La larga y sinuosa carretera que conecta el casco de Los Realejos con Icod el Alto ya hace percibir al visitante que abandona la ciudad y se sumerge en el ámbito rural. Tan cerca gracias a los medios de transporte pero a la vez tan lejos, Icod el Alto es el núcleo más tradicional de la villa tinerfeña, un enclave dedicado a la agricultura y la ganadería, con personalidad propia, más de 3.600 habitantes y siete caseríos o cuarteles, como le gusta decir a los realejeros. A uno de ellos, El Lance, se ha dirigido ABC para conocer de primera mano el funcionamiento de una escuela unitaria ahora que el desarrollo urbanístico se come el campo y los nuevos tiempos se imponen a una velocidad tan acelerada que su futuro empieza a estar seriamente en cuestión. La Consejería de Educación del Gobierno de Canarias ya ha cerrado este curso once centros por falta de alumnado, pero las unitarias aún conservan su músculo: hay 170 repartidas por todo el Archipiélago, un ejemplo claro de que las Islas siguen siendo un territorio alejado y fragmentado.
La escuela unitaria de El Lance, que este curso celebra sus 50 años de actividad, se encuentra muy próxima al mirador del mismo nombre donde el mencey Bencomo se arrojó al vacío antes que dejarse apresar por las tropas castellanas al finalizar la conquista de Tenerife. Probablemente, a los usuarios de las unitarias aún les quede mucho de ese orgullo que exhibía el mencey ante los conquistadores, y se aferran a un modo de vida donde lo rural aún se impone a lo urbano y la enseñanza va mucho más allá de la impartición de conocimientos. De hecho, en Icod el Alto conviven dos escuelas unitarias con el premiado CEO La Pared. Por ahora, hay plazas para todos, que no es poco.
En El Lance solo hay diez alumnos de tres, cuatro y cinco años. «Es el curso que menos niños tengo. El anterior, por ejemplo, llegué a tener 18», comenta la directora y tutora, Inma Nuez. La cifra, no obstante, no marca tendencia. Ya hay varios alumnos en cartera para el curso 2011/2012 e incluso, unos padres del casco han mostrado su predisposición a que su hija sea educada en la unitaria de El Lance. El horario es de 9:00 a 14:00 horas más una tarde a la semana en concepto de actividades extraescolares que todavía está por definir. Inma es la alma máter del centro, aunque cuenta con la ayuda de profesores de música, inglés, religión y educación física. «El trabajo aquí es totalmente diferente porque para que esta dinámica funcione, le tienes que dedicar tiempo. El horario de oficina que se presupone a los funcionarios, aquí no funciona», señala convencida del modelo educativo.
El inmueble no está mal, pero podría mejorar en un barrio en el que cuando se mete el invierno, hace mucho frío. Ante el olvido habitual que sufren estos centros, muchos padres acometen pequeñas obras de mantenimiento los fines de semana. Para combatir la humedad, ahora están en plena colocación de azulejos. La actividad diaria pivota en torno a un aula multiusos donde se realiza la actividad docente. Hay varios rincones: juegos didácticos, zona de trabajos personales, la llamada área de la casita vinculada a cuestiones domésticas, la televisión y los ordenadores. «El concepto que tenemos de una escuela rural es que están abandonadas, no tienen niños ni recursos. No nos sentimos abandonados, pero los recursos son mejorables», explica.
Sobre su futura desaparición, Inma cree que estos centros están tan ligados al entorno que su cierre le quitaría vida al barrio. «Aquí se conocen todos, los padres vienen a las actividades, esto no es un centro cerrado, la gente se relaciona y también hay que tenerlo en cuenta. Yo también soy una más del barrio», señala sonriente. Y la mezcla de edades, ni mucho menos es un problema: «Es enriquecedor y estimulante. Los pequeños van captando conocimientos de los más adultos, se nota».
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