Se le acabó el reposo de la guerrera en cuanto se supo que la coreana Oh Eun-Sun no coronó el Kangchenjunga y que, por tanto, es usted la primera mujer que ha hollado la cima de las catorce montañas más altas del mundo.
-Me enteré cuando estaba terminando un veraneo a tope de sol y playa, en Ibiza. ¡Nunca he estado más morena porque necesitaba desconectar!
-¿Qué sintió?
-Fue como un «¡Toma ya!», un empezar fuerte desde el principio, en vez de retomar tranquilamente la planificación de la temporada, de los entrenamientos, de las conferencias... ¡Pero es una gran satisfacción y una motivación más!
-Ha quedado además acreditado que sus sospechas sobre su rival estaban fundadas.
-La gente de mi equipo y yo hablamos de aquellas sospechas cuando estábamos en el Annapurna por lo que nos contaron los sherpas y fuimos bastante criticados y con razón. Yo siempre me he arrepentido de haber hecho aquel comentario, mejor si me hubiera quedado calladita. ¡Hablé más de la cuenta a periodistas amigos! Así que el hecho de que la federación surcoreana piense igual que nosotros me permite recobrar la tranquilidad.
-¿Da cierta rabia que solo ahora, cuando parece confirmado que Miss Oh no llegó a lo más alto, lluevan sobre usted los agasajos?
«El K-2 es el coloso que más me ha marcado»
-¿Cuál de los colosos le ha marcado más?
-Seguramente el K2. Pero no solo por lo que viví allí. Más que porque fuera difícil, tuviera congelaciones y me amputaran dedos de los pies, me marcó por la pelea interna conmigo misma que allí se desencadenó. La de decir: «O sigo subiendo a montañas de ocho mil metros o adiós, y hago una vida más normal». Yo tenía ya treinta y pico años y mis relaciones de pareja iban muy mal, no cuajaba nada, y era normal. Ver a mi hermano y a mis amigas con su vida familiar y sus hijos me llevó a pensar: «La montaña me hace feliz pero me pero me quita otra cosa que también quiero tener».
-Su familia la ayudó a salir de la sima.
-Sí. Mis padres vieron que mis relaciones sentimentales no funcionaban porque quizá anulaban mi personalidad. Ellos me dijeron: «Si tú quieres hacer montaña, sigue adelante, tu vida ya se estructurará. Ten paciencia». Mis amigos también tuvieron un papel fundamental para que superara la crisis.
-Muchos ven estas aventuras de escalada como una pasión inútil y trufada de padecimientos. ¿Qué hay allá arriba que engancha tanto?
«Cuando empecé a escalar, me di cuenta de que no me llenaba irme al parque con las amigas»
-¿Lleva consigo objeto de culto o talismán que la reconforte en las horas agónicas?
-Hombre, no sé si siempre reconforta, pero mi abuela, la madre de mi madre, desde que empecé con los ochomiles me da una estampita cada vez que me voy. ¡Tengo una colección! A las monjas de Tolosa las vuelve locas para conseguirlas. Las guardo absolutamente todas y las llevo todas a las cumbres de los ochomiles. En cada expedición me da una diferente. Me entrega en un sobre la estampita y cien euros.
-¿Tan mal anda la cosa de los patrocinadores?
-Ja ja ja. No. Eso es porque ella tiene guardados tres mil euros para cada nieto que se case y a mí con cada uno de estos viajes me va descontando cien de mi parte porque cree que no me voy a casar.
-¿Y usted le da la razón?
-¡Al menos tengo claro que si algún día ocurre los tres mil euros habrán bajado bastante!


