El culebrón fotográfico del verano en Estados Unidos acaba de registrar una inesperada vuelta de tuerca: un experto que inicialmente atribuyó al gran fotógrafo americano Ansel Adams unos paisajes comprados en un garaje de California se desdice ahora de su atribución. El comprador no se conforma y sigue adelante con el intento de vender las imágenes por muchos miles de dólares. El patronato que administra el legado de Adams le ha puesto un pleito.
Todo empezó hace diez años en Fresno, al sur de California, cuando Rick Norsigian compró por 45 dólares unos negativos a un tal Irving Schwartz. La transacción se realizó en el garaje de éste. Esto está admitido por las dos partes, que insisten por igual en que los negativos pertenecían a Ansel Adams, cuyo estilo y tratamiento de los grandes paisajes americanos ciertamente recuerdan y reproducen. Schwartz incluso ha admitido que se desprendió de ellos por tan poco dinero porque no era consciente de su verdadero valor, según la página web creada por Norsigian para dar publicidad a este asunto.
Pero si Norsigian gastó sólo 45 dólares en los negativos en sí, ha gastado muchos más en verificar su autenticidad. Contrató durante seis meses, con sueldos de 1.000 dólares mensuales, a un equipo de expertos para testear la obra. Uno de los líderes de este equipo, Robert Mueller III, antiguo comisario del Museo de Bellas Artes de Boston, acaba de protagonizar un giro copernicano espectacular. Después de afirmar en mitad del verano que sin lugar a dudas los negativos tenían que ser de Adams, ahora se desdice y da la razón a los que sostienen que en realidad pertenecieron a un fotógrafo mucho menos famoso, por no decir nada famoso en absoluto: un tal Earl Brooks.
En la web de Norsigian se ironiza ácidamente sobre «la teoría del tío Earl», principalmente defendida por su sobrina, Marian Walton. Esta mujer ha convencido al experto Mueller de que por lo menos una de las fotos vendidas y compradas como obra de Ansel Adams
fueron en realidad tomadas por su tío. No es fácil para ningún especialista decir donde dije digo, digo diego. Más cuando ha estado seis meses formando opinión, cobrando generosos emolumentos y cotejando materiales. Ciertamente ahora Mueller se acuerda de haber pensado que las fotos eran muy buenas pero quedaban por debajo del punto más bajo de calidad habitual en Ansel Adams. «Supongo que yo quería creer que eran fotos de Ansel Adams», concluye, contrito, en declaraciones a «The New York Times».
Ahora, en cambio, no tiene ninguna duda de que las fotos son de Earl Brooks, un fotógrafo muy aplicado y no poco dotado, capaz de imágenes muy notables, una de las cuales adorna a día de hoy el teléfono de Mueller. Pero eso no quita para que en el mercado valgan mucho menos dinero, claro. «Quizás unos 25 dólares», concluye. El que no está nada contento es Norsigian. A principios de agosto volvió a Fresno buscando al vendedor de las fotos, en la actualidad un octogenario. Irving Schwartz insiste en que los negativos son de Adams y en que él puede probarlo. Pero si alguien quiere ver las pruebas o conocer más detalles tendrá que pagar por ello, advierte.
En medio de este turbulento torbellino, Norsigian no da su brazo a torcer y sigue intentando vender los negativos. Ya ha tenido que cancelar algún evento de promoción. Y es que hasta le ha puesto un pleito la fundación que administra el legado de Adams.



