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Fidel reconoce que «el modelo cubano ya no funciona ni aquí»

Responde así a la pregunta de si su comunismo es exportable a países como Venezuela

Día 09/09/2010
Aunque parezca increíble, Fidel Castro también recula y admite que «el modelo cubano ya no funciona ni para nosotros». Al menos así lo ha reconocido en una reciente entrevista a la revista «The Atlantic». El periodista estadounidense Jeffrey Goldberg relató ayer en un blog que, durante las conversaciones que mantuvo con el dictador el pasado agosto a lo largo de tres días, le preguntó si todavía creía que el modelo comunista cubano era exportable.
Como la respuesta del líder de la revolución castrista —que el pasado julio retomó parte de su vida pública y abrazó la cruzada antinuclear— sorprendió al periodista, se la consultó a la especialista en asuntos cubanos Julia Sweig. Analista del «think-tank» Council on Foreign Relations, con sede en Washington, Sweig acompañó a Goldberg en su viaje La Habana. La experta consideró que el mayor de los Castro no rechazaba las ideas de la revolución, sino que lo interpretaba «como un reconocimiento de que en el modelo cubano el Estado tiene un papel demasiado grande en la vida económica del país».
Julia Sweig cree además que Fidel Castro, de 84 años, trata de allanar el terreno a su hermano y actual presidente, Raúl Castro, de 76, para que pueda aplicar las «reformas necesarias frente a lo que seguramente hallará la resistencia de los comunistas ortodoxos dentro del partido». A la cabeza de este inmovilismo se ha situado al propio Fidel Castro, que todavía sigue siendo primer secretario del Partido Comunista Cubano.
Al parecer Castro convocó a Goldberg a Cuba para debatir sobre la posibilidad de un conflicto nuclear entre Israel e Irán, con la participación de Estados Unidos. Durante las conversaciones con el periodista estadounidense judío, el ex jefe de Estado condenó el antisemitismo de su aliado iraní Mahmud Ahmadineyad y le instó a «dejar de difamar a los judíos». Castro también criticó su propia actitud durante la crisis de los misiles de 1962, cuando urgió a la Unión Soviética a lanzar armas nucleares contra Estados Unidos. «No merecía la pena», admitió el dictador cubano al periodista estadounidense.
Rechazan el destierro
En cuanto a los 52 prisioneros de conciencia que el régimen cubano se ha comprometido a «liberar» en cuatro meses para que viajen a España, al menos diez de ellos se niegan a marcharse de Cuba. Desde que Raúl Castro anunció su compromiso a la jerarquía Iglesia católica cubana a finales de junio, 31 disidentes se han trasladado a España. Elizardo Sánchez, portavoz de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, explicó a Efe que esos diez opositores detenidos en la Primavera Negra de 2003 le han comunicado personalmente que se siguen negando a viajar a España.
Son dos caras de la misma moneda y se nota tanto cuando llega el momento de pronunciarse sobre temas tan polémicos como la política migratoria europea, la mezquita de la Zona Cero o la prohibición del burka en nuestras calles.
Somos una sociedad orgullosa de sus valores democráticos, en la que da igual a que Dios rezas o si no rezas a ninguno, indiferente al origen racial y los tintes étnicos, en la que el último llegado tiene los mismos derechos que el primero y el Estado benefactor protege a todos por igual.
Pero a la vez, y eso se olvida a menudo, nos sentimos parte de una civilización sofisticada, que hunde sus raíces en la herencia cristiana y se rige por normas jurídicas que se remontan al Derecho Romano. Y esas dos facetas —la constitucional y la cultural— de lo que entendemos por Occidente, están en permanente tensión.
Si se pone el énfasis en la primera, permitir la construcción de una mezquita en el corazón herido de Nueva York aparecerá como prueba evidente de que somos coherentes con principios como la libertad de culto. Si se parte de la segunda y aunque nadie niegue el derecho de los musulmanes a levantar un templo donde quieran, el proyecto resulta una afrenta para las víctimas del terrorismo de Al Qaida, asesinadas por fanáticos islámicos que invocaban el mismo Alá que otros quieren ahora venerar.
Lo mismo es aplicable a esa cárcel de tela que es el burka. Todo ciudadano de una sociedad democrática como la nuestra se puede vestir como le venga en gana, pero no todas las civilizaciones son iguales ni todas las costumbres y tradiciones son respetables. No se puede tolerar entre nosotros a los intolerantes. No me parece ni xenófoba ni retrógrada la decisión de Sarkozy de expulsar de Francia a quienes se niegan a asimilarse o vulneran de modo flagrante las leyes galas.
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