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«“El código Da Vinci” es como un paquete de cereales»

Alberto Manguel publica «La ciudad de las palabras», colección de ensayos que apelan a la sabiduría de la literatura para comprender el mundo

Día 08/09/2010 - 12.21h
Imagina un mundo sin ficciones. Un mundo sin Macondo, sin Ulises, sin Romeo y Julieta. Imagina España sin «El Quijote» o Francia sin «Madame Bovary», dos personajes enloquecidos por la literatura, cuya ausencia en nuestra fantasía convertirían la realidad en menos real.
Entender esa implicación con las ficciones y la forma en que moldean nuestra existencia es el tema central del escritor y estudioso de la lectura Alberto Manguel en su nuevo libro «La ciudad de las palabras», una compilación de cinco ensayos de este autor argentino-canadiense.
Cuando era un adolescente empleado en la librería Pygmalion, en Buenos Aires, Manguel conoció a Borges, ya afectado por la ceguera, y se convirtió en su lector. Chesterton, Proust, Stevenson, Kipling... «Borges me enseñó su gran generosidad, la habilidad para hacer suya una lectura, la falta de respeto hacia las opiniones y los valores oficiales», señala el autor. Hoy, varias décadas después, en un antiguo presbiterio junto a una iglesia del siglo XII, situado en Francia, Manguel, un lector voraz como fue su maestro, posee su propia «biblioteca de Babel», con más de 35.000 ejemplares.
El libro, una extravagancia
«Las ficciones que contamos no sólo definen el mundo sino a nosotros mismos», señala el autor, para quien internet genera un uso menos interactivo de la literatura, esa que se hace nuestra al tenerla entre las manos y con un lápiz siempre preparado. Pero Manguel no se engaña, ni siquiera por el e-book, del que dice que no le gusta «por una cuestión de costumbre»: «El libro siempre fue una extravagancia, una cuestión de élite, no es un objeto natural, si bien leer, en el sentido de desentrañar el mundo, es una acción natural del ser humano».
Pero las ficciones no solo nos ayudan a entender, también pueden generar el efecto contrario cuando quieren imponer un sentido restringido de la realidad. «Después de la expulsión de los judíos y los árabes, se crea en España la ficción del cristiano limpio, del español de sangre pura y eso provoca una serie de ficciones igualmente falsas. La invención de los libros plúmbeos y luego ciertas referencias en “El Quijote” nacen de una versión oficial falsa de la historia», señala. «Es el mismo riesgo que corréis a menos que os enfrentéis sinceramente a lo que sucedió en la guerra civil durante el franquismo», advierte Manguel.
Ciudadano del mundo
Aunque el calificativo de «ciudadano del mundo» le suene a lugar común, es difícil asignar una bandera a Manguel, quien concede la entrevista en un hotel de la Gran Vía madrileña, recién aterrizado, tras quince cansadas horas de vuelo desde Buenos Aires. Nacido en la capital argentina, criado por sus padres diplomáticos en Israel, nacionalizado canadiense, sus primeras lenguas fueron el alemán y el inglés, idioma en el que escribe. Editor en Londres, París, Milán y Tahití, vive actualmente en Francia.
Pero su polisemia de orígenes no lo amilana a la hora de señalar la incultura del actual gobierno de su país de nacimiento, que ha generado grandes escritores. Retrata su punto de vista, fiel a su estilo, con un ejemplo: «Argentina es el invitado de honor de la Feria del Libro de Frankfurt. Cuando le preguntaron al gobierno cuáles eran las cuatro figuras que representarían al país, dijeron que Carlos Gardel, Eva Perón, el Che Guevara y Maradona. Tuvieron que recordarle que se trataba de una feria del libro».
Tampoco quedan bien parados en su «ciudad de palabras» algunos bestsellers. «Valorar el obra de Paulo Coelho me parece sobre valorarla, más aún, inventar un valor que no tiene». Más que de una uniformidad de lectura, señala, se trata de una «uniformidad de consumo». «“El código da Vinci” es un producto de consumo hecho de la misma manera que una caja de cereales», comenta.
Verdadero autodidacta, Manguel dejó la Universidad porque se aburría. «Me arrepiento de haberla abandonado porque lo que brinda es un método, una cierta estructura que, como no persistí, tuve que descubrir yo mismo». Sin embargo, el autor critica la atomización de saberes de la Sociedad de la Información: «Estamos demasiado encerrados en conocimientos especializados. La astronomía no es ajena a la lectura de “El Quijote”. En la Edad Media o el Renacimiento era posible tener una visión más general del mundo», y apunta a ciertas instituciones que ya se encuentran en la tarea, como el curso de física para poetas, impartido en Harvard.
Un vector más de ese viaje a nosotros mismos, que para Manguel es la propia definición de vida, y en donde la ficción forma parte nuclear del engranaje. «La identidad no es un rótulo, sino un verbo activo», señala. De esa misma forma actúan las palabras.
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