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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Cuento de Halloween

Al volver del cementerio, un arrugado sombrero de brujo les hizo saber que su hijo había regresado de la fiesta

Día 02/11/2010
AL salir para el cementerio echó un vistazo al cuarto de su hijo a través de la puerta abierta. La habitación vacía, la cama intacta aún y por el suelo algunos restos de envoltorio del disfraz de Halloween con el que había salido la víspera. Cerró por fuera mientras su mujer recogía el ramo de flores y le siseó con el dedo en la boca como si temiese despertar al adolescente que aún no había vuelto. Lo prefería así, una mentira piadosa para evitar que ella bajase preocupada por la previsible resaca del muchacho en esa mañana en que a los dos les gustaba recogerse sobre la memoria de los ausentes, sobre el rito íntimo de la lucha contra la soledad y el olvido de la muerte.
D El camposanto estaba a rebosar de gente que trajinaba entre las tumbas, pero se detuvo a observar la edad de los visitantes y reparó en que apenas se veían jóvenes en todo aquel hormigueante trasiego. Mientras ayudaba a su esposa a colocar las flores pensó en la dualidad social que hacía algunos años venía notando en días como ése: los padres en el cementerio, con una punzada de pena oscura en el alma ante de los restos de sus seres queridos, y los hijos de regreso de una noche de fiesta entre disfraces con vago aire de carnavalillo de terror, una trivial parodia de la vieja tradición de aparecidos que ilustra la eterna duda humana sobre la trascendencia del más allá. Cosas de chicos, se dijo para quitarle importancia a la sombra que le pasó por la cabeza al imaginarse a sí mismo al otro lado de una lápida, convertido en un montón de huesos húmedos y cenicientos que no veía el modo de evocar en una borrachera de máscaras musicales y disfraces de la guerra de las galaxias. Signo de los tiempos, intensidad de una juventud agarrada a las ganas de vivir para eludir la temprana congoja del dolor y de la pérdida. Pero no podía alejar la desazón de un cierto choque generacional al recordarse casi de niño transitando de la mano de sus mayores por aquel mismo sendero funeral, endomingado con la solemnidad de un rito que no acababa de entender aunque siempre le pareció envuelto en un respeto reverencial y sagrado. Prefirió mantenerse mudo y evocar a los padres que estando tan cerca no podían ya escucharle desde su irrevocable silencio, transitar unos minutos por el recuerdo de los años felices antes de golpear suavemente con los nudillos sobre el mármol como para dejar a los difuntos una leve señal de presencia y consuelo sobre la insondable eternidad del otro lado. Se fueron los dos sin decir nada, cada uno ensimismado en la memoria compartida del tiempo irreparable; silenciosos también en el trayecto de retorno a la casa donde un arrugado sombrero de brujo de
guardarropía tirado en el recibidor les hizo saber que su hijo descansaba de una movida madrugada de vigilia estimulada por su radiante vitalismo.
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