Madrid

Madrid / caso «el rafita»

Una libre elección

El psicólogo forense del TSJ de Madrid análiza la conducta del asesino de Sandra Palo

Día 25/08/2010
Las conductas del llamado «Rafita» hunden su raíz en el libre albedrío. Él ha decidido volver a Madrid, reunirse con un entorno delincuencial y criminógeno, no aceptando un trabajo que se le ofreció. Habrá quien piense que la ley se debe de endurecer y me refiero a la Ley del Menor; estoy de acuerdo, pero no por el caso de «Rafita» si entendemos que, de haber estado más tiempo, se hubiera conseguido cambiar su posición ante la vida, su actitud. Yo endurecería la ley en los casos más graves para que las víctimas se sintieran reparadas y para que la sociedad no se viera ninguneada, pero sépase que con este joven se ha trabajado muy bien y lo han hecho grandes profesionales. Pero repito: él es dueño de su futuro y pareciera que es incapaz de quitarse la lápida de su pasado.
Ahora bien «Rafa», que ya no «Rafita» es un adulto y ha cometido un delito. Observemos bien cuál es la sanción penal con los adultos porque tengo la sensación de que los ciudadanos quieren endurecer las conductas infractoras de los menores pero se olvidan de que algunas conductas de adultos tienen una mínima sanción penal. Y aún así tenemos 83.000 personas privadas de libertad.
A título personal me indigna que este tipo haga que la conciencia colectiva crea que la rehabilitación no es posible cuando de manera fehaciente confirmamos lo contrario y sabemos de personas y personajes, algunos públicos y reconocidos socialmente, que han pasado por centros de reforma y hoy son buenas personas en lo familiar, en lo social y en lo profesional. El pronóstico del «Rafita» es muy malo; lo dije cuando lo vi en televisión mirando a la cámara y diciendo: «Yo ya he pagado». No, no has pagado, nunca pagarás el dolor que ocasionaste a Sandra, a su familia y a la sociedad. Y todas las noches al ir a tu cama tendrías que llorar con impotencia al saber que nunca podrás devolver esa vida. Una cosa es la sentencia judicial y otra la conciencia moral, que nadie ha sido capaz de infundirte. Tus andanzas no acabarán bien pero lo grave, lo terrible es que no solo pones en riesgo tu vida sino la de otros ciudadanos que se cruzan en tu camino y que tienen mucha ilusión por su existencia.
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