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La cultura de una Monarquía compuesta

Análisis

Día 16/10/2010
Madrid está a punto de tener el privilegio de disfrutar de una de las más importantes y pioneras exposiciones de los últimos años. Planeada y organizada por Fomento Cultural Banamex, «La pintura de los reinos», que se verá en sus dos sedes del Museo del Prado y el Palacio Real, ha sido pensada para narrar de forma visual la nueva forma de pensar de los historiadores y los historiadores del arte sobre la cultura y el carácter del imperio global español entre finales del siglo XVI y los inicios del XVIII.
No podría haberse elegido un momento más apropiado para montar una muestra de esta naturaleza. El año 2010 marca el bicentenario de los movimientos de independencia que transformaron las posesiones españolas de América en un conjunto de repúblicas. Marca también el bicentenario de la convocatoria de las Cortes de Cádiz, que, dos años más tarde, promulgaron la Constitución que, si se hubiera llevado a la práctica, podría haber abierto un camino avanzado para la Monarquía española y haber retrasado, si no prevenido, la fragmentación del imperio. Ambas conmemoraciones proporcionan una oportunidad para revisar los hechos mismos y reflexionar más genéricamente sobre la naturaleza de la monarquía en la víspera de su disolución.
Particulamente, han fijado la atención sobre el carácter, a la vez único y plural, de lo que ya se conoce desde hace años como Monarquía compuesta. Compuesta en el sentido de que se erigió desde la unión de un gran número de reinos, desde Nápoles, Castilla y Aragón, a Nueva España, Quito y Perú, cada uno con su propia y distintiva identidad y ordenación institucional, pero todos con la debida lealtad al mismo monarca, cuya corte estaba en Madrid. A la exposición se unen cuatro volúmenes de ensayos magníficos que documentan clara y abundantemente que esta variedad dentro de una unidad superior se reflejó en la cultura y en las artes visuales de los diferentes reinos y territorios.
Fue una cultura católica barroca, dentro de la cultura general del Barroco de la Europa de la Contrarreforma, pero con especial énfasis en aquellos elementos de devoción favorecidos por la Dinastía. Fue también cultura sincrética, que hizo uso de elementos de los distintos dominios europeos de los reyes de España, y especialmente Flandes y las posesiones italianas, pero mezclados y transformados de acuerdo a las condiciones, gustos y necesidades locales.
Como el público disfrutará al ir recorriendo la muestra, las imágenes de la Inmaculada o de los arcángeles tienden a variar de maneras sutiles, dependiendo de si fueron pintadas por artistas en Bruselas, Sevilla, México o Lima.
Al mismo tiempo, las similitudes y conexiones resultan obvias. Hubo un flujo constante de gente, libros, pinturas y grabados por las rutas que mantenían unidos los diferentes territorios de la Monarquía. Los artistas cruzaron el Atlántico en el séquito de los virreyes, quienes les engargaban luego reproducir en sus capitales los más recientes estilos y modas de la Corte en Madrid. Las influencias y la imitación abundaron, creando en cada territorio una cultura que fue común a todos y aun así tenía rasgos distintivos. Cultural y politicamente, esta fue una auténtica monarquía compuesta.
La exposición, que presenta tan brillantemente las identidades compartidas por los distintos reinos que componían la monarquía, nos ofrece una comprensión única de lo que fue la civilización Hispana en la primera edad de la globalización.
JOHN ELLIOTT ES HISTORIADOR Y AUTOR, JUNTO CON JONATHAN BROWN, DEL LIBRO «UN PALACIO PARA UN REY»
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