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Rajoy, en Melilla

Esparcir dudas sobre la «oportunidad» de la visita de Rajoy a Melilla equivale a interiorizar la estrategia de Marruecos sobre la falta de legitimación española de Ceuta y Melilla

Día 17/09/2010
LA reacción del Gobierno marroquí a la visita del líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, a la ciudad autónoma de Melilla demuestra que el país vecino sigue instalado en una política de demagogia nacionalista que aprovecha cualquier ocasión para exhibirse. Por supuesto, calificar como «provocación» la presencia de Rajoy en Melilla, como ha hecho el primer ministro marroquí, es una burda intromisión en los asuntos internos españoles. Tan burda que sería incluso risible si no fuera porque, tras los incidentes en la frontera de hace unas semanas, el Gobierno de Rodríguez Zapatero dio por zanjados los problemas con Marruecos. Entonces, el Ejecutivo marroquí acogió con satisfacción la visita de Pérez Rubalcaba a Rabat. Ahora, se atreve a descalificar la que hizo ayer Rajoy a Melilla. Mal ha solventado el Gobierno socialista las tensiones de los últimos meses si, a la primera de cambio, el régimen marroquí vuelve a las andadas con una crítica tan desmedida y absurda como la que ha dirigido contra Rajoy. Es innecesario insistir en el derecho que tiene Rajoy a viajar a Melilla y a cualquier otro punto de España, cuando le venga en gana. Esparcir dudas sobre la «oportunidad» de la visita, error en el que incurrió ayer el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, equivale a interiorizar la estrategia de Marruecos sobre la falta de legitimación española de Ceuta y Melilla. Las relaciones con Marruecos no son un problema de oportunidad o de formas. Los convierte en problema la manipulación histórica sobre Ceuta y Melilla desde el lado marroquí para mantener viva una política irredentista.
Por eso, al Gobierno marroquí sólo le satisfacen la sumisión y el silencio ante sus bravuconadas y reivindicaciones territoriales, pero una y otra no son las respuestas que debe dar el Ejecutivo español. Tampoco serían pertinentes reacciones diplomáticas desproporcionadas, porque como bien dijo ayer Rajoy, eludiendo la polémica con la que quería entramparlo el gobierno marroquí, es más lo que une a ambos países que lo que los separa. Y es cierto que la buena relación con Marruecos es estratégica para España por razones económicas y de seguridad, pero no debe convertirse en una especie de chantaje que fuerce al Ejecutivo español a callar o fingir ante los desplantes de nuestro vecino para no perjudicar la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico o la inmigración ilegal. Desde el momento en que el ministro del Interior viajó a Rabat tras los incidentes en la valla de Melilla, el Ejecutivo español dio a Marruecos la condición de víctima que su Gobierno quería. Ahora, con Rajoy ha impostado una nueva ofensa que no ha sido suficientemente desautorizada por el Gobierno español.
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