Sociedad

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Se alquila cápsula para hormiga humana

Con sueldos de miseria y alquileres por las nubes, a muchos chinos no les queda más remedio que habitar cubículos de cuatro metros cuadrados

Día 23/08/2010
Debido a su desarrollismo frenético, la vivienda está por las nubes en las ciudades chinas, donde los precios se han disparado hasta un 68 por ciento durante el último año. Mientras el metro cuadrado se cotiza casi a la misma altura de los rascacielos que se construyen las veinticuatro horas del día, los sueldos medios suelen situarse entre 2.000 y 4.000 yuanes (entre 231,65 y 463,29 euros).
Con tales ingresos, resulta imposible disfrutar de las mieles que ha traído el progreso en forma de villas con piscina y jardín, apartamentos con vistas al «skyline» de Pekín o Shanghái o lujosos dúplex con garaje que parecen sacados de Manhattan o París. Si uno no tiene una casa propia, un sueldo medio en la capital china apenas da para llegar a final de mes y alquilar un diminuto pisito fuera del quinto anillo de circunvalación, a más de una hora del centro.
Y es aún peor si uno acaba de licenciarse en la Universidad y busca su primer empleo o si ha emigrado del campo para trabajar como camarero, recepcionista o guardia de seguridad. Para todos ellos, la última solución habitacional son los apartamentos cápsula de Huang Rixin, un ingeniero jubilado de 76 años que ha amoldado las estrecheces del bolsillo a las de la vivienda.
Para ello ha reducido al máximo el espacio y la comodidad en la casa de apartamentos cápsula que acaba de abrir en el distrito de Shi Jing Shan, una zona de las afueras al oeste de Pekín. En este barrio de destartaladas infraviviendas y calles de tierra junto a la vía del tren, donde las mujeres lavan la ropa a mano en la puerta de sus casas y en las aceras se amontonan las montañas de basura y los veladores de pringosos restaurantes, se puede vivir por 350 yuanes (40,53 euros).
Contenedores de hierro
Siempre y cuando a uno no le importe dormir en un cubículo de 2,4 metros de largo por 1,2 de ancho, donde lo único que cabe es un colchón y dos estanterías para guardar las escasas pertenencias. En realidad, estos apartamentos cápsula son unos estrechos contenedores de hierro, cuyas paredes han sido forradas, con una portezuela metálica que se cierra con un candado.
En la casa, que tiene 53 metros cuadrados, el ex ingeniero ha colocado siete de estos cubículos y uno doble de matrimonio, que mide 2,4 metros de largo por 1,6 de ancho y por el que cobra 450 yuanes (52,12 euros). Aunque en la vivienda no hay retrete y los inquilinos deben usar los insalubres baños públicos, cuenta con una rudimentaria cocina y una desvencijada ducha para asearse.
«China está viviendo una urbanización tremenda y los precios de las casas son tan caros que debemos aprender de la experiencia de Japón», no oculta su inspiración Huang Rixin, quien ha intentado darle «una vivienda digna a la gente que tiene sueldos muy bajos».
Para ello, ha invertido 50.000 yuanes (5.791 euros) en la construcción de los habitáculos y otros 20.000 yuanes (2.316 euros) en pintar y reformar la casa, por la que paga una renta de 1.000 yuanes (115,82 euros) mensuales. Aunque el ingeniero retirado confía en recuperar la inversión en un año y medio, aclara que su intención no es «expandir el negocio, sino patentar las habitaciones cápsula».
En marzo del año pasado, ya abrió otra casa con ocho apartamentos cápsula aún más pequeños que se llenaron en solo un mes, sobre todo con estudiantes de otras provincias y recién graduados en busca del primer empleo. Pero, a la vista del revuelo social generado cuando los medios revelaron las condiciones en que vivían, el Gobierno derribó el edificio el pasado mes de junio y estipuló que cada persona debía ocupar, como mínimo, cuatro metros cuadrados.
De vecino, el progreso
Eso es todo un lujo en muchos cuartos de Tangjialing, una aldea al norte de Pekín cercana al parque tecnológico de Zhongguancun, donde tienen su sede importantes multinacionales informáticas como Lenovo o Intel y portales de internet como Baidu, Sina o Sohu. Su proximidad con cientos de boyantes empresas tecnológicas ha disparado su población original, de 800 habitantes, a más de 60.000 personas, la mayoría ingenieros y programadores informáticos recién salidos de la universidad.
Uno de ellos es Dong Xiaoming, quien nació hace 25 años en Wuhan (provincia de Hubei) y llegó a Pekín en 2006. «Mi salario ha subido ya a 4.000 yuanes (463,29 euros) pero, como el primer sueldo era sólo la mitad, comparto desde entonces con otro compañero de trabajo esta habitación de ocho metros cuadrados, por la que pagamos cada mes 400 yuanes (46,32 euros)», explica en un desordenado cuarto donde casi todo el espacio lo ocupa una cama, sobre la que se amontonan sábanas sucias y libros sobre ordenadores.
Con el flequillo cayéndole sobre las gafas, el joven Dong es el típico empollón que se ha especializado en mantenimiento de sistemas para la firma Objective Software. A pocos kilómetros de distancia, todas estas empresas tecnológicas se ubican en edificios inteligentes con futuristas diseños levantados sobre avenidas de cuatro carriles, parques de césped esponjoso y lagos artificiales.
Pero sus ingenieros, programadores y técnicos malviven en Tangjialing, un poblacho de mala muerte plagado de socavones que se inunda cada vez que llueve y donde han proliferado infectos barracones en cuyos pasillos cuelgan las ropas puestas a secar. Allí ocupan cuchitriles hediondos como el de Dong, quien, al margen de su jornada laboral de nueve de la mañana a seis de la tarde, hace su vida sobre el colchón porque no tiene cocina ni retrete.
La «tribu de las hormigas»
Antes, cuando pocos chinos podían permitirse el lujo de ir a la Universidad, estudiar una carrera garantizaba el porvenir. Ahora, con más de seis millones de licenciados que salen de las aulas cada año, las ofertas laborales se han reducido. Y los sueldos también, dando lugar a una generación bautizada por el profesor Lian Si como la «tribu de las hormigas». Nacidos con la apertura económica a partir de los años 80, no han conocido las penurias del comunismo, pero sufren los excesos del capitalismo salvaje que reina en el superpoblado hormiguero chino.
«Me gasto al mes 700 yuanes (81 euros) en comida y necesidades diarias y les envío a mis padres 2.000 yuanes (231,65 euros)», calcula otro programador, Shiji Tuoyuan, que se ha tenido que marchar de uno de los numerosos edificios que el Gobierno está derribando en Tangjialing para acabar con las infraviviendas. Las condiciones de vida mejorarán y los precios subirán. ¿Lo harán también los salarios?, se preguntan angustiadas las hormigas humanas en sus habitaciones cápsula.
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