NO nos dejemos confundir por estereotipos. La clásica manta que desde tiempos inmemoriales nos sirve a los masai para refugiarnos del frío invierno es originaria de Escocia, buena parte de nosotros ya utiliza teléfono móvil —aunque todavía no lo entiendo demasiado bien— y los leones que estamos destinados a matar antes de ser circuncidados, están desapareciendo de la sabana keniana a pasos agigantados. Pero si hay una costumbre en mi tribu que todavía permanece ajena al paso del tiempo, esa es el baile. Desde hace seis años, amenizo fiestas populares y contribuyo a exportar nuestra cultura, con un grupo de danza formado junto a otros diez miembros de mi comunidad.
Es cierto que no sé leer ni escribir y que —al margen de la lengua masai—, tan sólo soy capaz de comunicarme en suahili. Pero mi verdadero lenguaje es el baile y con él me basto y sobro para expresar todo aquello que quiero.
Aunque a veces no sea fácil. Las mañanas son frías, y animales como jirafas, elefantes o cebras suelen frustrar nuestros espacios de entrenamiento. Hace tan sólo unos meses, un guepardo provocó ciertas deserciones en la tropa. No le culpo, era su territorio ancestral y nosotros solo estábamos de paso. Pero el incidente no nos desanimó. Porque el baile es una forma de vida. Un sentimiento al que, como a la tierra, no se le pueden poner barreras y dejar marginado en la mente.
Por ello, cada mañana practico para ser mejor. Para demostrar que, con cada movimiento, con cada salto, me encuentro más cercano del cielo y las estrellas que fueron nuestro origen. Sin embargo, y pese a lo que pueda parecer, mi historia no es trágica, ni está plagada de penurias. Hago lo que quiero, mientras me divierto. Quizá sea un afortunado, porque siempre supe aliviar las penas con el baile. No en vano, los ecos de nuestro éxito ya comienzan a extenderse en el valle del Rift, e incluso otras comunidades nos han pedido asesoramiento para comenzar nuevos grupos de danza.
Aunque tampoco es que quedemos demasiados masai en Kenia. Pese a la fama que tiene nuestro pueblo, tan solo formamos parte del uno por cierto de todos los habitantes que tiene el país. Eso sí, cada uno de nosotros luchará por extender nuestro legado a las generaciones del futuro. Siempre danzando y siempre con la mirada atenta a cada uno de nuestros pasos.
Y todo ello, sin recibir ni un chelín por cada uno de estos latigazos festivos. Es cierto. No pido dinero. Me basta con el aplauso y la sonrisa de la gente. ¿Para qué más? El baile es nuestro don, es aquello que nos convierte en especiales, y qué mejor que compartirlo con nuestros semejantes.
Porque como lo fue mi padre, solo soy un pastor de cabras keniano. Esta es la única forma de vida que conozco y que a buen seguro conoceré. Y seguiré bailando para que esto no cambie.









