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El estrecho círculo familiar

El Bolshoi de Moscú pone en escena «Eugenio Oneguin», un soplo de aire frío para abrir la temporada del Teatro Real

Día 08/09/2010 - 12.12h
Un soplo de aire frío se ha colado en el Teatro Real coincidiendo con la inauguración de la nueva temporada. Lo ha traído el Teatro Bolshoi de Moscú que en «representaciones extraordinarias» (según el programa de mano) pone en escena «Eugenio Oneguin», la ópera de Chaikovski a partir de Pushkin.
Y siendo el aire frío, no es nuevo pues con los intérpretes viene la producción de Dmitri Tcherniakov estrenada en 2006, y muy rodada por distintos escenarios en los que ha concitado opiniones diversas. En esto cada uno es como es. Nuestro público, por ejemplo, pese a la mala prensa que le acompaña a veces, tiene ya una cierta educación después de años de rodaje operístico en el Real. Se explica así que se proteja de las bajas temperaturas y que frunza el ceño cuando le presentan algo que tiene mucho de convencional en la realización y suficiente en las ideas. La cortedad en los aplausos y los abucheos que se escucharon anoche en el estreno hay que asociarlos a estas ideas.
Dicho lo cual conviene describir que el escenario en el que se mueve Tcherniakov es un espacio que encaja con dificultad en Madrid. Lo sugiere lo mucho que hay que aforarlo y lo lejos que se sitúa de la boca del escenario. Con todo, el rodaje previo de la producción ha hecho que llegue muy engrasada con detalles escénicos de buen teatro, apoyados en una cuidada iluminación, y también en soluciones discutibles. Entre ellas, la mesa omnipresente u otras cuestiones de carácter que, en una ópera de estereotipos y ante una escena de apariencia tan realista, fuerzan al anacronismo. De las soluciones más llamativas cabe recordar la escena de la carta reconvertida en gran escena de la locura, el duelo reducido a pelea cuerpo a cuerpo, o el perfil de algún personaje como el poeta Lenski que aparece en escena con aire excesivamente tontorrón.
Y mientras eso se ve, el Bolshoi presenta a una orquesta que ofrece muchos momentos de gran música a través de una realización instrumentalmente minuciosa. La dirige Dmitri Jurowski que se convierte en la gran revelación del espectáculo, y de quien, apurando, podría matizarse que hace primar lo bonito a lo intenso.
Entre lo mejor, desde luego, la primera parte del espectáculo, en la que se unen los dos primeros actos y Jurowski mantiene la orquesta en un cuidadísimo segundo plano para alegría de los cantantes a los que la producción obliga a deambular en lejanía.
Poco a poco todo se torna más natural y, como en botica, en el primer reparto se escuchan voces muy distintas, desde la ajada del príncipe Gremin que canta Anatolij Kotscherga, hasta la interesante propuesta que hace Tatiana Monogarova, quien presenta a la protagonista a través de un melodismo muy acabado e incluso cautivador. Merece la pena señalar también a Alexey Dolgov, aunque su Lenski sea irregular, muy especialmente en su aria, y a Mariusz Kwiecien quien encarna a Oneguin con autoridad, buena voz, en el arranque un punto estrangulada en el registro superior, pero con muchos destellos de calidad para un ambiente que a duras penas se templa. El estreno de la temporada contó con la presencia de la Reina Sofía.

«Eugenio Oneguin»

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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