Álex Crivillé rompió el molde en 1999. Cuando Nieto ganó el primer Mundial para España treinta años antes, allá por 1969, nadie creía que un español conquistaría nunca la corona de MotoGP, entonces denominada de 500 c.c.. La autarquía dominante en el régimen de Francisco Franco nos impedía competir con garantías en la cilindrada reina porque España solo fabricaba motos pequeñas.
Ángel abrió en 1969 un camino que después siguieron Tormo, Aspar y el propio Crivillé con su título de 125 en 1989. Hasta que Álex dijo basta. Quiso demostrar que si los españoles eran los mejores en 50, en 125 y en 250, con Sito Pons, también estaban capacitados para ser campeones en la categoría absoluta. En 1992 comenzó una cruzada que conquistó el mundo siete años después.
Aquel verano del 92, con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, vivió otro hito nacional: un español se adjudicó en la catedral del motociclismo el Gran Premio de Holanda de 500 c.c.. Se llamaba Álex, se apellidaba Crivillé y estaba preparado para acabar con el imperio anglosajón en la primera división de las dos ruedas.
Doohan-Álex, preludio del Rossi-Lorenzo
Primero comenzó a dejar fuera del podio a Schwantz y a Cadalora, en la edición de 1995. Y en 1996 atacó por primera vez el reinado de Mike Doohan. Segundo en aquel Mundial, lanzó un aviso de lo que sucedería en 1999. El español y el australiano vivieron un antagonismo total en el mismo seno del equipo Honda desde 1993 a 1999. Un enfrentamiento similar al que Rossi y Lorenzo protagonizan en la actualidad. Mike siempre quiso hundir psicológicamente al catalán. En 1996 se produjo una de las acciones más antideportivas de su enfrentamiento.
Crivillé se disponía a ganar en Jerez cuando la invasión de público en la pista le obligó a frenar. Doohan aprovechó el jaleo para adelantarle y vencer. El barcelonés se la devolvió a domicilio, en Australia, tres meses más tarde: Álex le tiró en la vuelta final después de chocar en varias ocasiones. Mick fue segundo y nada más acabar la prueba se fue a por él. La pelea casi llegó a las manos.
La guerra cambió de vencedor en 1999. Repleto de placas de titanio por todo el cuerpo, operado cien veces en una rodilla, propietario de un carnet especial para evitar los controles de aeropuerto y el sonar de todas las alarmas, el australiano se estrelló en el circuito de Jerez el 9 de mayo de 1999. Tuvo que retirarse definitivamente del motociclismo. Sus huesos no admitían más metales. Crivillé tomó el testigo. Se adjudicó seis grandes premios. Y en Argentina, el 31 de octubre, remató el título que le faltaba al motociclismo español.
Lorenzo lo vio por televisión
Jorge Lorenzo tenía doce años cuando Álex celebró aquella corona. Seguidor de Biaggi, cuarto en aquel campeonato, el mallorquín tuvo claro que se abría otra puerta para nuestro motociclismo. No tendría que pensar solo en las cilindradas bajas. Once años más tarde, toma el relevo de Crivillé. Celebra el segundo laurel español en la categoría de honor. Ya ha superado el récord de seis victorias en un año del catalán. Y habrá otras plusmarcas. Jorge Lorenzo y Dani Pedrosa deben romper nuevos moldes.







