Israelíes y palestinos hubieran preferido menos ceremonia en Washington en vista de que Benjamin Netanyahu y Mahmmud Abbás están en este proceso de paz casi a la fuerza.
Entre la población judía, la tónica predominante es la indiferencia, porque han perdido la cuenta de los intentos por poner fin al conflicto que suman ya. En el otro lado, como es costumbre, división: entre la hostilidad que emana desde Gaza, y un escepticismo en Cisjordania, aunque tan amargo que podría acabar en algo peor.
A grandes rasgos, las expectativas de que se logren avances significativos son muy bajas en ambos lados, y más bien hay la sensación de que, como mucho, esta nueva ronda va a esforzarse porque el deterioro de la situación entre vecinos no vaya a más durante un tiempo. Aunque si el efecto es el contrario, el fracaso es estrepitoso o hay una ruptura abrupta, en ese territorio de Cisjordania que sufre la ocupación de los asentamientos y los controles militares, sobrevuela el fantasma de una revuelta.
La inquietud ha comenzado ya y también las tensiones, sin duda espoleadas por el doble ataque, reivindicado por el brazo armado de Hamás que entre el martes y el miércoles dejó cuatro judíos muertos en las proximidades de Hebrón y dos heridos cerca de Ramala. Ayer fuentes palestinas confirmaron el arresto de dos sospechosos, presuntamente vinculados a Hamás en Hebrón.
Anoche mismo, docenas de jóvenes judíos de ultraderecha quemaron banderas palestinas e intentaron marchar sobre la ciudad palestina de Jericó en una protesta contra las negociaciones y los atentados. Esta manifestación, reprimida, se registraba una vez que los colonos, también como reacción a los ataques, iniciaban anteayer en los asentamientos de Kiryat Arba, Adam y Kedumin sendas construcciones. Es su desafío a los asesinos, pero también a su propio gobierno, que prohíbe ese tipo de obras hasta el día 26 y que se ha sentado en una negociación cuya agenda contiene limitar la actividad colonizadora.
«Una vez que entiendan que los israelíes estamos aquí para quedarnos y que solo nos hacemos más fuertes día tras día, abandonarán», advertía el director del Consejo colono de Yesha, Naftalí Bennett, que aseguró que tienen preparativos para ponerse manos a la obra en otros 80 asentamientos. También añadía «la verdadera prueba entre el islamismo radical palestino e Israel está en quién es más fuerte y quién está aquí para quedarse».
A juicio de las Fuerzas de Seguridad, la fricción entre los colonos y los árabes es cuestión de tiempo. Por revanchas a cuenta de los atentados o por provocaciones relacionadas con esta nueva ola constructora. El diario «Yedioth Ahronoth» de Tel Aviv daba ayer cuenta del testimonio de un vecino de Hebrón, Atta Abu Jabr, que asegura que, en sus tierras, unos 200 colonos y un rabino inauguraron el martes unas obras y que iban protegidos por miembros del Ejército. «Grité a los soldados que les sacaran de mis tierras. Lo único que me dijeron es que me metiera en casa y apagara la luz», ha narrado.






