Madrid

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Un menor de 16 años, obligado a prostituirse durante tres semanas

La red brasileña tenía colgadas sus fotos en una web de contactos. Hay cinco detenidos

Día 08/09/2010
Tenían tres casas de citas en el centro de Madrid en las que vivían entre 8 y 10 jóvenes de 18 a 26 años a los que obligaban a ejercer la prostitución. Uno de ellos era un menor de 16 años que llevaba tres semanas en el piso —con documentación falsa, en la que figuraba como mayor de edad—, realizando servicios sexuales para la organización. Sus fotografías estaban colgadas en una web de contactos que ha sido clausurada.
La Policía Nacional ha detenido en Madrid a cinco miembros de la primera red de explotación sexual masculina desarticulada en España hace justo una semana. Entonces se detuvo a 14 de sus miembros, que habían explotado a 60 compatriotas en ciudades como Palma de Mallorca, Barcelona, Alicante, León y Madrid.
En la capital madrileña, la Policía ha detenido a otros cinco integrantes y ha desmantelado los tres pisos-prostíbulos citados. Las viviendas estaban en la calle de Toledo y en San Bernardo. Las habitaciones «submarino» que albergaban hasta a seis jóvenes, tenían las «camas muy calientes» ya que apenas permanecían vacías, según explicó uno de los responsables de la operación desarrollada por la Unidad Contra las Redes de Inmigración y Falsedad (UCRIF).
En Madrid, el número de hombres explotados se sitúa entre 25 y 30. Todos debían estar disponibles las 24 horas y para que aguantaran el tirón les suministraban cócteles explosivos de drogas.
Los proxenetas brasileños mantenían muy poco tiempo a sus víctimas en un mismo lugar —21 días o un mes máximo—, con el fin de que no «quemarlos» y que no pudieran establecer relaciones con la clientela. Es el caso del menor hallado en una de las casas de citas, que había aterrizado en nuestro país tres meses antes. En las rotaciones cambiaban a las víctimas a otros pisos o ciudades, algo que, en el caso del menor, no se ha podido aún determinar, dado que los ahora arrestados se deshicieron de documentación a raíz de las primeras detenciones. Los chaperos llegaban a España como turistas, por lo que, en algunos casos, a los tres meses retornaban. Ese tiempo era más que suficiente para lucrarse a su costa.
Atrapados y amenazados
La red se ofrecía a pagarles el billete de vuelta, lo que contribuía a engordar aún más la deuda contraída. El negocio para los proxenetas era redondo. Los captaban en localidades pequeñas en donde la homosexualidad está muy mal vista. Unos sabían que venían aquí para ser chaperos, aunque ignoraban las duras condiciones de trabajo y vida, caracterizada por la semiesclavitud y el hacinamiento; y a otros les prometían falsos trabajos como modelos o bailarines.
Enseguida comprobaban cómo el precio del billete y la bolsa de viaje, que debían devolver a la organización, se traducía en 4.000 euros, a los que cabía sumar 200 euros por cabeza en concepto de manutención —cama, comida, gastos generales— y la mitad del dinero de cada servicio que prestaban: 60 euros por media hora. La trampa era total. En su lugar de origen los miembros de la red les amenazaban, no solo a ellos, sino a sus familias. «El miedo les hacía volver para saldar una deuda imposible de ser saldada».
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