Los «jarrones chinos» de la política de Estados Unidos —ex presidentes, relativamente valiosos pero muy difíciles de encajar dentro de la nueva decoración electoral de sus respectivos partidos— no han sido capaces de resistir la tentación de asomarse a la reñida campaña para las legislativas del próximo 2 de noviembre.

AFP
Bill Clinton, durante un acto de campaña en apoyo de los candidatos de Michigan
Con estilos y motivaciones muy diferentes, tanto Bill Clinton como George W. Bush están volviendo estos días a cortejar a la opinión pública americana. El marido de Hillary Clinton, más delgado que nunca pero con su capacidad de persuasión bastante intacta, se ha embarcado en una especie de unipersonal esfuerzo para evitar el anticipado descalabro electoral que pueden sufrir los demócratas el próximo martes. Con una sacrificada gira de un centenar de mítines por todo el país, dispuesto a comparecer si hace falta en un gimnasio de «high school» medio vacío como ocurrió este fin de semana en Detroit.
«Ya he visto esta película»
El ex presidente —que según los sondeos de Gallup es por primera vez más popular que el actual ocupante de la Casa Blanca— ha dejado saber que se encuentra especialmente frustrado porque su partido está siendo incapaz de articular un mensaje coherente sobre la cuestión clave de estos comicios: la economía. Un fallo de comunicación que, a su juicio, los conservadores han sabido aprovechar para convertir a los candidatos demócratas en «piñatas humanas».
La semana pasada en el Estado de Washington, Bill Clinton se desahogaba en estos términos: «Escuchando cómo lo cuentan los republicanos, parece que desde el segundo en el que el presidente Obama terminó de prestar juramento, todo lo que ha pasado es su culpa. Me gustaría ver a cualquiera de ustedes a los mandos de una locomotora a trescientos kilómetros por hora cuesta abajo intentado frenar en diez segundos». Además de repetir que «ya he visto esta película antes», en referencia a la rotunda victoria de los republicanos a mitad de su primer mandato.
Por su parte, George W. Bush también se está dejando ver estos días pero con objetivos más personales: la promoción de su legado a través de sus memorias. En discursos pagados, como el recientemente realizado en Chicago, el antecesor de Obama ha indicado que se encuentra perfectamente feliz con su retiro en Dallas y que vuelve a reclamar la atención sólo para vender el mayor número de copias posible de su libro, «Puntos de decisión» cuyo lanzamiento está previsto para el próximo 9 de noviembre.
Bush y su biblioteca
Según ha recalcado Bush: «Tengo cero deseo de volver a estar en el centro de atención. No creo que sea bueno para el país tener a un ex presidente criticando a su sucesor. Voy a emerger y volver a sumergirme». Eso sí, con el deseo de ser recordado como «el tipo que tenía unas cuantas prioridades y estaba dispuesto a vivir según esas prioridades». Y el orgullo de haber evitado otro 11-S y el remordimiento de no haber reformado la Seguridad Social, privatizando una parte.
Entre las ocupaciones de Bush figura el lanzamiento de su biblioteca, «think-tank» y museo presidencial, que el mes que viene empezará a construirse en el campus tejano de la Southern Methodist University. Como aperitivo se acaba de inaugurar una exposición con muestras de una colección que incluye 42.000 artefactos, 70 millones de documentos en papel y 78 terabytes de documentos digitales . Desde el altavoz que utilizó el republicano en su improvisada arenga tras el 11-S desde la «zona cero» hasta la pistola que llevaba Sadam Husein cuando fue capturado.
Por lo que se refiere a los «número dos», Dick Cheney ha estado meses fuera de juego por sus graves problemas cardiacos. Aunque también tiene previsto aumentar sus actividades públicas cuando el año que viene se publiquen sus memorias. Mientras que Al Gore, que también ha estado ocupado con su divorcio y acusaciones de acoso sexual, sólo está haciendo campaña contra una propuesta para aliviar los estrictos requisitos medioambientales de California.









