El cine de Álex de la Iglesia casi se podría explicar con una imagen, la de una película rodando desbocada cuesta abajo y el director corriendo como un loco detrás de ella. No sé si será una sensación compartida, pero cuando una película de Álex de la Iglesia toma velocidad (cosa que siempre ocurre), es como si le diera un ultimátum al espectador: o te subes o ahí te quedas... Ayer, en la sección oficial de la Mostra y en competición por el León de Oro, «Balada triste de trompeta», tal vez la película más veloz y encabritada que ha hecho este director, se puso a rodar con tal brío que ya en los títulos de crédito, impresionantes, de una elocuencia estremecedora, se dejó sin duda a media sala (la no española, al menos) papando moscas: es solo un piscolabis entre sentimental y casposo de lo que será todo un festín conmovedor, patético, grotesco y realmente explosivo del ADN español postguerracivilero, la fábula de las dos Españas, ese circo de dos pistas, esa tragicómica payasada, esos dos muñecos goyescos con estaca...
El argumento se revienta y reinventa a sí mismo con cada secuencia: una historia que comienza, como todas, durante la Guerra Civil, y que termina como una de Hitchcock con tifoideas. El enfrentamiento entre el pasayo listo y el payaso tonto es una metáfora gruesa, pero encierra otras más finas, mejor tamizadas, como el mismo brutal pulso interpretativo entre los dos actores que los interpretan, Carlos Areces y Antonio de la Torre, geniales, absurdos, disparatados, paradójicos, imposibles de seguir por alguien al que no le suden levemente las patillas de las gafas al oír una cancion de Raphael.
La rivalidad, el combate, no es solo el de las Españas o el de dos actores, sino que el más sangriento en «Balada triste de trompeta» es el que tienen entre sí los dos brazos de la película, el trágico y el cómico. Como comedia, es sencillamente escacharrante, desordenada, agresiva, irracional..., y como tragedia, también... Hay escenas, muchas,
que tienen el mismo sentido que una cornada en el muslo y momentos en los que hay que despeñarse para caer de nuevo dentro de la filigrana de la historia: dos payasos matándose por el amor de una equilibrista.
Al repaso tragicómico sentimental a la historia le echa Álex de la Iglesia los granos de pimienta del «archivo», la memoria vista con los cuellos de pico y una saludable falta de respeto, del mismo modo que a los «mitos», desde el Lute al Generalísimo, y solo se entrega con seriedad calculada a un homenaje ausente de pompa y pretensiones al cine español; bueno, no, al cine. Tal vez no consiga el director el propósito de su película y medio mundo continúe pegándose con el otro medio aun sabiendo que el juguete acabara roto en el suelo; pero la aparatosidad y el estrépito de su puesta en escena le ha tenido que tocar más de una tecla a ese pianoforte desafinado que es Tarantino.



