LA última brigada norteamericana de combate en Irak -como evocaba Obama anteayer- regresó a casa en las horas oscuras previas al amanecer. Para el nuevo día, el pedregal del Oriente Medio había amanecido con cuatro muertos israelíes en Cisjordania, a punto de comenzar en Washington otro tanteo palestino-israelí. Obama busca un oasis que le permita divisar efectivamente las maniobras aviesas de Irán. Está en baja popularidad, le acosan los republicanos, con el frasco de la economía medio lleno y medio vacío. En la Calle Mayor, el desconcierto de las clases medias suburbanas ha deslucido la figura de un presidente que llegaba para reemplazar con soltura generacional los años Bush junior y se vio monopolizado por una recesión cuyas ramificaciones semi-paralizan los horizontes de la prosperidad.
También lo dijo en su discurso: demasiadas familias de clase media están trabajando mucho más por menos y la competitividad norteamericana a largo plazo está en riesgo. En general, el sistema económico al final se adapta, la capacidad productiva es grande, la demografía se mantiene sólida y las universidades trabajan con rigor. Los Estados Unidos han pasado por fases similarmente inciertas pero luego los jirones del sueño se recomponen. Ahora mismo no parece que Obama esté firme al timón aunque, traspasada la linde aciaga de las elecciones parlamentarias de noviembre, la derecha radical le va a echar una mano involuntaria para recuperar el centro.
Con un estilo «cool» de racionalidad arrogante, Obama pretende jugadas simultáneas en el tablero del Oriente Medio. En este preciso momento, son demasiados frentes abiertos y tareas a medio hacer. Además, el oasis solo sería una estación de paso. El objetivo es Irán, algo contundentemente lógico en una presidencia que se ha propuesto el paisaje inaudito del desarme nuclear. Pero ahí está un Irán que pertrecha a Al-Qaida en Irak, espolea a Hizbolá contra Israel desde el Líbano y sufraga el sistema totalitario de Hamás en Gaza. Siempre hubo pocos oasis en Oriente Medio. Y en los Estados Unidos solo hay un presidente y es Obama.
En su discurso, también recordó que en la escena mundial de hoy viejos adversarios viven en paz y las democracias emergentes son socios potenciales. Sabe que le ha tocado actuar en un mundo en el que Washington decide mucho, pero no lo puede todo. Es el mundo de las potencias emergentes, de la Europa en permanente crisis de identidad, con China pisando los talones del crecimiento. En ese mundo global, la clave también está en las nuevas clases medias.
En Oriente Medio los fracasos diplomáticos alcanzan la dimensión escalofriante de un cementerio estratosférico de chatarra espacial, con la diferencia de que aquí la sangre empapa la tierra ancestral en la que se perfilaron símbolos cruciales de la humanidad. Para que se logre un paso decisivo, Irak tiene que mantenerse estable, la fórmula de los dos Estados debiera ganar terreno en Cisjordania y las sanciones contra Irán —decía ayer «The New York Times»— han de dar algún resultado: las tres iniciativas son de un resultado totalmente impredecible. Luego está el anti-oasis de la maldita frontera afgano-pakistaní.
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