La vida de Fernando Torres en la selección nunca ha sido un camino fácil. Al contrario. Un desfiladero angosto bajo la atenta mirada y vigilancia de la crítica. Ha contado con el apoyo de todos los seleccionadores desde que debutase con Iñaki Saéz en 2003. Titular indiscutible, pero acostumbrado a ver su número en la tablilla de los cambios.
Su condición de jugador precoz levantó expectativas. Encadenó etapas de ilusión con otras de frustración. Es el sino del «9». El gol engorda y alivia la mente, y el fallo quiebra la confianza. Pero Torres siempre ha estado ahí. Con la cabeza alta. Sin perder el cariño del público, sobre todo desde su marcha al Liverpool.
Pese a su condición de estrella, nunca ha levantado la voz. Sólo un pequeño gesto con Luis Aragonés en la Eurocopa de 2008 al ser cambiado levantó una leve tormenta. Fue más un enojo consigo mismo que con Luis. Luego, hizo el tanto que valió el título y acabó encumbrado.
Con la llegada de Del Bosque, mantuvo su estatus. No había motivos para cambiar. Pero una lesión, con operación, a unos meses del Mundial, lo ubicó en un escenario incómodo. Trabajó y llegó al torneo sano, pero fuera de forma. Apareció en las primeras alineaciones pero luego ocupó plaza en el banquillo porque no vio puerta. Una decisión bien adoptada e interpretada por todos.
Ayer, Del Bosque decidió que fuese titular. Acierto. Torres se sacó la espina con dos goles (uno de vaselina). Adiós a los fantasmas porque no marcaba en competición oficial desde junio del 2009 —un «hat trick» ante Nueva Zelanda en la Confederaciones—. Demasiado tiempo para un «killer». Y pudo marcar más si no se hubiese encontrado con Jehle.
Un dato a considerar. Logró el primer tanto en la fase de clasificación de la anterior Eurocopa. Y también fue ante Liechtenstein, aquella vez en Badajoz.





