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Hijos de la ira

Los antisistema son un colectivo que reúne a «okupas», antiglobalización anarquistas y simples delincuentes

Día 04/10/2010 - 18.59h
Los altercados provocados por jóvenes antisistema que sucedieron al desalojo de la antigua sede de Banesto en la Plaza Cataluña, en el día de la huelga general, han devuelto al primer plano de la actualidad a este colectivo que demasiado a menudo ha causado destrozos en Cataluña y en especial en la capital catalana. De nuevo, se intenta descifrar quién conforma este tumultuoso colectivo que se resume bajo el adjetivo de antisistema y que en los últimos años se ha hecho fuerte en Barcelona, como admiten los propios responsables de ls seguridad pública: políticos y policías.
AP
Varios antisistema saquean una tienda de Barcelona el día de la huelga general
La batalla campal en pleno centro de la Ciudad Condal —barricadas, contenedores ardiendo, saqueo de tienda, cargas de los Mossos d'esquadra, etc —, se saldó finalmente con 43 detenidos. De ellos, por cierto, sólo dos han recalado en prisión provisional mientras que el resto ya vuelve a campar por sus anchas en libertad con cargos.
De los 43 detenidos, el 40 por ciento eran extranjeros —italianos, rumanos, sudamericanos, etc— y la mitad son de sobras conocidos por los Mossos: tienen antecedentes policiales por disturbios, desórdenes y algún otro delito. La media de edad es de 25 años.
Pero cifras frías al margen, el reatrato de estas hordas que toman la calle a pedradas, arrasan con todo y se enfrentan a los antidisturbios, tiene sus matices. Entre los llamados antisistema, se concitan grupos y movimientos asamblearios de carácter anarquista, anticapitalista, antiglobalización, «okupas», aternativos, «red skins» y, claro está, en algún caso los hay que son todo en uno. Luego, incrustados o consentidos, entre ellos se cuentan jóvenes que sin esforzarse a buscar una coartada ideológica —que si los bancos nos ahogan, que si el capitalismo es el demonio y la especulación su arma— aprovechan toda manifestación, concentración o celebración popular —como las victorias del FC Barcelona— para causar altercados en la ciudad.
Algunos de estos antisistema son extranjeros, y en ocasiones puntuales arriban a Barcelona en masa para armarla. Estos colectivos se sirven de Internet para sus convocatorias, para organizarse, para actuar. Aquí como en el resto del mundo. Con métodos de guerrilla urbana que a menudo condenan a los Mossos a jugar al gato y al ratón con ellos por las calles de la ciudad.
Con todo, cabe señalar que discernir entre una turba es harto díficil. Y arriesgado hacer un análisis sociológico acorde. Sirva como ejemplo que en mayo de 2005, durante la celebración popular en la Rambla de Canaletas de la Champions del Barça, hubo altercados y muchos detenidos y, entre ellos, un hijo del presidente de la Generalitat, José Montilla; fue condenado por dañar dos cabinas de teléfono a pagar una indemnización de 269,53 euros y una multa de 30. No se aceptó la atenuante de «intoxicación etílica» que esgrimió la defensa.
Permisividad
Son muchos y variados, pues, pero: ¿por qué Barcelona siempre está en su mapa? Porque muchos ya están aquí y porque otros recalan atraídos por el efecto llamada. Por la denunciada permisividad —política, policial y judicial— hacia estos movimientos radicales que hay en la capital catalana.
No obstante, la supuesta benevolencia judicial —rota el mes pasado con una sentencia histórica que condenó a tres años de cárcel a dos alborotadores— no alcanza como argumento clave. Porque las leyes son iguales en toda España. Así, las miradas se dirigen a los políticos. Sobre todo al Ayuntamiento que gobierna el PSC con ICV y a la Consejería de Interior que desde 2006 lidera Joan Saura (ICV), cuyo partido defiende las tesis «okupas».
Y es que es en Barcelona donde en dos fiestas mayores de barrio —Sants y Gràcia— se consienten festejos alternativos organizados por los antisistema y en los que, como este pasado verano, se amparan hasta actos proetarras. Y es en la capital catalana donde el movimiento antiglobalización ha logrado dos hitos vergonzantes: cuando se anuló la cumbre del Banco Mundial en 2001, o cuando sucedió lo mismo con la cumbre europea de Vivienda, en 2006, por temor a incidentes.
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