Francesa como ella sola, «Mi refugio» parecería una película de Eric Rohmer si se le cambiara el arranque y se le insuflara el alma inimitable que tenían los cuentos del maestro. Aunque lo parezca, no son dos diferencias halladas a favor de corriente. Puede que las primeras escenas resulten desagradables para más de un espectador, pero el giro que dan los acontecimientos en el prólogo de este título es digno de un buen thriller.
El hallazgo de la madre en el piso vacío y el conflicto familiar que se desencadena a continuación podrían dar pie a un sinfín de historias. François Ozon escoge el drama intimista, centrado en dos personajes que hablan, pasean por la playa (sin Pauline) y gestan un futuro incierto. El impulso inicial queda anulado. Empieza otra película distinta, igualmente cargada de posibilidades que nunca llegan a concretarse.
Los protagonistas, jóvenes y guapos, nos depararán todavía alguna sorpresa, casi siempre asestada con estilo, hasta llegar al requiebro final, más sorprendente que verosímil. Cuesta pensar que una mujer hubiera podido escribirlo. Premio Especial del Jurado en San Sebastián, gustará a los incondicionales del cine francés.


