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Argullol, autorretrato infinito

Confesión, memorias, autobiografía, cuentos: Rafael Argullol ha convertido «Visión desde el fondo del mar» en un mestizaje textual y de géneros. Una fascinante telaraña narrativa

Día 30/09/2010 - 19.12h
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El escritor en una imagen de archivo
El texto comienza en el principio, ên arjé, allí donde se originan todos los mitos. En el primero de los 19 libros este inicio genesíaco alude a dos de los más impactantes relatos sobre el origen de nuestra condición: el Génesis bíblico y la explicación científica referida al ADN.
Los dos primeros libros remontan hasta el Génesis. Tras la indagación del origen de nuestra especie, el segundo libro ahonda en el mayor de nuestros enigmas, el que hace tan objetable la aventura humana en el cosmos, marcando su terrible y trágica diferencia específica: la maldad, la crueldad, el atropello de inocentes. Alude a la universalidad de la tortura, del crimen, de la violencia indiscriminada y de la guerra que nunca cesa. Hemos avanzado del jardín del Edén –con sus privilegiados habitantes– hasta el primer homicidio fratricida.
Pero el enfoque del autor no abarca únicamente una gran panorámica sobre la Historia del mundo. El texto sabe descender de ese Yo cósmico, que halla su expresión en el Mito, hasta el sujeto de la experiencia, el personaje que oficia como Único en todo este itinerario formativo. Pues de una novela de formación se trata, sólo que en ella el sujeto del itinerario es, también, objeto de la narración. Ambos remiten a un Único con nombre propio que va avanzando en sus años de aprendizaje y andanzas.
Esa aspiración formativa a la condición plenamente humana parece obligar al relato a la forma autobiográfica: pintura del yo, pero con el soporte de la trayectoria de vida del protagonista. Este es sujeto de narración y objeto narrado; a la vez, yo carnal reconocible en sus fechas y encuentros –en sus períodos y edades de la vida– y también yo-ficción que despunta aquí y allá, urdiendo una fascinante telaraña narrativa que parece evocar el enrevesado arabesco de Las mil y una noches.
Apuesta audaz
Al final de la aventura textual espera también la celebración de esa fiesta de los sentidos urdida en clave narrativa. El periplo ha evitado la amenaza de una sentencia hostil que produjera el derrumbamiento de la audaz apuesta por ese rascacielos textual de 1.200 y pico páginas.
La narración se desmenuza en 19 trazos panorámicos, partes orgánicas del relato. Sigue una progresión bien ordenada, magníficamente orquestada. Del Génesis traspasa al Éxodo, de éste a los libros históricos, que aquí son peripecias viajeras, imprevistos encuentros, recuerdos de infancia y adolescencia. El texto zigzaguea en el modo del Merodeador, pero siempre desde el explícito soporte de un yo empírico que remite a un nombre propio, el del autor. En ningún momento –salvo advertencia– ese sujeto con nombre y apellido llega a omitirse.
Se impone en esta experiencia de escritura ese mestizaje textual que desafía a quienes quieren obligar a que sólo quepa una opción con orejeras respecto a lo que significa confesión, memoria, autobiografía. El texto de Argullol puede convocar, en la celebración final con que se cierra, un refrescante brindis en favor de la heterodoxia memorialista.
De puerto en puerto
El lector debe lanzarse sin flotador al océano. La embarcación siempre bordea la tormenta, pero salva la travesía recalando en todos los puertos de océanos, mares, lagos, ríos. Se trata de una vuelta al mundo, como la de Magallanes y Elcano o la de Phileas Fogg.
Esta gran travesía es oceánica y fluvial, pero también terrestre y aérea. Va recalando en los lugares más diversos, en Benarés, en Lima, en Natal (Brasil), en Petra la siríaca, en Moscú, en Pekín, en Camboya, en Singapur, en Ruanda-Burundi, en la kasba de Argel. Alterna la travesía al estilo de Simbad o Ulises con la épica industrial de la Union Pacific o del Rossia transiberiano.
Argullol hace aquí su infinito autorretrato. Sostiene y soporta a un yo de ficción que sólo se desparrama en breves cuentos que mantienen en vilo la atención del lector. Éste –el lector– es siempre un sultán hipócrita y tirano, dispuesto a sumarísimas ejecuciones, como en la leyenda de Sherezade; pero es también un semejante, un hermano.
Rafael Argullol nos cuenta en esta infinita textura sus pasiones, sus amores, sus tribulaciones, correrías, enfermedades, ilusiones, revoluciones, desencantos. Todo se va desgranando en una concatenación bien punteada de descensos en los hondones de la memoria –infancia, colegio, Primera Comunión– o en correrías policiales en la época universitaria (con terribles días pasados en comisaría, en tiempos previos a la Transición).
El libro cobra máxima solvencia en las últimas partes, para mi gusto las mejores, las más maduras, las más verdaderas. Allí aparece un segundo personaje que se dibuja al fin como lo que en el texto se echaba a faltar: un verdadero interlocutor personal al yo a veces demasiado invasor del sujeto que narra. Hasta habría sido deseable que ese personaje incoado se hubiese convertido en auténtica figura de ficción.
En realidad, el relato se halla situado en la frontera entre lo vivido (recreado por la memoria) y el despunte de fábulas morales que cada chispazo del recuerdo provoca. Confrontado con su modelo bíblico, el texto de Argullol podría quedar registrado como libro sapiencial. Libro plagado de máximas y aforismos, de proverbios y sentencias, parece rememorar el Eclesiastés, el Eclesiástico, el Libro de la Sabiduría, los Proverbios.
Asombra la excelente organización de un texto que podría haberse descompuesto (dada su longitud) en momentos en que, obviamente, podría flaquear la intensidad de la narración o de lo narrado. Hay, desde luego, algunas carencias que no pueden pasarse por alto: un contrapunto humorístico aligeraría el estilo de «ópera seria» del texto; falta también una incursión en eso que Ortega y Gasset llama «la maravilla de la hora sin leyenda». Falta quizás la épica de la escasez e insolvencia (allí donde Flaubert fue maestro).
Hilo de fuego
El libro alcanza gran madurez y verdad al acercarse al final: cuando aparece, en silencio, pero también con plena presencia y prestancia, un segundo personaje, una mujer de carne y hueso que ya no es el distanciado personaje de un fantasma rescatado de la memoria. Se llama Russalka, como en la ópera de Dvorak. Una mujer en la que se desvela el hilo de fuego que une a Serbia con la Gran Madre Rusia. Rusia va ganando terreno en el imaginario aventurero de Argullol a medida que el relato se encamina hacia el final.
Estamos ante un gran libro que precisa, eso sí, un buen lector. En una de sus tres o cuatro autorreflexiones en medio del texto con las que Argullol pretende espantar el vértigo de la desmesura de su proyecto, confiesa que no está construyendo, en clave literaria, una Babel renovada (en rascacielos) que desafíe los cielos. No, no es un rascacielos. Es una casa textual, su casa, allí donde quiere habitar: la casa literaria que hubiera deseado gozar como lector.
Está recreando y reconstruyendo su verdadera casa, casa del alma, como aquella entrañable casa del alma que Pedro Azara, en una memorable exposición, ofreció hace unos años. Aquí la casa no es una construcción arquitectónica ni una cobertura sepulcral. Es una envoltura textual de páginas y más páginas que van revistiendo al personaje. Éste al final se disuelve en texto, en escritura.
Argullol ha construido la casa de su alma en plena actividad, aunque él mismo confiesa en este libro que no habrá segundas partes: «Una vez y no más», ya que el experimento es, por lo desmesurado, irrepetible. Espero y deseo que este libro tan singular inicie ahora la mejor de las singladuras.

«Visión desde el fondo del mar»

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