Ayer salimos al mar de noche.
Eran las siete y aún no había amanecido y el mar tenía una oscuridad más cerrada que la de un cine, al estar nublado y no tener estrellas ni luna el cielo. Había que ir alumbrando por la proa con un foco cuyo haz se perdía en el horizonte y convertía en cuerpos sospechosos los bancos de algas a la deriva.
Ya a las cinco de la madrugada, estaba yo despierta por esa calma de la atmósfera que agita el sueño porque las nubes están tan bajas que caen sobre los sonidos de la tierra como una colcha, y esa ausencia de ruido a mi me produce una inquietud que me despierta antes de tiempo.
Así que decidimos salir a oscuras al calamar, donde siempre te parece que llegas tarde, y aún así llegamos otra vez tarde porque, al doblar el espigón, ya estaban allí todas esas lucecitas blancas de cada uno de los botes, como un pueblo que acabaran de fundar sobre la superficie del agua. Ahora nos damos cuenta: pasan allí la noche. Porque ellos ya echaron el rizón a lo mejor a las ocho de la tarde, y como lo peligroso es navegar en la oscuridad, se quedan allí, en medio de la ría, bien abrigados, porque cae más rocío de noche sobre la mar que sobre todas las flores del campo.
Hay un hombre por bote y a veces hablan entre ellos, y en ese silencio nocturno y marino se oye con tanta claridad lo que dicen como si te lo estuvieran susurrando al oído.
Cuando amanece salen los pesqueros con sus marineros echando un último vistazo a la tierra; y otros entran con su nube de gaviotas.
No me extraña que los pintores pongan barcos en sus marinas.
Porque pintas el mar sin nadie y no dice nada, pero pones un bote con un hombre que está solo en la mar con sus pensamientos, y es un mundo.
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