Castilla y León

Castilla y León / restauración y conservación

El maestro

Jonathan Brown_ Catedrático de Bellas Artes de la Universidad de Nueva York

Día 08/10/2010 - 20.31h
La personalidad científica de Jonathan Brown (Springfield, Massachussets, 1939) resulta imprescindible para conocer el desarrollo de los estudios acerca de la pintura española del Siglo de Oro durante los últimos cuarenta años. Desde su cátedra Caroll and Milton Petrie del Instituto de Bellas Artes de la Universidad de Nueva York, dedicada especialmente a los estudios de arte español, ha ejercido un amplísimo magisterio que, naturalmente, no sólo se refiere a la docencia y a la formación de decenas de estudiosos, sino a la publicación de investigaciones, dirección de tesis doctorales, comisariado de exposiciones, etc., de manera que, si nos referimos a los trabajos de Jonathan Brown, bien puede decirse que existe un antes y un después respecto a los estudios de la pintura española de los siglos XVI y XVII.
La importancia de estos estudios reside fundamentalmente en el enfoque con el que fueron planteados desde un principio. La tradición de las aproximaciones al campo científico de la pintura española era, todavía a finales de los años 60 e inicios de los 70 del pasado siglo, predominantemente formalista y en buena medida atribucionista. Había, no obstante, excepciones como la del español, exiliado en EE.UU., José López Rey, precisamente el maestro de Jonathan Brown, al que sucedió en la cátedra de Nueva York, cuyos estudios sobre Francisco de Goya y, sobre todo, de Diego Velázquez marcaron nuevas orientaciones metodológicas desde muy tempranas fechas.
Precisos análisis
Es de la figura de López Rey de la que debemos partir para entender la de Brown. Su tesis doctoral «Imágenes e ideas en la pintura española del Siglo de Oro», desarrollaba brillantemente algunas de las ideas del maestro, sobre todo en la aproximación a obras capitales como «Las Meninas», e introducía aspectos teóricos y contextuales en el estudio de las pinturas de Velázquez o de Zurbarán de extraordinaria novedad en el horizonte de 1978 (traducción española 1981). Para Jonathan Brown la riqueza y el interés de la pintura española de los siglos áureos viene no sólo de la extraordinaria calidad de las aportaciones de El Greco, Zurbarán, Ribera, Velázquez o Murillo, sino de los apasionantes problemas que suscitan desde el punto de vista conceptual y social. Por ello integra en su exposición no sólo apurados y precisos análisis formales y técnicos, sino que los inserta en las polémicas estéticas, religiosas y políticas de la España de la época de los Austrias.
No es éste el espacio para intentar resumir su carrera y sus publicaciones sino para explicar porqué un historiador del arte ha sido galadornado con un premio en la modalidad de Restauración. Si leemos atentamente una de sus obras capitales, «Velázquez, pintor y cortesano», publicado en 1986, nos daremos cuenta de cómo en el análisis de todas las pinturas de Brown, siguiendo en esto los pasos de López Rey, realiza apurados estudios de la técnica pictórica del maestro, teniendo siempre en cuenta el estado de conservación, las restauraciones y lo que podríamos denominar «estado material» de la obra. Un tipo de apreciaciones que no siempre es tenido en cuenta en los estudios artísticos procedentes de la Universidad y que resultan imprescindibles desde el mundo de los museos. Brown siempre ha tenido muy en cuenta este segundo ambiente, especialmente un lugar tan fundamental para su carrera como el Museo del Prado, sede de la mejor colección posible de pinturas de Velázquez, El Greco o Murillo: resultado de esta aproximación «técnica» a la obra de arte es, sobre todo, su «Velázquez, la técnica del genio», publicado en colaboración con Carmen Garrido y el propio Museo del Prado.
Conservar adecuadamente una obra de arte desde el punto de vista museístico no es sólo una cuestión de técnica, sino también de adecuada contextualización. Desde este punto de vista los estudios de Brown han resultado fundamentales y él es uno de los protagonistas del resurgir de los estudios acerca del coleccionismo y el mecenazgo de la pintura española del siglo XVII. Su mencionado libro sobre Velázquez nos introduce de manera rotunda en el complicado mundo de la colección de pinturas de Felipe IV en Madrid o en El Escorial y su libro «El triunfo de la pintura», de 1995, producto de una serie de conferencias en la National Gallery de Washington, es la mejor introducción posible al estudio comparado de las colecciones de Felipe IV con las de Carlos I de Inglaterra, las de Luis XIV de Francia o las reunidas en los Países Bajos y Austria en el siglo del Barroco.
La contextualización a la que nos referimos sirve para una mejor conservación y exposición de las obras de arte en los museos e instituciones que los atesoran. Desde este punto de vista, el libro de Brown más famoso y citado, escrito con el historiador inglés Sir John Elliott, «Un palacio para el Rey: el Buen Retiro y la corte de Felipe IV (1985, 2003), constituye una referencia capital. En él sus autores escudriñan las razones políticas, culturales y estéticas de la decoración de este palacio, que albergaba, entre otras muchas obras capitales, «La rendición de Breda», de Velázquez, en su mayoría conservadas en el Museo del Prado. El libro sirve de punto de partida imprescindible para todo intento de recuperación y de restauración de un conjunto de pinturas tan importante que pueda hacerse en un futuro en el todavía hoy conservado Salón de Reinos, tan próximo al Museo del Prado.
Últimos trabajos
Los últimos trabajos de Brown se dirigen hacia la pintura virreinal novohispana y una serie de exposiciones de próxima inauguración nos mostrarán no sólo los resultados históricos de esta investigación, sino la recuperación y restauración, a iniciativa de nuestro personaje, de un sin fin de pinturas de un patrimonio en trance de ser olvidado o, directamente, destruido. Desde la publicación de mis primeros trabajos a mediados de los 80, he de decir que siempre gocé del apoyo primero y la amistad después de Jonathan Brown, especialmente firme en los años de mi dirección del Museo del Prado. El tema no dejaría de ser una agradable anécdota personal si no se supiera que éste es el trato que Jonathan Brown ha dispensado en Nueva York o Princeton (y también en España) a cuanto español, historiador del arte o no, se acerca a pedirle apoyo o consejo. Quiero resaltar esta faceta humana, sin la cual su personalidad resultaría incompleta: Jonathan Brown no solo ha resultado ser maestro de historiadores en el campo profesional, sino amigo de los españoles, impulsor de carreras, vocaciones por el estudio y proyectos de todo tipo en ambas orillas del Atlántico.
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