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Horst Teltschik: «La reunificación fue posible porque en la URSS no había ni carne que comer»

Día 03/10/2010 - 00.18h
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Cuando se cumplen veinte años de la unificación alemana, el jefe de gabinete de Kohl nos relata los secretos de aquel proceso

Retirado hoy en el campo, protegido por los Alpes bávaros, Horst Teltschik es de los que no sólo pueden soñar novelas de la guerra fría en largas noches junto a la chimenea, sino que las ha protagonizado. Un día de mayo de hace veinte años medió in extremis para que la URSS no entrara en supensión de pagos. De esa época tiene aún amigos que se llaman James Baker y Eduard Sheverdnadze.
Horst Teltschik: «La reunificación fue posible porque en la URSS no había ni carne que comer»
Este bávaro de adopción, hijo de sudetes alemanes deportados de Bohemia, ha sido uno de los más estrechos colaboradores del canciller de la reunificación, al lado de Helmut Kohl durante cuatro décadas. Jefe de la cancillería y asesor de política exterior, cuando la Alemania ocupada por las potencias vencedoras, los misiles Pershing de la OTAN, las 30 divisiones del Pacto de Varsovia y el aposentado régimen socialista de Erich Honecker, hacían que «casi todo en Alemania fuera política internacional». Teltschik puede hablar tanto del desplome de las economías del Este y la compra de presos políticos, como de la frustración con Mitterrand y la inopinada comprensión de Felipe González con la unidad de Alemania. «Mantengo la opinión de que la reunificación de Alemania tuvo lugar sobre la base de distintos procesos paralelos y convergentes». Naturalmente, los polacos fueron los primeros. El proceso de liberalización «que forzaron, con gran sufrimiento desde los años 80, fue decisivo».

Al igual que Hungría, cuyo camino de apertura, también desde mediados de los 80, «seguíamos muy de cerca en la RFA». Y en el verano de 1989, «ellos quitaron la primera piedra del Muro», al cortar el Telón de Acero en Sopron y dejar pasar a los refugiados alemanes a Austria. Pero «sin las reformas de Gorbachov, sin el carpetazo a la doctrina de intervención de Brezhnev y la introducción de una política de no injerencia, no habría sido posible cambio alguno». Gorbachov lo cumplió ante la apertura en Polonia y en Hungría, y «eso nos dio esperanzas». Pocos saben tan de primera mano «porqué cambió el Kremlim». Gorbachov «me ha reconocido que fueron dos cuestiones de seguridad» las que determinaron la carrera entre las potencias: la nueva Iniciativa de Seguridad y Defensa (SDI) de Reagan, el llamado escudo antimisiles, y el mecanismo de doble decisión en la OTAN.

La URSS reconocía que no podía seguir ese ritmo y arrojaba la toalla como potencia global. «Pero esta derrota no era sólo científica sino financiera y económica», no estaban a la altura, la URSS estaba ya a punto de «griparse» por el esfuerzo, «nada funcionaba». Y «la bancarrota moral del socialismo» acababa de producirse con la millonaria acogida al Papa en Polonia, un número de gente que «el régimen era incapaz no sólo de movilizar sino de controlar». No eran menos los problemas económicos del mercado del Este (CAME), «la deuda que tenían con la RFA, no sólo la RDA... la propia Polonia estaba en quiebra», como le sucedería en 1990 a la URSS. «El embajador soviético le había hecho prometer a Kohl que, llegado el momento, también ayudaría a Moscú». Y mediado 1990, con el proceso de reunificación en curso, llamó a la puerta a recordar la promesa. «Cuando le pregunté que de qué se trataba, su respuesta fue dramática: e_SDLqno tenemos ni carne”». «Tenían graves problemas de aprovisionamiento y, aunque eso en una dictadura es más sostenible, estaban al límite». «Sacamos del presupuesto 240.000 millones de marcos (120 millones de euros) para ayuda en comida, en mayo presidí una conversación secretas entre Moscú y los presidentes del Deutsche y Dresdner Bank para un crédito de 5.000 millones.

Sin él la URSS, una potencia mundial, habría entrado en suspensión de pagos en junio». En el frente más cercano, estaba la huida masiva de ciudadanos de la República Democrática Alemana: «No sólo la economía estaba en cueros, la despoblación era una amenaza real». Sólo muy tardíamente, con la visita de Gorbachov a Honecker en aquel otoño de 1989, comenzaron realmente los ciudadanos a atreverse a manifestarse: «Y para nosotros fue determinante observar cómo los agentes de policía evitaban paulatinamente reprimir aquellas manifestaciones». Pero los tratos con aquel sistema represor de la RDA «no eran fáciles, teníamos delante a las autoridades de un régimen que te forzaban a negociar con el bienestar de su gente, que compraban y vendían presos y disidentes a cambio de créditos, e igual con cada paso en la apertura. Las reformas, para ellos era un bazar». Pero ¿sintieron ustedes que compraban su reunificación con créditos y ayudas encubiertas? «Los créditos a Polonia, a la RDA, luego a la URSS, fueron cursados por bancos. Lo único que hizo el gobierno fue garantizarlos».

Naturalmente muchos eran créditos a la inversión que interesaban y repercutirían luego en Alemania. El hecho es que la Alemania Occidental sí financió a fondo perdido la marcha de las tropas soviéticas, el desmontaje y retorno de cientos de miles de efectivos que el Pacto de Varsovia tenía desplegados: «Pagamos todo, hasta cursos de reciclaje y ayudas para reinstalarse». «Un precio ridículo» Pero contra lo supuesto, Teltschik asegura que Bonn no «compró» el célebre corte del telón en Hungría: «No les dimos ni un crédito; bastó con la promesa de que acudiríamos en su ayuda en caso de sanciones, embargo energético o de suministro», por parte de sus ex-amigos del bloque del Este. ¿La cifra total aproximada que desembolsó Kohl? Entre 20.000 y 25.000 millones. «pero comparado con lo que políticamente obtuvo la nueva Alemania es un precio ridículo». Como autor de la estrategia y de un famoso plan de diez puntos para la relación entre las dos Alemanias, Teltschik es considerado uno de los padres de la reunificación. «Había caído el Muro, sí, pero teníamos que definir adónde queríamos que condujera aquello y desarrollar una estrategia para lograrlo». Diseñaron un proceso en diez escalones, sin plazos de tiempo, y no con un objetivo confederal, «sino de una federación, que es lo que tenemos».

Los primeros puntos fueron aceptados de inmediato por el gobierno de la RDA, pues «el objetivo inicial era reducir toda posibilidad de roce con Berlín o Moscú. Proponíamos una comunidad de Estados, fuese esto lo quiera que fuese». Por otro lado Teltschick introdujo la fórmula de «estructuras confederativas» evitando conscientemente hablar de «confederación» ¿Por qué? «Porque el objetivo de una confederación es un nuevo statu quo, mientras que las «estructuras confederativas» era un proceso en marcha... que podía abocar a la federación alemana». Salío demasiado bien, ¿nunca hubo un paso atrás, un plan B? «Son rumores. El canciller no tuvo nunca otro objetivo que la unidad alemana» y lo había demostrado ya en los años 70 y 80, en cada encuentro con las autoridades soviéticas. «Nunca recibió la respuesta de que se olvidara de la cuestión alemana o que fuera ya asunto de la historia, sino simplemente: Señor Kohl, éste no es un tema en la agenda de hoy». Teltschik asegura que «nunca las autoridades soviéticas dieron como definitiva la situación de las dos Alemanias».

De hecho, fue un bragado periodista soviético el que planteó inopinadamente al canciller Kohl, en noviembre de 1989, una pregunta que posiblemente le llegaba a él por algún conducto del Kremlin. «Para nuestra total sorpresa, preguntó al canciller sobre si podía imaginar «una futura confederación de las dos Alemanias» o una unión similar... Vimos entonces que si los rusos habían empezado a plantearse la posibilidad, quería decir que era posible, que algo se había puesto en movimiento, y que ya íbamos con retraso». Miedo al caos Pero el asesor de Kohl insiste en que los primeros planes «no fueron para la reunificación sino para la estabilización de la situación» y en ello, en que nada desembocase en caos, coincidían los preocupados aliados: «El vértigo del cambio, el miedo de un policía, un tiro, podían precipitar una catástrofe». Pero el objetivo estaba improvisado y una estrategia se puso en marcha: «Vamos a apoyar los procesos de liberalización donde se produzcan, en Polonia, en Hungría, más tarde en la URSS. Eso debía tener un reflejo claro en la RDA. Ellos tenían la opción, o iniciaban también los cambios o se aislarían de nosotros y del resto». Las autoridades en pie de la RDA no estuvieron a la altura. Para Kohl fue decisiva la reunión que tuvo con su homólogo en Dresde. «Se dio cuenta de que Modrow no podía guiar los cambios, no sabía ni el alcance de los problemas ni su solución. Las circunstancias le habían superado». Y en las calles se encontró, probablemente por primera vez, con el pueblo de la RDA: «Y lo aclamaban, le pedían la unificación».

Pero en casa, en la república occidental, las relaciones con la oposición estaban muy cargadas: «El candidato a canciller del SPD, Oskar Lafontaine, se había pronunciado absolutamente en contra de la reunificación». El propio presidente del SPD, Hans Jochen Vogel, le urgió a rectificar pero no quiso. Y una personalidad como Egon Bahr «consideraba que la RDA debía permanecer como predio de seguridad para la URSS». Sólo tres miembros de la ejecutiva socialdemócrata «estuvieron a favor de la unidad alemana. Eso lo dice todo sobre el traspiés histórico del SPD», del que tardaron una década en recuperarse. La caída del Muro y la reunificación habían sido un regalo político para la Unión Democristiana de Kohl. Recuerda Teltschik que «el único socialdemócrata entusiasmado con la posibilidad de recobrar la unidad alemana» fue el ex alcalde de Berlín occidental Willy Brandt, «Kohl tuvo con él una relación muy fluída». El hecho, no obstante, de que la caída del socialismo en el Este tuviese el efecto secundario del resurgimiento de una Alemania que había provocado tres grandes guerras en el siglo de su fundación como estado unificado, produjo diversas reacciones exteriores. Teltschik recuerda dos respaldos plenos, uno lógico y otro sorprendente: «El presidente Bush y su equipo se ofrecieron a apoyarnos en todo y aún hoy mantengo una relación con James Baker. Pero, al margen de las llamadas que hizo Kohl, hubo un jefe de gobierno que llamó espontáneamente: «Era Felipe González, que llamó para ofrecer a Kohl un respaldo sin reservas en su política. Soy testigo de numerosos encuentros posteriores que prueban que Kohl nunca lo ha olvidado». Del presidente francés François Mitterrand sorprendió desagradablemente «su posición crítica inmediata «. «Le gustaba un eje franco-alemán en el que Francia era la fuerte y temía que una Alemania unida dejara de ser un motor de integración en la UE».

Sabiéndolo «pasamos a la ofensiva con una propuesta de progresar hacia una unión política europea, lo que agradó a nuestros colegas franceses». La infancia de Thatcher «Con Thatcher todo era distinto», intenta comprender el veterano político democristiano, «de niña había sufrido los bombardeos alemanes sobre Londres, nunca pudo salir del esquema de que una reunificación de Alemania destruiría la estabilidad del orden europeo de la postguerra y desataría nuevas tensiones. Durante las conversaciones 2+4 (entre las dos Alemanias y las potencias vencedoras) se fue ganando su confianza, especialmente la de Douglas Hurd, su ministro de Exteriores. Pero aún hubo un opositor más furibundo: «El primer ministro holandés Ruud Lübbers, se manifestó tan agresivamente en contra que Kohl no lo ha olvidado hasta hoy y por eso Lübbers no ha sido presidente de la Comisión Europea». «¿Cuál es la lección de este hecho político sin precedentes?», se pregunta Teltschik, cerrando la entrevista: «La reunificación de Alemania fue posible sólo porque éramos miembros de la Comunidad Europea. De otro modo habría sido imposible. Así lo dejaron claro las potencias aliadas; que debíamos serlo y seguir siéndolo. Y así lo creemos también nosotros». Y pensando en la ansiedad del holandés Lübers, comenta una última anécdota: «Años después me preguntó Mijail Gorbachov en un aparte, durante una cena: ¿Y ahora, para qué necesita Alemania a la OTAN?» Teltschik le respondió que no se trataba ya de Alemania, «piense en nuestros vecinos, en Holanda, en Luxemburgo, en Dinamarca, en la República Checa, en Polonia. Ellos pueden vivir con una gran Alemania al lado sólo porque somos parte de la misma alianza. Por eso necesitamos a la OTAN». Reconoce que tantos alemanes hoy no lo creerían pero «muchos de nuestros vecinos nos temen. Por eso estamos en la OTAN».

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