Hace un siglo, en la comarca que ahora atienden Maxi y Miguel Ángel había decenas de curas, un equipo bien provisto que velaba por las necesidades espirituales de la comunidad y anotaba con cuidada caligrafía los pormenores de su pequeña historia: nacimientos, bodas, defunciones. Pero llegaron la guerra, la despoblación, esos momentos en que la Historia con mayúscula cambia de postura, y los pueblos se fueron vaciando. Los curas también desaparecieron poco a poco, hasta que quedaron sólo dos. Hoy, Maxi Barriuso y Miguel Ángel Moral llevan 43 parroquias de Burgos, pertenecientes al arciprestazgo del Ubierna y el Úrbel, y se multiplican para continuar la tarea de aquellos lejanos antecesores en la labor pastoral. Aquí, el sacerdocio no es sólo cosa de predicar, consagrar o confesar, sino también de conducir muchos kilómetros, diseñar horarios que parecen rompecabezas y, cuando se tercia, retejar alguna iglesia.
«Hemos tenido bautizos en pueblos deshabitados», relatan los sacerdotes
40.000 kilómetros al año
Los curas tienen que refinar su organización en esta época, cuando entra en vigor su horario de verano. Las 43 parroquias están repartidas en seis categorías: en un extremo estaría Sedano, con misa todos los sábados y domingos, y en el otro lugares como Mozuelos, que sólo resucitan en las fiestas patronales y acogen entonces su única Eucaristía anual. La actividad se incrementa hasta tal punto que Maxi y Miguel Ángel necesitan sacerdotes de apoyo, pero eso no les evita las prisas para llegar a tiempo a todos sus compromisos: algunos pueblos están separados por más de cuarenta kilómetros, que con esta orografía bien puede suponer una hora de coche. Los dos curas son conductores consumados: «Yo hago 40.000 kilómetros al año, una vuelta al mundo», detalla Miguel Ángel, que vive en Burgos y va y viene desde allí, mientras que su compañero permanece en la comarca de viernes a domingo.
En las 43 parroquias se cuentan nada menos que 60 templos, con los achaques propios de los siglos, y administrarlos puede dar muchos quebraderos de cabeza. «La tasa de residuos cae en todas las parroquias, aunque no tengan ingresos. Muchas de las que tenemos en ruinas también pagan esa tasa. Y los cementerios, claro», se queja Miguel Ángel. Los curas insisten una y otra vez en que el mantenimiento de todo este patrimonio resultaría inviable sin los vecinos, siempre dispuestos a complicarse la vida si es por su iglesia: «Yo siempre digo que esto es la Liga de la Gente Extraordinaria —se admira Miguel Ángel—, con personas heroicas que cuidan a los mayores, limpian las calles y nos echan una mano a nosotros. Si no, no llegaríamos». Él nació hace 42 años en la ciudad, Burgos, pero ya ha pasado por otros destinos rurales: «En los pueblos —resume— ves la familia cristiana de manera más inmediata».
Sus palabras se refieren a gente como María Ruiz, la tendera, que se ocupa de recogerles el correo, tocar la campana para llamar a misa y avisarles si muere alguien. O como Ángel Ruiz, de Moradillo de Sedano: su madre fue sacristana durante cuarenta años y él creció al lado de la iglesia de San Esteban, con el pantocrátor del pórtico y las arpías y quimeras de los capiteles como vecinos más cercanos. Ahora, jubilado de un almacén de papel de San Sebastián, se encarga de atender a los visitantes. «Vienen de Inglaterra, de Bélgica...», se enorgullece. Al fin y al cabo, presumir de la propia iglesia es un rasgo de esa cultura tradicional que Maxi, de 59 años y natural de San Mamés de Abar, resume en una frase socarrona: «Lo mejor de cada pueblo siempre es el agua, que sabe mejor; las campanas, que se oyen desde el pueblo de al lado, y el cura que se marchó, porque el de ahora nos lo ha cambiado todo».



























