Ronda era ayer fiesta. Ya por la carretera serrana se intuía un tráfico atípico. Llegando a la ciudad de Ordóñez me adelanta Manolo, el chófer de Cayetana Alba, que intentaba pasar desapercibida, tras unos enlutados cristales. Luego pude inmortalizarla con su amiga la princesa Beatriz de Hohenlohe, con la que compartió una tarde para el recuerdo.
La Real Maestranza estaba cuajada de rostros conocidos y es que esta cita con la Fiesta se ha convertido en una ocasión singular en la que ya es un clásico toparse codo con codo con lo más granado de nuestra sociedad. Sobre todo, si se tiene que entrar por la solicitada y embotellada puerta «4». Allí luchaba con gran tesón la princesa Beatriz de Orlèans, acompañada de su amiga Susie Lindberg y que, pese a presentarse reiteradas veces con los responsables de seguridad, no consiguió un trato de favor ni porque se trate de la primera mujer consejera delegada de España.
Me costó verla, por la discreción que le caracteriza, pero pude intercambiar un saludo y un par de promesas de café con mi admirada Patricia Rato, que iba muy bien acompañada de una de sus hijas, de cuyo nombre no me voy acordar por petición expresa de la ex mujer de Espartaco. Iba guapa y elegante. La gran hazaña del día la viví con mi amiga Carmen Lomana, que me encontré desconcertada con su amigo Eduardo Echave, ya que la televisiva académica de «Las Joyas de la Corona» se había dejado en su casa de Marbella los billetes. Hasta que consiguió hablar con un rosario de empleados del hogar con nombres «almodovarianos» y conocer el asiento que les correspondía, tuve que acompañarla casi en volandas hasta la entrada de los maestrantes.
Ya en el callejón, acompañado del maestro Carlos Herrera, que no se vistió de arenero por problemas de tallaje, estaba Julián Contreras Ordóñez, por cierto, fumándose un puro más grande que él, pero es que la tarde lo merecía. El público alternaba entre toro y toro un codazo para ver al famoso de turno sentado al lado. Pero la que consiguió concentrar la atención y todas las miradas era la otra Cayetana, la Rivera, que salió como una bella moza rondeña más a entregarle al amigo de papá y compañero de terna, Enrique Ponce, una placa con la que se le reconocía su importante trayectoria y su corrida número dos mil. Desde el balcón de los cielos estaría el maestro Ordóñez gozando del fruto de su vida y su afición.




