Definía José Bergamín: «De Sevilla era el aire; / de Ronda, el fuego, / y los dos se juntaron / en el toreo». Al entrar en esta Plaza, el aficionado se convierte en devoto peregrino. Debajo de esta «plaza de piedra de Ronda la torera» vio el maestro Antonio Burgos muchas «cenizas en Ronda»: Pedro Romero, El Niño de la Palma, Antonio Ordóñez, Hemingway, Picasso, Orson Welles, Luis Miguel... ¿Cómo no sentir emoción y respeto?
Hasta el irónico Antonio Díaz-Cañabate proclama esa emoción, en ABC, el 10 de septiembre de 1959: «Yo estaba emocionado. ¡Ver toros en la plaza de Ronda! Y miraba a las venerables piedras dieciochescas. Ellas os vieron a vos, Pedro Romero. Y su belleza comunicaba solemnidad al ambiente».
Fuera queda la bulla popular para ver a los famosos. Dentro reina la armonía: arcos, columnas ilustradas. Son contemporáneas de sus hermanas, en la Maestranza de Sevilla y en la limeña Acho: anteriores a la Revolución francesa, de los tiempos en que Pedro Romero rivalizaba con Pepe Hillo y Costillares y era amigo de Goya, «don Francisco, el de los toros».
Todo esto no es sólo historia sino herencia viva del arte de la Tauromaquia. Solemos llamar escuela rondeña a la que exalta los valores más clásicos de ese arte: según Corrochano, «el aplomo, la sobriedad y la eficacia, sin mezcla de adorno pueril e inútil para la lidia». Desde los tiempos de Pedro Romero, la Plaza de Ronda está intacta. Lo que ha cambiado muchísimo —ya lo advirtió Cañabate— son los toros: los de Zalduendo, justos de presentación, mansos, descastados, rajados...
El tópico de que un diestro torea «en el patio de su casa» se hace realidad con Rivera Ordóñez en Ronda: ésta es, por varios motivos, «su casa». El segundo embiste con feo estilo, hace mala pelea en varas y ya se raja, huye descaradamente de la muleta. Se mete el diestro en su terreno y le arranca muletazos a un manso descastado, que los toma a regañadientes. Aguantando parones, faena de empeño que los paisanos agradecen. Mata con decisión: primera oreja de la tarde.
Al quinto, violento, rebrincado, lo banderillea con riesgo y acierto, en un tercio vibrante. Brinda a su hermano Julián Contreras. Se dobla bien con él y consigue una faena lucida, al único toro que ha transmitido. Ha puesto el diestro toda la carne en el asador y logrado momentos más estéticos de lo que en él es habitual. La estocada de rápido efecto le vale las dos orejas.
El tercero, cómodo de pitones, no quiere pelea pero Castella se queda muy quieto con el capote, quita por chicuelinas. Como suele, hace el poste en el centro del ruedo... y el toro huye a tablas. No se mueve el diestro pero no corrige los defectos del toro, que casi lo arrolla, al final.
Sereno valor
Sale incierto el sexto y cambian el tercio sin picar. Castella lo aguanta, impávido. Le engancha en buenos muletazos y muestra su sereno valor en el arrimón final. Recuerdo los versos de Villalón: «Plaza de toros de Ronda,/ la de los torero machos...» Se vuelca en la estocada pero falla el descabello.
Rivera Ordóñez pone toda la carne en el asador con el toro de más transmisión
También mansea el cuarto y flojea. Ponce lo lidia, lo cuida, lo va metiendo en la muleta . Con la izquierda, encadena naturales, molinetes y de pecho. Acaba haciendo con él lo que quiere, con gran estética. Culmina con naturales de frente, uno a uno. Concluye con doblones templados y un elegante abaniqueo. Como tantas veces, se ha «inventado» un toro. El resumen de la tarde es fácil: todo ha sido maravilloso... salvo los toros: es decir, la base de todo.
A la salida de la Plaza, la puesta de sol sobre la serranía es un espectáculo de una belleza impresionante. Lo contemplo desde el paseo dedicado a Orson Welles, «el genio», que quiso que sus cenizas reposaran aquí: una de esas «cenizas de Ronda» que cantó Antonio Burgos. Con esa luz, hemos vuelto hoy a sentir «de Ronda, el fuego»: el fuego de la belleza de la Fiesta en una Plaza única.


