El libro de Pilar Adón es una caja. Pero no una vulgar caja de cartón o una de Ikea desmontable o una anticuada y medio rota. No. Su caja asusta, su caja hace aparecer y desaparecer la llave. A veces estamos dentro de esa caja y no sabemos salir, otras estamos hipnotizados desde fuera sin lograr entrar.
Así son sus relatos, misterios, escenas atrapadas en el tiempo y en el espacio en las que nos sitúa y nos abandona a nuestra suerte, como en medio de un escenario teatral. Y una vez allí a ver qué pasa, cómo entender la maquinaria que abre y cierra las emociones, cómo entender el mecanismo de la bailarina tumbada en la caja que nos mira en plena oscuridad siempre a punto de hacer algo, no se sabe si bueno o malo.
Y nos perdemos intranquilos entre esa fina filigrana que va tejiendo a nuestro alrededor Pilar Adón como una diminuta araña que no hace ruido. Y cuando queremos darnos cuenta ya no nos podemos mover y estamos en ese universo particular, fuera de este mundo y de este tiempo, dentro de aquella caja. Somos diminutos.
Sin misericordia
Sus personajes luchan por ser uno, uno de verdad, y no brindan misericordia al lector que los observa; no hay una mano que nos lleve y nos explique con paciencia, ni ternura que nos brinde un final blando o florido. Aquí hay bocados de todos los sabores, amargos y dulces, pero predominan aquellos que no sabríamos definir porque son un sabor nuevo, desconocido, que a veces nos hace cerrar los ojos de placer, otras no sabemos si nos gusta o lo aborrecemos.
Y ahí radica el acierto de sus relatos. No hay línea que nos lleve a un lugar común, sino un universo que se nos dibuja poco a poco, relato a relato, hasta estar profundamente entorpecidos, comulgando, teniendo la sensación de que cada personaje nos quiere decir algo y jamás llegamos a saber del todo qué es y quién es y por qué parece querer llevarnos hasta el fondo de nosotros.
Sus relatos son como poemas, son formas viscerales y oníricas
Quedan en el aire las ideas, flotando alrededor, forzándonos a zambullirnos, porque sus relatos son como poemas, son formas viscerales y oníricas de traernos sus miedos más innombrables, sus habitaciones cerradas, sus paredes y sus incomunicaciones. La poesía de sus relatos bulle y nos sumerge. Y es tan fácil como doloroso dejarse llevar por ella.




