamente al «Tea Party», habitualmente caracterizado como un movimiento de ultraderecha. ¡Qué fácil es la argumentación con etiquetas! Suponiendo que fuese cierto que el gran galvanizador electoral anti- Obama haya sido un movimiento de ultraderecha, habría que preguntarse qué se ha hecho mal en los últimos dos años para que ese movimiento haya surgido de la nada. Por qué tres meses después de que Obama presentara su primer presupuesto empezaron a surgir como setas convocatorias a «tea parties» por toda la Unión, denunciando el incremento del gasto público en un 8,4 por ciento y la predisposición del Gobierno federal a dar subsidios a grandes empresas. Es decir, un movimiento libertario —según la terminología anglosajona, liberal para nosotros— que en nada amenaza los sólidos fundamentos de la gran república norteamericana.
Es cierto que el movimiento del «Tea Party» —que el Partido Republicano ha logrado cautivar a pesar de que ello haya costado el puesto a muchos republicanos de línea oficialista— ha resultado una plataforma idónea para muchos demagogos y radicales que tienen larga vida en la política norteamericana. Mas en nada hay que confundir su papel con el fondo de la cuestión que está en juego. Y esa es que, dos años después de su histórica victoria, Obama ha generado desencanto a sus compatriotas por su intervencionismo, por su empeño en gobernar contra la voluntad manifiesta de los norteamericanos —como demostró con la imposición de su reforma sanitaria— y por su falta de voluntad para atender los mensajes contrarios a su política que el electorado le ha transmitido hasta ahora.
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