Tercera

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El Nuremberg del comunismo

«El juicio de Phnom Penh demuestra hasta qué punto el marxismo es muy útil para reivindicar el poder, tomar el poder y ejercerlo de manera absoluta; pero nadie reivindica el marxismo como ideal, ni tan siquiera estos antiguos dirigentes»

Día 18/10/2010
LOS cuatro líderes supervivientes del régimen comunista de los Jemeres Rojos (entre los que se encuentra el antiguo jefe del Estado, Jieu Samfan), en la cárcel en Phnom Penh desde 2007, van a ser llevados a los tribunales, en su propio país: el primer juicio del comunismo se va a celebrar finalmente ante un tribunal incuestionable. Este tribunal demostró su eficacia el pasado 26 de julio, al condenar a Duch a 35 años de cárcel: Duch, uno de los engranajes de la máquina exterminadora Jemer Roja, dirigió de 1975 a 1979 un centro de tortura que causó 15.000 víctimas. A diferencia del tribunal de Nuremberg que, en 1945, juzgó a los dignatarios nazis, el de Phnom Penh no está dirigido por potencias victoriosas: actúa dentro de la justicia camboyana, bajo el control de la opinión pública camboyana, pero financiado por Naciones Unidas. No cabe ninguna duda sobre la legitimidad y la objetividad de este tribunal. Los camboyanos, por otra parte, han recibido mal la sentencia, ya que, en vista de los crímenes cometidos por Duch, la consideran insuficiente. Este, evidentemente, adujo que obedecía órdenes de sus superiores; evidentemente, ya que también fue la coartada de los dirigentes nazis en Nuremberg —al estar muerto Hitler— y la de Adolf Eichmann en Jerusalén, en 1961.
Más allá del caso de Duch y de la «Banda de los Cuatro» actualmente inculpados, ¿a quién se juzga en Phnom Penh? Tanto en los medios de comunicación asiáticos y occidentales como en las posturas de los gobiernos —especialmente el de China— observamos una cierta voluntad de reducir los crímenes de Duch y de Khieu Samphan a unas circunstancias locales. Una lamentable catástrofe con el nombre de Jemeres Rojos se abatió sobre Camboya en 1975, y esta rebelión venida de no se sabe dónde devastó Camboya y mató a 1,5 millones de jemeres. ¿A quién, a qué, se debería imputar lo que el tribunal ha calificado no obstante de genocidio de jemeres por parte de otros jemeres? ¿No sería culpa de los estadounidenses? Supuestamente a estos, al instaurar en Camboya un régimen a sueldo, les salió el tiro por la culata, y se produjo una reacción nacionalista. O bien ¿no sería ese genocidio un legado cultural propio de la civilización jemer? Los arqueólogos rebuscan, en vano, en el pasado para encontrar un precedente histórico. Pero la verdadera explicación, el arma del crimen, la encontraremos más bien en lo que los propios Jemeres Rojos declaraban: al igual que Hitler describió con antelación sus crímenes, Pol Pot (hoy en día fallecido) explicó con anterioridad que destruiría a su pueblo para crear uno nuevo. Pol Pot se consideraba comunista: se convirtió en uno, siendo estudiante, en París, en los años sesenta. Como Pol Pot y el régimen que impuso se consideraban comunistas —y en ningún caso los herederos de alguna dinastía camboyana—, hay que reconocer que eran comunistas de verdad.
Lo que los Jemeres Rojos impusieron en Camboya fue en definitiva el comunismo real: no hubo, ni en términos conceptuales ni concretos, una distinción radical entre ese reinado de los Jemeres Rojos y el estalinismo, el maoísmo, el castrismo o Corea del Norte. Todos los regímenes comunistas siguen unas trayectorias extrañamente similares con apenas tintes de las tradiciones locales. En todos los casos, esos regímenes pretenden hacer tabla rasa con el pasado y crear un hombre nuevo; en todos los casos, se extermina a los «ricos», a los intelectuales y a los escépticos. Los Jemeres Rojos agruparon a la población urbana y rural en unas comunidades agrícolas calcadas de los antecedentes rusos, los kolkhozes, y chinos, las comunas populares, por las mismas razones ideológicas y conducían al mismo resultado: la hambruna. En todas las latitudes, el comunismo real chapotea en la sangre: la exterminación de los kulaks en Rusia, la revolución cultural en China y la exterminación de intelectuales en Cuba. El comunismo real sin masacre, sin tortura, sin campos de concentración, el gulag o el laogaï, no existe. Y si no ha existido, hay que concluir que no podía ser de otro modo: la ideología comunista conduce necesariamente a la violencia de masas, ya que las masas no quieren el verdadero comunismo. Ya sea en los arrozales de Camboya o en las llanuras de Ucrania o bajo las palmeras cubanas, los regímenes comunistas solo se han impuesto, siempre y en todas partes, mediante la violencia extrema.
El juicio de Duch, y acto seguido el de la «Banda de los Cuatro», es por lo tanto el primer juicio de aparatchiksmarxistas responsables dentro de un régimen oficial y realmente marxista, leninista y maoísta. El juicio del nazismo se instruyó en Nuremberg en 1945, y el del fascismo japonés en Tokio en 1946, pero nunca el del comunismo, a pesar de que el comunismo real haya matado o degradado a más víctimas que el nazismo y el fascismo juntos. Este juicio al comunismo nunca ha tenido lugar, salvo en la esfera intelectual, por dos razones: en primer lugar, el comunismo goza de una especie de inmunidad ideológica porque se identifica con el progreso. Y, sobre todo, porque los comunistas permanecen todavía en el poder, en Pekín, en Pyongyang, en Hanoi y en La Habana. Allí donde han perdido el poder, han organizado su propia inmunidad reconvirtiéndose en socialdemócratas, en hombres de negocios o en líderes nacionalistas, que es el caso generalizado en la antigua Unión Soviética. Por lo tanto, el único juicio posible y efectivo solo tiene lugar en Camboya; pero no nos equivoquemos. No se trata de unos camboyanos llevados a juicio por otros camboyanos: una vez más, el juicio de Phnom Penh es el del comunismo real demandado por sus víctimas. En el futuro, cabe imaginar, aunque es improbable, un juicio al comunismo en Pyongyang, entablado por las víctimas coreanas, o un juicio a Pekín, entablado por las víctimas y sus derechohabientes. Si esos juicios llegasen a celebrarse algún día, en Pekín o en Pyongyang, incluso en Moscú o en Kiev, nos asombraría la similitud de los crímenes y de las coartadas: en todas partes unos acusados cobardes se declararían víctimas de las circunstancias o de las órdenes de un superior ilocalizable.
Una característica extraña del comunismo real, puesta de manifiesto en Phnom Penh, es que, tras su caída, ningún aparatchikcomunista se identifica con el comunismo. El juicio de Phnom Penh demuestra hasta qué punto el marxismo es muy útil para reivindicar el poder, tomar el poder y ejercerlo de manera absoluta; pero nadie reivindica el marxismo como ideal, ni tan siquiera estos antiguos dirigentes. Los Jemeres Rojos mataron en nombre de Marx, Lenin y Mao, pero prefieren morir como traidores a su propia causa o huir antes que morir como marxistas. Esta cobardía de los Jemeres Rojos ante sus jueces pone al marxismo bajo una nueva luz: el marxismo es real, pero no es verdadero, ya que nadie cree en él.
GUY SORMAN ES ENSAYISTA
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