CON septiembre, días antes o después, en dependencia de la climatología, de «los calores» más o menos intensos y prolongados, llega a la isla el tiempo de la vendimia, y con él abre sus puertas una época del año que en las zonas vitivinícolas nos ofrecen un encuentro con tradiciones, usos y costumbres propias y hasta divertimentos que han cuajado y conectan con una historia que se dilata a través de los cinco siglos de vida de la vitivinicultura isleña.
D Y es que este recóndito paraíso atlántico, tras la culminación de la conquista castellana y una vez consolidado el proceso de poblamiento con grupos humanos procedentes de la península y de diversos lugares de Europa, fue un magnífico asentamiento para el viñedo, convertido pronto y durante un tiempo significativo en uno de sus primeros motores económicos, tanto que el cronista Núñez de la Peña no dudó en instar a sus coetáneos a «…criar racimos de líquidos oro…. que sirva de regalados licores de banquete, bien estimados en todo el mundo por ser singulares». Y es que aquel vidueño, aquellas variedades de vinos magníficamente aclimatadas en las islas pronto tuvieron fama merecida en casi todas las cortes renacentistas europeas, en las que también estaba de moda el célebre baile de «El Canario», tanto que las cantidades de malvasía exportadas a Londres, mas las remesas de vino canario vendido en la América anglosajona, llegaron a dar una balanza comercial claramente beneficiosa para las islas y deficitaria para la corona británica, que enseguida tomó cartas en el asunto y ralentiza este comercio. Una historia a la que se refirió, allá por septiembre de 1995, en el marco de las inolvidables Semanas Culturales de la Vendimia, que entonces organizaba la Asociación de Viticultores y Bodegueros del Monte Lentiscal, presidida por el Marqués de la Frontera, el profesor Antonio Bethencourt Massieu en una conferencia, que comenzaba resaltando como «los buenos quesos con matices excelentes, tan diferenciados de isla a isla, y de comarca a comarca y los distintos caldos, de tanta fama en tiempos pretéritos, forjaron el patrimonio de nuestros ancestros», y que fue recogida, junto a las impartidas por el doctor Carlos Bosch Millares y por el erudito humanista Alfonso Armas Ayala, así como las palabras del entonces director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria Nicolás Díaz Saavedra de Morales, en un libro titulado «El vino del Monte Lentiscal, ayer y
hoy» que hoy es una auténtica joya de la bibliografía grancanaria, donde los versos incluso fluyen entre las palabras eruditas para cantar como «Por Bandama/ la luna de septiembre/ ¡plena de luz!/ deshace las sombras/ de los antiguos lentiscos».
D Hoy Gran Canaria quiere recuperar aquel antiguo esplendor vitivinícola, del tiempo en que el vino canario era celebrado por los más exquisitos paladares y el propio Shakespeare lo alababa, al igual que también lo hicieron personajes como Walter Scott, Voltaire, el Marqués de Santa Cruz, Carlos III o Sir Walter Raleigh, y poco a poco recupera sus antiguas extensiones de viñedos o abre nuevas bodegas por el Monte Lentiscal y Telde, por las medianías, por la cumbre y hasta por Agüimes, Tirajana y Fataga, con una Denominación de Origen propia como elemento impulsor y dinamizador de esta histórica y hasta identitaria actividad que prendió pronto y se mantuvo siglo tras siglo. Así, no es de extrañar que este vino y sus zonas de producción fueran siempre un capítulo señalado en el programa de las visitas a la isla de los más ilustres personajes. Es el caso de la que efectuó el Príncipe Federico Enrique de Prusia quién, como recoge la crónica de ABC del 14 de septiembre de 1907, llegó en el buque alemán Feldmacsholl, procedente de América y rumbo a Hamburgo, y tras visitar la ciudad y detenerse en la Catedral de Canarias, disfrutó de los parajes de El Monte Lentiscal y de «…un Hotel Inglés donde almorzó y firmó junto a la del Alfonso XIII». Si en 1909 el compositor de ópera Saint Saëns asistía al almuerzo que en El Monte Lentiscal, y regado con sus afamados vinos, le ofrecía la Asociación de la Prensa de Las Palmas de Gran Canaria, evento del que dio cuenta ABC el 19 de enero de ese año, también este rotativo recogía en 1946 un artículo de Claudio de la Torre, titulado «Mas de Galdós» e ilustrado con una foto de su casa entre los viñedos del Monte , en el que se preguntaba «en qué ladera de las Islas Canarias cuelgan los viñedos de Galdós?», y pocos años después, en su edición sevillana del 9 enero de 1954, el de Francisco Rodríguez Batllori, «Recuerdo de Galdós», que recogía «…noticias aisladas y curiosas de la época en que Galdós correteaba entre los viñedos del Monte
Lentiscal».
Ayer y hoy de unas tradiciones vitivinícolas siempre presentes en el alma isleña, donde sus tradiciones, como rezan unos versos a ellas dedicados, «sin comprender que el tiempo se haya ido/ florecen, como el mosto,/ con la luna de cada vendimia».












