Alex de la Iglesia ha terminado su última película, «Balada triste de trompeta», con el agua al cuello, hace solo una semana, justo para llevarla a la Mostra. Le queda algo de nerviosismo acumulado mientras busca un cigarrillo por el jardín del Excelsior. Pero al fin lo consigue y se sienta más relajado en un rincón tranquilo.
—En su blog se ha desahogado, pero también ha dicho que es su mejor película, la más sincera.
—Corroboro. Sí, porque creo que mi trabajo es contar las historias desde mi punto de vista y muchas veces piensas en que tienes que conseguir atrapar al espectador, que es tu deber, y en este caso he intentado contar la historia lo más sincera posible. En ese sentido es una película muy personal. Es muy visceral porque he disfrutado de una libertad creativa total. A la vez he sufrido un montón, porque ha sido muy complicada.
—¿De pequeño le llevaban al circo?
—Recuerdo que la primera vez que me llevó mi padre ya me pareció un espectáculo extraño. Anunciaban el caballo de «Furia», un programa de televisión en el que había un niño que decía «¡Qué bueno que viniste Piwi!», eso no lo olvidaré nunca. Pero el caso es que no era el caballo de «Furia», evidentemente, y le dije a mi padre: «Este no es el caballo de “Furia”, ¿verdad papá?». «No, no lo es», me dijo y ya entonces me pareció como una farsa extraña.
—Es una película muy personal, pero ¿quería también hacer una película sobre España, como país?
—Comienza así, como un Nodo, y los títulos de crédito son una especie de biblia alucinógena del pasado.
—Un museo del horror.
—Sí, entre personajes ficticios, queridos y odiados, mis monstruos.
—¿Y qué piensa de España?
«Lo que pienso de España lo cuento en la película»
—¿Cree que España sigue siendo, en el fondo, igual de bárbara bajo un caparazón de modernidad?
—Como dice la canción, todos tenemos un pasado que murió, pero que quizá no ha sido convenientemente enterrado.
—¿Cómo cree que verán la película los más jóvenes, que no vivieron esos años y a lo mejor todo les suena a chino, o el público extranjero?
—Pues precisamente son los que mejor la van a ver, desde fuera, como yo lo veía de pequeño. Yo no entendía nada. De pronto había una explosión y un coche salía por los aires, en la calle había manifestaciones y veía a la Policía corriendo todos los días desde la ventana de mi casa. Una situación prebélica incomprensible. con una violencia soterrada y continua. Participo mucho del sentimiento del protagonista de no haberme sentido nunca niño. A los cuatro años eras consciente de que hay problemas más importantes que jugar. Te marca no haber visto las cosas con inocencia, tras un filtro de desgracia.
—¿También ha marcado a España?
«Deberíamos desprendernos de un pasado que nos obsesiona»
—¿En qué momento, como artista, te has sentido parte de una tradición común, de la España negra, de Goya, de Buñuel,...?
—Pues no es algo voluntario. Es algo con lo que te encuentras. De pronto te ves atraído por una serie de temas. Yo soy un poco cura y...
—Sí, va de negro.
—Sí, visto como un cura, estudié en los jesuitas, la religión para mí es algo muy presente en mi vida, y creo que me encuentro bastante cercano, por tendencias, a un tipo de tragedia grotesca que me enloquece y me divierte, y a la vez me angustia. La película también es una extraña reivindicación del espíritu cinematográfico patrio. Tiene mucho de Pedro Olea, de Mario Camus, de «Furtivos». También de «La cabina», que es probablemente la película española de más alto contenido político.
—Saca a Franco.
—Sí, y es un personaje positivo en la ficción, casi bonachón, lo cual le hace todavía más cruel. Presentarlo de modo negativo era demasiado obvio. —Decía que la religión está muy presente en su vida. ¿De qué modo?
—Buñuel decía que era un ateo que no paraba de pensar en Dios. En ese sentido soy bastante unamuniano, tengo un sentimiento trágico de la vida. Unamuno es un pensador que me resulta muy atractivo.
—En la peli sale ETA. Es la primera vez que aparece tan directamente en su cine, y además le dedica un chiste, una frase ácida. ¿Tenía ganas de tocar ese tema?
—No, creo que ha estado presente desde el principio, desde «Acción mutante» el terrorismo ha estado ahí, desde un punto de vista exterior, si quieres, cínico. Precisamente por eso, por ser un espectáculo que me rodea y que me angustia. Recuerdo que eso siempre ha estado presente en mi vida, y me imagino que en todos los que hemos vivido en Bilbao o en el País Vasco. La sensación esa de espectáculo grotesco que no entiendo, y que me angustia, y que me pertenece por otro lado, porque forma parte de mi vida, pues ha estado ahí.



