Poco queda, dicen desde su sala de máquinas, de los episodios vividos en el anteayer baloncestístico, como los que llevaron al gran Zeljko Obradovic a reconocer que en su vida había visto «jugadores y personas tan egoístas. Se odian y son incapaces de mirarse a la cara». Lo dijo tras uno de los fracasos más estrepitosos de los balcánicos, cuando naufragaron en su propio Eurobasket dejando a sus seguidores con 19.000 entradas inútilmente vendidas para la final de Belgrado entre equipos ajenos a la casa. Las salidas nocturnas, los excesos de que hicieron gala una generación de increíbles jugadores y, dicen, mediocres personas, las peleas reconocidas en público, como el combate Jaric «versus» Rakocevic, las declaraciones de Milicic contra los árbitros en el Europeo de Madrid... Serbia tocaba fondo.
Por fin, su federación reclutó a un técnico de consenso por el que cualquier balcánico con un mínimo de juicio siente veneración. El maestro Dusan Ivkovic pidió libertad total para ejecutar, para hacer rodar cabezas. Se le ofrecieron muchas estrellas con ingratitud en su pedigrí y las rechazó de plano. Tenía sus motivos. Quería montar un grupo tocado por la esperanza, y esta joven selección va por el buen camino.
Batalla campal
No obstante, los jovencitos desconocidos que en el Eurobasket de 2009 sorprendieran y ganaran a España en el primer partido del grupo, y después cayeran en la final contra igual rival, ya no son tal grupo de inocentes criaturas. El amistoso contra Grecia previo al Mundial dejó constancia de lo que los serbios pueden llegar a hacer. La batalla dialéctica iniciada entre Teodosic y el heleno Fotsis, acabó por convertirse en una guerra en la cancha, con sillas volando por cortesía de Krstic y con agresiones varias por doquier.
Oído cocina, que serbia presume de buenos dientes.





