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Obama, derrotado por él mismo

«El estancamiento podría prolongarse en detrimento de los estadounidenses y del resto del mundo, ya que el consumidor y la innovación estadounidenses —por mucho que se diga— son todavía los motores de la economía mundial»

Día 27/10/2010
A todo hombre de Estado le persigue su Némesis, la diosa de la venganza. La de Barack Obama es Velma Hart, una afroamericana de 42 años y madre de dos hijos que durante un tiempo fue soldado en el Ejército estadounidense. El pasado 20 de septiembre, en el transcurso de un debate público organizado por una cadena de televisión favorable a Barack Obama, Velma Hart se dirigió al presidente en directo: «Estoy agotada (I am exhausted) de apoyarle», dijo, con un tono pausado y definitivo. En ese instante, la Némesis negra hizo que el destino de Obama se tambaleara. Él contestó con mediocridad si no había, entre otras cosas, regulado las tarjetas de crédito para proteger a los deudores y ampliado los beneficios de los seguros médicos para los niños hasta los 26 años. Se quedó un poco corto: Velma Hart creyó que Obama cambiaría su vida. El presidente añadió que Estados Unidos se encontraba en «la vía correcta hacia un futuro prometedor». Ese día, Obama demostró lo que era: un político como los demás. Que sea negro o no, ya poco importa.
El 2 de noviembre, cuando el Parlamento se renueve al cumplirse la mitad de la legislatura, los estadounidenses se pronunciarán por primera vez sobre el balance de Obama y de su partido: todo el mundo espera una derrota anunciada. Los partidarios de Obama alegan que no ha tenido suerte: ha heredado dos guerras y una crisis económica. Es cierto, pero ha gestionado mal esa herencia. Mientras que la guerra de Irak obedecía a unos objetivos relativamente claros y casi alcanzados (fin de la dictadura y eliminación de los terroristas), la guerra de Afganistán, que Obama hizo suya y declaró «justa», se estanca ante la falta de una estrategia. Sin embargo, es una guerra lejana que afecta poco al ánimo ciudadano. Es la economía la que destruye a Obama, el estancamiento, el desempleo y, más todavía, la falta de perspectivas. Tanto si se trata de la guerra como de la crisis, en dos años Obama ha dado muestras de una notable falta de creatividad. Roosevelt, frente a la crisis económica de 1930, replicó (con razón o sin ella) con el New Deal, y Ronald Reagan, en 1980, con la resurrección del capitalismo. Obama no ha hecho nada de eso. Cogió prestada su respuesta a la crisis de los manuales más manidos de la socialdemocracia. Era previsible que el gasto público no creara empleos duraderos. Además del endeudamiento público que reduce los créditos disponibles para las inversiones privadas, Obama desanimó a los empresarios con el aumento de los impuestos y con un proyecto de seguro médico nacional prácticamente incomprensible. La mayoría de los estadounidenses, sin titulación en Economía, concluyó intuitivamente que «Obanomics» y «Obamacare» eran contrarios al genio capitalista del país.
Falta de creatividad, pero también un cierto «autismo» político: a medida que el rechazo se imponía, Obama se refugió en los proyectos milenaristas como el calentamiento climático. Enfrentado al fracaso del gasto público, se plantea un segundo «plan de reactivación». Si las calumnias vertidas por los fundamentalistas estadounidenses —Obama no sería estadounidense, sería musulmán— se escuchan, es debido a su «autismo».
¿Es Obama el que pierde o son los conservadores los que ganan? Del fondo de Estados Unidos ha resurgido una ola conservadora que se caracteriza por el odio hacia al Estado, el culto del individualismo y el apego al capitalismo, todos ellos ingredientes que constituyen la sociedad estadounidense y que son ajenos, o incluso incomprensibles, para los no estadounidenses. A diferencia de las revoluciones conservadoras anteriores, como la de 1980 que trajo consigo a Ronald Reagan, la nueva generación encarnada por el Partido del Té (en alusión al rechazo de los británicos que quisieron gravar el té en 1773), tiene pocas connotaciones religiosas: la buenas costumbres y Dios no predominan en el registro de Sarah Palin, fuente de inspiración conservadora pero «moderna». La sociedad estadounidense ha cambiado, incluida la derecha. Otra de las diferencias de esta nueva revolución conservadora es que más bien rechaza en vez de producir proyectos. Estamos a la derecha, contra el intervencionismo de Obama (calificado apresuradamente de socialista y europeo, pecados mortales para Estados Unidos), contra los impuestos, contra las deudas públicas, contra la nacionalización del seguro médico, contra los islamistas, pero las soluciones a los desafíos reales —desempleo, degradación de la enseñanza, inmigración descontrolada, terrorismo— no se explicitan. A la nueva derecha republicana le falta el armazón intelectual y el proyecto de sociedad que concibieron, en los años setenta y ochenta, para Ronald Reagan unos estrategas llamados neoconservadores, encabezados por Milton Friedman. La revolución conservadora de Reagan era universalista: la de Sarah Palin es provincial. Obama y los demócratas van a ser derrotados por una legión del rechazo sin líder ni visión.
A partir del próximo enero, el Gobierno de Estados Unidos se verá indudablemente debilitado por una cohabitación compleja entre un presidente poco dado al compromiso y unos republicanos del Congreso que saben lo que no quieren. La interrupción de los proyectos de Obama, la probable cancelación de la nacionalización del seguro médico y el enterramiento de las ambiciones climáticas tranquilizarán un poco a los empresarios. ¿Lo bastante como para que inviertan y contraten? A corto plazo, lo dudamos. El estancamiento podría prolongarse en detrimento de los estadounidenses y del resto del mundo, ya que el consumidor y la innovación estadounidenses —por mucho que se diga— son todavía los motores de la economía mundial.
Quedan el imperio estadounidense y sus tres pilares. El Ejército, el policía del mundo, ¿es indispensable para la globalización? No se perfila ningún candidato para sustituirlo. ¿El dólar? Gestionado en función de los intereses más inmediatos de Estados Unidos, sobrevive paradójicamente como única moneda de reserva. ¿Las universidades? Al atraer a los mejores, otorgan a Estados Unidos el liderazgo en la innovación. Incluso con Obama derrotado, Estados Unidos seguirá siendo durante un tiempo «la gran potencia por defecto».
GUY SORMAN ES ENSAYISTA
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