Tras el fogonazo de Martin Scorsese, volvió la competición de la Mostra a su terreno intrascendente o de impostada y falsa trascendencia. Al primer género pertenecía la monumental película china «Detective Dee and the Mystery of Phantom Flame», de Tsui Kark, y al segundo, el western metafísico «Meek,s Cutoff», de la estadounidense Kelly Reichardt, y el chileno «Post mortem», de Pablo Larrain; también el presentado por Jerzy Skolimowski, «Essential Killing», una especie de «Rambo» al revés sobre un talibán que huye con su traje naranja de «guantanamero» entre los montes de algun lugar gélido del norte de Europa; como es de Skolimovski, el filme es lentorro y aparentemente reflexivo como si quisiera decir algo... El protagonista es Vincent Gallo y no tiene texto alguno que decir... Este actor presenta también hoy una película a competición como director con el ingenioso título de «Promises written in water» (y «en el water» será en el agua, esperemos) , lo cual aprovecharemos para envolverlo todo en la misma hoja en la próxima crónica.
En fin, la más espectacular y aparatosa de la jornada era la película china de Tsui Hark, y también la menos pretenciosa, al menos argumentalmente: un legendario Sherlock Holmes chino ha de resolver unos misteriosos asesinatos durante la coronación de la primera emperatriz china, Wu Zetian... Nuevamente mucho arte marcial, chinos voladores, confusión de nombres, dinastías y mitologías, unos diálogos absolutamente marcianos (atacaeremos con cien mil hombres...) y una puesta en escena que corroboraba esos diálogos, con tropa para aburrir y con unos planos generales (y digitales) de la ciudad con cientos de navios y monumentales edificios y un buda como el Empire State... Al cine chino se le ve que viene sobrado de medios, aunque luego se pueda seguir la trama mientras se lee el periódico o se escucha la radio. Te quita algo de tiempo, y poco más.
La americana «Meek,s Cutoff», en cambio, venía a llevárselo todo: el tiempo, la paciencia, las ideas que supuestamente te iba prestando (al final, te quedas tú sin ninguna)... Es un western contemplativo: una caravana de pioneros y pioneras que van a la búsqueda de El Dorado, a la media hora, o así, se encuentran a un indio, y a la hora y media siguen dándole vueltas al molinillo del indio... Gran fotografía, gran encuadre, grandes silencios y sugerencias..., la falta de agua, la falta de comunicación, la falta de decisiones, la irrupción de la figura femenina en el western... Todo estupendo, pero, francamente, una aparición aunque hubiese sido fugaz de John Wayne por allí tal vez habría arreglado algo la película.
En la chilena «Post Mortem», en cambio, no hubiera cabido John Wayne. Como es chilena, alude a aquellos momentos en que los militares derrocaron a Salvador Allende, y aprovecha que el protagonista (Alfredo Castro) trabaja en una morgue dictando autopsias para presentar y cantar en voz alta la del presidente muerto... Supuestamente es una historia romántica, la de un hombre con varias taras que no se acaban de aclarar y la de su vecina, cabaretera con estilo. Pero, los movimientos argumentales son oscuros y sucios, probablemente para dar fe de la situación y el clima de esos días, y la confusión entre vivos y muertos, entre amantes y enemigos, es completa y le impide a esta historia de amor sórdido ni siquiera apuntarse. Pablo Larrain no logra cuajar ni el momento ideológico, que se solventa con algunos tópicos visuales, ni por supuesto la pasión de su protagonista, sin nada visible dentro y al que se le entiende lo mismo que si hablara arameo.



