Dicen que curan el estrés. Los dolores musculares. La migraña. Y todo lo que estudian los verdaderos fisioterapeutas en la Universidad. Pero ni siquiera saben escribir. Son los falsos masajistas chinos, una plaga que, en pleno siglo XXI, campan a lo largo y ancho de las plazas más turísticas y de ocio de la capital.
Una suerte de curanderos, chamanes o cantamañanas que, pese a su apariencia inocente, causan mucho daño, cuando no problemas. Si llevan años en los aledaños de Mayor y El Retiro, ahora también se han instalado en la plaza de Oriente y en la de Santa Ana, para escarnio de sus «pacientes» y de los verdaderos profesionales.
Fin a la impunidad
Pero su aparente impunidad comienza a tener los días contados. El Colegio de Fisioterapeutas de Madrid, del que es secretario general Javier Santos, ha dado un puñetazo sobre la mesa y, tras reuniones con la Policía Municipal, se ha articulado una labor conjunta entre ambas instituciones. Los agentes municipales solo pueden levantar actas administrativas por ocupación de la vía pública; por ello, necesitan la denuncia de ciudadanos particulares.
Y eso es lo que ha hecho el Colegio: ha interpuesto una demanda contra estos piratas de los masajes por competencia desleal, por carecer de titulación académica (y, por tanto, de conocimientos médicos), por no tener licencia municipal ni autorización sanitaria, y, por supuesto, no estar colegiados. La denuncia, a la que ha tenido acceso ABC, habla de los desmanes de esta actividad ilícita. Y lo comprobamos en carne propia. En la plaza de Santa Ana, a las once de la noche, son nueve las personas de nacionalidad china que ofertan esta práctica. Hay poca clientela, por no decir que ninguna; nada que ver con lo que ocurría una semana atrás. El mes de agosto, pese a la afluencia de turistas, es flojo para el negocio.
«Barato. Aquí, aquí...»
Nos ponemos en manos de estos masajistas. Solo hay que pasar por su lado para que, literalmente, se te echen encima. «Masaje barato. Aquí, aquí», dicen mientras nos presionan la espalda. Y nos hacen una oferta: en un papel doblado que esconden en una bolsa de la compra expone mediante dibujos los puntos de presión en los pies y en el resto del cuerpo para lograr ese «equilibrio». Y, cómo no, los precios: 15 euros por masajear la parte superior del cuerpo; y el resto, otros 15. Al final, acordamos 10 euros solamente por la de arriba.
El masaje consiste en lo siguiente. Sin preguntarnos si padecemos alguna enfermedad (en este caso, una reciente operación de extirpación de hernias discales y colocación de fijadores en las cervicales), se nos machaca el cuerpo de manera salvaje.
Las manos del masajista chino están llenas de roña; ni siquiera se las ha lavado tras atender al paciente anterior. Ni qué decir tiene que no utiliza ningún tipo de aceite ni mucho menos guantes. Por si todo ello no fuera suficiente, desprende un olor nauseabundo.
«¡Es un rompehuesos!»
Si morir a pellizcos es que te apaleen literalmente los hombros y los omóplatos, esto es lo más parecido a una tortura china. O poco le falta. El cuello lo tratan como si fuera chicle, estirándolo verticalmente. Descubrimos articulaciones que no sabíamos ni que existían hasta ese momento. Tiran de los dedos hasta hacerlos crujir... El chasquido ha debido de oírse en media plaza.
Y todo esto, ante la mirada incrédula de muchos paseantes. Uno de ellos, joven y borracho hasta decir basta, se nos acerca: «¡Cuidado con éste, que es un rompehuesos! Tiene toda la cara de Bruce Lee», se mofa. Parece saber lo que dice.
Mientras, la compañera del masajista busca más clientes. Cuanta más apariencia de guiri tenga el viandante, más posibilidades cuenta con que le paren a ofrecerle un masaje. Desesperada, la mujer, de avanzada edad, no duda en ir mesa por mesa por las terrazas de los bares de Santa
Ana. Pasados quince minutos de machaque, el masajista, que no habla casi nada de español, sí acierta a decir: «Oferta. La otra mitad, por solo 5 euros». Abandonamos la plaza.
El secretario general del Colegio de Fisioterapeutas lo tiene claro: «Los hombros los someten a movimientos que están fuera de su límite natural. También tocan una zona muy sensible, como es el cuello. Como se ve, no trabajan solos, sino en grupos de dos o tres personas, y la mayoría de las masajistas son mujeres», explica.
Con estos mimbres, no extraña que nueve de cada diez pacientes que llegan a la consulta de un verdadero fisioterapeuta hayan pasado antes por uno de estos intrusos.
Así, a finales de julio, la Policía Municipal detuvo a cuatro de ellos en la calle de las Postas. Dos no contaban con la residencia legal en España.
La presencia de estos masajistas piratas no solo se circunscribe a las capitales, sino que es una práctica cada vez más extendida en las playas de la geografía española. El «modus operandi» es el mismo, solo que son más molestos: la competencia por la busca y captura en pos del cliente hace que cada diez minutos anuncien sus servicios, sin dejar tranquilos a los bañistas.



