OXFORD (GRAN BRETAÑA)
Fue el gran Edward Gibbon quien afirmó en 1776 que la vida de un historiador estaba condenada a ser corta y azarosa. Para un estudioso de la caída del imperio romano, hedonista y curioso, tal apreciación parece ajustada, pues historiar desde el año 180 al 1453 fue una empresa gigantesca, necesitada de un optimismo a toda prueba como el suyo. Pero existen otras posibilidades. Quizás dedicarse a la historia de España es garantía de una vida larga (azarosa, desde luego), como parecen indicar los casos de los británicos Raymond Carr y John H. Elliott, de quien un grupo de discípulos y amigos acaba de celebrar con felicidad y entusiasmo su ochenta cumpleaños, cumplido en junio de este año. Entre los asistentes a una cena seguida de brindis y abundante conversación en Oriel College, de la Universidad de Oxford, se encontraban este sábado algunos de los más importantes historiadores de España y de la América española en la Edad Moderna, que habían viajado desde lejanos lugares para unirse a la celebración.
El grupo más veterano y compacto entre sus discípulos estuvo representado por quienes estudiaron con Elliott en Cambridge en los años sesenta: Geoffrey Parker, Jonathan Israel o Peter Bakewell. Pero también asistieron Xavier Gil, James Amelang, Vicente Lleó o Richard Kagan, que trabajaron con él en los setenta en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, o algunos de los más recientes, como Harald Braun, Dámaso de Lario, Cayetana Álvarez de Toledo, Carlos Alberto Sánchez, Oscar Mazín y Jon Arrieta. La asistencia del catedrático de la Universidad de Sevilla y excelente traductor de sus primeros libros Rafael Sánchez Mantero fue también una demostración de la voluntad de Elliott, desde el comienzo de su carrera académica, de llegar a los grandes públicos de la historia con narrativas cuidadas y deudoras de la mejor literatura.
En una emocionante intervención abundante en datos desconocidos, Elliott improvisó —ficha en mano— una explicación de su biografía como historiador. Nacido en 1930 en plena crisis económica en el seno de un hogar formado por maestros de escuela, fue en sus propias palabras un niño «libresco», solitario y curioso. A los trece años ingresó en Eton y de los años siguientes recordó tanto la pobreza de los libros infantiles y juveniles, como las lecturas formativas de la historia de una Gran Bretaña ya decadente como imperio. A un año de servicio militar siguió el ingreso en Cambridge y en 1950 el viaje de estudios a España que marcó su vida como un deslumbramiento de paisajes y monumentos, «la dignidad y generosidad de las personas en contraste con la atmósfera triste del franquismo». Aquel encuentro, sin duda vinculado con la posibilidad de relacionar la contemporánea decadencia británica y la de la España del siglo XVII, le condujo a la tesis doctoral sobre la «Revuelta de los catalanes» de 1640 y al encargo de escribir el clásico «La España imperial», que le proyectó hacia los públicos de la historia mediante una fórmula narrativa de enorme éxito.
Investigar sin carga
Luego vino Cambridge y desde 1973 el Instituto de Princeton, «donde pude investigar sin la carga de la gestión académica y fui muy feliz junto a mi esposa Oonah». Si aquellos años de madurez produjeron «El conde-duque de Olivares» (1986), otro clásico, el regreso como catedrático regio en 1990 a Oxford fue apenas la antesala del retiro de las aulas en 1997. Y luego, más libros, «Imperios del Mundo Atlántico: Gran Bretaña y España en América» (2006), y más preguntas, además de algunas certezas. Elliott está convencido de haber contribuido a la construcción de una visión de la historia de España abierta e internacional, ajena al esencialismo y la anomalía, una historia de éxitos como la transición democrática, nunca de fracasos obligatorios.
Una vez más, en sus palabras, la historia no nos habla del pasado, sino del futuro.



